A propósito de Dunbar

Somos animales sociales. Nosotros, los últimos de los primates (los primeros) tenemos una naturaleza gregaria, vicaria y sensible a la cultura, siendo ésta clave a la hora de entender la progresión que hemos desarrollado a lo largo de toda nuestra existencia y que no se entiende sin nuestro mayor éxito evolutivo: una herramienta y función comunicativa única, nuestro lenguaje simbólico, intencional y verbal, que se explica por un correlato neuroanatómico predeterminado por una genética (de genes) y epigenética (lo que no son genes) a veces difusas. Es por ello que intentaré abordar otras claves a la hora de entender los orígenes de nuestro cerebro social y de cómo éste nos define como especie.


Debido a su naturaleza gregaria, la mayoría de los primates deben mantener un contacto personal continuo con los otros miembros de su grupo social, generalmente a través del acicalamiento social o grooming. Tales grupos funcionan como camarillas, tropas o clanes dentro de los grupos físicos en los que viven los primates y el número de miembros del grupo social que un primate puede rastrear parece estar limitado por el volumen del neocórtex. Esto sugiere que existe un índice específico por especie del tamaño del grupo social, computable a partir del volumen neocortical medio de la misma. En resumen, la socialización (o naturaleza social) exige un compromiso con los objetivos personales a corto plazo para que uno gane a largo plazo a través de un riesgo muy reducido de ser víctima de un depredador, de las inclemencias o desastres medioambientales y al peligro inherente de otros grupos competidores que, según Dunbar (1988), viene dado por la relación entre tamaño grupal y volumen cortical del cerebro social, que más adelante completaría con más datos dadas las limitaciones propias de esta postulación que, sin ser equívoca, es incompleta aunque necesariamente cierta.

La solución que desarrollamos los primates a este problema, esencialmente la necesidad de equilibrar los intereses a corto plazo con los beneficios a largo plazo que se obtendrán a través de la vida grupal, es la formación de alianzas. A menudo, estas alianzas están profundamente arraigadas en las relaciones de origen matrilineal (es decir, madres e hijas o hermanas) y funcionan porque, además de otros aspectos, implican un fuerte elemento de confianza y compromiso. Se puede confiar en que un miembro de la alianza acuda en su ayuda en el momento crucial en que uno está siendo atacado. Ese sentido de obligación se crea a través del acicalamiento social, que también establece relaciones de jerarquía y, lógicamente, conducta prosocial. Aunque realmente no entendemos bien los mecanismos que implican que lo haga posible, sabemos que el acicalamiento es extremadamente eficaz para liberar endorfinas (opiáceos endógenos producidos naturalmente por el cerebro como parte del sistema de control del dolor del cuerpo; Keverne, Martensz y Tuite, 1989). La avalancha de opiáceos provocada por el acicalamiento y quizás, incluso, por el acto de acicalarse, genera una sensación de relajación y bienestar ya que el acicalamiento disminuye el ritmo cardíaco, reduce los signos de nerviosismo, como rascarse y, además, puede relajar tanto el ingenio de uno que te puedes quedar dormido (Goosen, 1981).

Las sociedades de primates antropoides (y especialmente las de los monos y simios del Viejo Mundo) se caracterizan por una intensidad en la socialización que no es tan conspicua ni común en otras especies y, a su vez, depende de dos características clave. La primera es la capacidad de comprender algo del funcionamiento de la mente de otro individuo, lo cual implica Teoría de la Mente. Con esto no pretendo sugerir que los monos y simios entiendan que otros individuos tienen mentes en la forma en que los humanos damos esto por sentado, sino que me refiero a lo buenos que son para entender las correlaciones de causa y efecto, es decir, los individuos de un grupo se comportan de cierta manera consistente que, aunque varíe dadas circunstancias concretas, se puede manipular deliberadamente en beneficio propio. La segunda característica que sustenta la socialización de los primates es el uso de la confianza y la obligación de garantizar que las relaciones funcionen de manera efectiva y hagan el trabajo que deben hacer. Para los monos y los simios, los depredadores son el factor más importante que influye en el tamaño del grupo: como los hábitos ecológicos (y en campo abierto, vaya) de una especie que la exponen a un mayor riesgo de ataque por parte de los depredadores, por lo que el tamaño de su grupo debe ser proporcionalmente más grande para proteger a sus miembros (Dunbar, 1998). Si bien la protección contra los depredadores puede considerarse claramente ventajosa para los primates, es importante no perder de vista el hecho de que la socialización tiene costes y beneficios.

La convivencia grupal expone a los animales a una serie de tensiones que incluyen limitaciones cuando existe carestía de un recurso concreto por el desplazamiento cíclico de la fauna, la naturaleza estacional de la flora y otros elementos que pueden determinar la producción de cultura material. Esto explica el acoso y control por parte de los individuos más dominantes, y los efectos generalmente perturbadores que surgen del hecho de que los animales en grupos sociales estén obligados a coordinar sus actividades en formas que no siempre son ideales (ni inmediatas) para cada individuo, incluso aquellas que implican riesgo y ponen en peligro su propia integridad (Dunbar, 1988). Debido a que las consecuencias de la depredación son tan definitivas para el individuo, los costes que implica la sociabilidad deben mantenerse bajo control para minimizar su impacto; de lo contrario, las fuerzas centrífugas y cíclicas de las demandas egoístas de sus miembros darán como resultado rápida e inevitablemente la dispersión del grupo.

En gran medida, conforme aumenta el tamaño de éste, la efectividad con la que debe trabajar dicha alianza correlaciona con el volumen del grupo. A medida que aumenta, los individuos están sujetos a niveles crecientes de competencia ecológica, es decir, las fuentes locales de alimentos se agotan más rápidamente, lo que obliga a los animales a buscar alimentos con una amplitud territorial mayor, y al estrés reproductivo, que hace que el acoso por parte de otros sea suficiente para desestabilizar los ciclos hormonales menstruales de las hembras hasta hacer que éstas tengan ciclos anovulatorios o infértiles (Dunbar, 1988). En resumen, cuanto más estrés se impone al individuo, más efectivas deben ser sus alianzas para amortiguarlo frente a estas fuentes.

En algún momento de nuestra historia evolutiva, los grupos homínidos reventaron el techo del tamaño del grupo y la única forma en que podrían haber superado este límite para vivir en grupos de más de ochenta individuos (un número aproximado entre los mamíferos superiores de corte social) fue encontrar un mecanismo alternativo de vinculación en el que el tiempo disponible dedicado a lo gregario se utilizara de manera más eficiente y éste incidiera en la presión evolutiva del cerebro social.

¿Pero qué es el cerebro social?

Con cerebro social aludimos a la corteza asociativa que está vinculada a la conducta social del individuo y el grupo (o grupos a los que pertenece) y, por extensión, a aquellas neuronas que lo permiten (Rizzolatti, 2004), formando éstas una extensa red a lo largo y ancho de nuestro cerebro. La red de neuronas espejo es un grupo de células nerviosas especializadas que reflejan las acciones y conductas de los demás y su descubrimiento supuso un salto cualitativo en el campo de las neurociencias (Rajmohan y Mohandas, 2007). Entre sus funciones destacan: la imitación, por la activación principalmente del surco temporal superior (STS), el giro frontal inferior (IFG), la IPC y la DLPFC (Iacoboni, 2005); la comprensión de la acción, presentando una activación del STS, el lóbulo parietal inferior (IPL) y el IFG (Hari et al., 1998); el lenguaje, con la región dominante del área de Broca, esto es, parte del IFG izquierdo, influyendo en la lateralización dominante y diestra de los humanos (Meister et al., 2003) ; la Teoría de la Mente, que incluye la integración prácticamente de todo el circuito incluidos el IPL, el IPC, el STS, la DLPFC, la amígdala, la corteza del cingulado anterior (ACC), la corteza orbitofrontal (OFC), la corteza somatosensorial y el precúneo (Siegal y Varley, 2002); y la empatía, que activa el IFG, el STS y el IPL derechos, el ACC, el precúneo, la ínsula, la amígdala, la corteza prefrontal ventromedial (VMPFC) y la corteza sensorial (Iacoboni, 2005).

Pero para Dunbar, tiene implicaciones evolucionistas que van más allá de la comprensión del otro. La Hipótesis del Cerebro Social (Dunbar, 1992) nos explica que la complejidad de nuestro tejido asociativo es un indicador de pertenencia a grandes grupos de individuos organizados y jerarquizados, vestigios del grooming (acicalamiento) y el gossip (cotilleo, cuchicheo) propios de los primates y llevados a cotas únicas en el reino animal, donde el lenguaje humano se presenta como la marca propia de un cerebro que ha ido conformándose en función de sus rasgos sociales más adaptativos. Es decir, parte de la idea de que aquellas formas de resolver situaciones complejas de un modo colectivo han ejercido la presión evolutiva necesaria (pero no suficiente) para que nuestro cerebro premie a aquellos caracteres que favorecen lo grupal, lo social, sobre lo individual, y ésta presenta a su vez una relación entre masa y volumen encefálicos, sobretodo el córtex social, con el tamaño del grupo al que se pertenece, al que llamamos Número de Dunbar. Propone, además, que el lenguaje puede haber surgido como un medio “barato” de acicalamiento, permitiendo a los humanos primitivos mantener la cohesión social de manera eficiente. Sin lenguaje, especula Dunbar (1998), los humanos tendrían que dedicar casi la mitad de su tiempo al acicalamiento, lo que habría hecho casi imposible un esfuerzo cooperativo y productivo. El lenguaje puede haber permitido a las sociedades permanecer cohesivas, al tiempo que reduce la necesidad de intimidad física y social. Este resultado se confirma con la formulación matemática de la Hipótesis del Cerebro Social, que mostró que es poco probable que el aumento en el tamaño del cerebro hubiera llevado a grandes grupos sin el tipo de comunicación compleja que solo el lenguaje permite.

Este número grupal aproximado de ciento cincuenta individuos determina nuestra predisposición a la hora tener relaciones plenas, continuadas, con los otros miembros de nuestro clan, ententiéndose este último como una conglomeración de familias intergeneracionales que mantienen largas relaciones en el tiempo (Dunbar, 1988). En primer lugar tendríamos un subgrupo íntimo de relaciones interpersonales inmediatas, como la familia y personas más cercanas en general, pasando por subgrupos más grandes en cuanto a número, pero menos íntimos, con una menor confianza entre sus miembros (Dunbar, 1998). Si bien, el planteamiento tiene sus limitaciones propias al hecho de cuantificar lo humano, la relación se muestra directa si comparamos nuestro cerebro social y el tamaño del grupo, que a su vez forma grupos humanos más grandes y complejos, lo cual es innegable. Es ahí, en la complejidad, donde Dunbar vio necesaria una revisión de su propia hipótesis. La idea de tener cerebros más grandes porque nuestros grupos fueron creciendo en el tiempo sólo se entiende en función de la intensidad, calidad, complejidad y duración en el tiempo de las relaciones entre sus miembros.

El lenguaje parece servir a esa función perfectamente, precisamente porque permite un aumento significativo en el tamaño del grupo de interacción (Dunbar, 1993, 1998). El acicalamiento es en gran medida una actividad individual (aún lo es, incluso para nosotros), mientras que los tamaños de los grupos de conversación suelen contener hasta cuatro personas por norma general (invariablemente un orador y tres oyentes de media; Dunbar, Duncan y Nettle, 1995). Además, hablar es algo que podemos hacer simultáneamente con la mayoría de las otras actividades que tenemos por delante a lo largo del día. Como resultado, podemos “compartir el tiempo” de manera más efectiva para concentrarnos más en el tiempo limitado que tenemos disponible. Resulta significativo que, de una muestra de gestión de tiempo de personas extraída de una amplia gama de culturas de todo el mundo, el porcentaje promedio de tiempo que los humanos pasan en la interacción social a lo largo del día, esto es, principalmente la conversación, es la quinta parte de su vigilia que además es la mayor de todos los primates (Dunbar, 1998). En otras palabras, nuestra asignación de tiempo social está en el límite superior de lo que se ve en los otros monos y simios, y usamos el tiempo de manera más eficiente porque el lenguaje nos permite hacerlo. Con esto sugiero que el lenguaje evolucionó para facilitar la unión de grandes grupos sociales. Esto se logra principalmente porque nos permite aumentar el tamaño de nuestra red de comunicación (entre personas, directa e indirectamente) y porque nos permite intercambiar información sobre los cambios que ocurren dentro de nuestras redes sociales.

Pero el lenguaje nos permite hacer mucho más que esto. Podemos emplear el lenguaje en, al menos, otras cuatro formas (puede haber otras también, por supuesto, pero al menos servirán para ilustrar el punto que quiero resaltar aquí). Una es buscar consejo o discutir situaciones hipotéticas, el “y si” que implica, también, el desplazamiento del pensamiento en tiempo y espacio, y que explicaré en otras entradas. Otra es proporcionarnos una especie de función regulatoria para controlar a aquellos que no cumplen con los acuerdos formales e informales del grupo, principios normativos que sustentan y regulan a la sociedad. Incluso hay una tercera posibilidad también y es que podamos usar el lenguaje para publicitarnos, de dentro a fuera, manifestando nuestro estado interno sea cual fuere. Finalmente, en una variante de la última, podemos usar el lenguaje para influir, inducir y engañar, como cuando Agripina convenció a Claudio para adoptar a Nerón, para poco después, traicionarlo. Tal vez sea importante apreciar que, aunque podemos usar el lenguaje de todas estas maneras y posiblemente más, todas derivan del hecho de que el lenguaje evolucionó para permitirnos unir a grandes clanes. Ninguna de estas funciones adicionales serían realmente relevantes (o muy intrusivas) si no viviéramos primero en grupos grandes. A su vez, sin el lenguaje como medio para intercambiar información sobre la propia red social a la que pertenezcamos, los grandes grupos no podrían mantenerse juntos como entidades sociales viables y coherentes.

El lenguaje se ocupa del intercambio de información; eso, después de todo, es para lo que está diseñada (o, al menos, la gramática) principalmente. Sin embargo, los lingüistas y aquellos en la mayoría de las otras disciplinas interesadas en el lenguaje han asumido tradicionalmente que la información a intercambiar es conocimiento fáctico sobre el mundo; en otras palabras, el lenguaje evolucionó para permitir a nuestros antepasados intercambiar información sobre aspectos del mundo físico en el que vivían. Por ejemplo, que en tal arroyo abundan los peces, que faltan tres lunas para el solsticio de invierno o que ese árbol tiene manzanas para todo el clan. Asimismo, podemos hacer cosas abordadas a través del conocimiento técnico y fáctico del mundo solo porque tenemos lenguaje, a la vez que éste ha sido empleado para transmitir y mejorar el conocimiento científico de la Humanidad. Pero, siendo sinceros, ¿de verdad nos pasamos el día contemplando las fuerzas físicas que condicionan el Cosmos o empleamos el lenguaje para participar, exclusivamente, en la mejora tecnológica? Estas artificialidades introducen graves distorsiones cuando nuestra preocupación es evaluar si las conversaciones se utilizan o no para atender las relaciones existentes. Es más, sería inútil (y extraño) intentar estudiar cómo (o, peor aún, si) el lenguaje se usa para atender las relaciones sociales asegurándose de que no haya relaciones a las que atender. Los temas sociales, como las relaciones y los estados de ánimo, cuenta, aproximadamente, dos tercios del tiempo que pasamos hablando, con una variación limitada en función de la edad o género (Dunbar, Duncan, & Marriott, 1997; Seepersand, 1999). Así, estos hallazgos sugieren que naturalmente las conversaciones están dominadas por temas sociales y, más específicamente, a cómo nos sentimos y a qué necesitamos, lo que implica revisar la complejidad social de cada grupo humano, incluido el de la familia.

En cuanto a este último punto, otras teorías también tienen mucho que decir al respecto. La monogamia, según Schultz y Dunbar (2007), explica que debemos atender no sólo al tamaño de un grupo de individuos para entender cómo el cerebro social es una de las razones que determinan la encefalización de nuestra especie gracias a una socialización determinante para la supervivencia, sino a la formación de parejas duraderas en el tiempo. Comparando cerebros polígamos y monógamos entre especies se llegó a la conclusión de que estos últimos presentaban un tamaño de tejido asociativo mayor que los primeros debida a la mayor complejidad de demandas y necesidades que exige mantener un entorno familiar sano y salvo (Dunbar, 2009), lo que puede hacerlo determinante a la hora de asegurar un comportamiento prosocial e indispensable en el cerebro de los seres humanos. La Hipótesis de las Abuelas (Hawkes, 2003), por su parte, nos describe la figura de los elementos más longevos del clan como clave a la hora de entender nuestra complejidad social y, por ello, hacerlos determinantes para explicar su naturaleza adaptativa. Las abuelas humanas son las únicas hembras entre primates superiores cuya menopausia les hace adquirir otro valor significativo al reproductor dentro del clan, esto es, el de cuidadoras, y un valor pedagógico que correlaciona directamente con la sensibilidad innata de nuestros cerebros hacia la cultura. Es más, el abordaje que hacen las teorías que razonan el porqué de nuestra longevidad y de nuestro neurodesarrollo lento en comparación con otras especies va en esa dirección, que explicaré más adelante con una entrada dedicada en exclusiva para ellas. En definitiva, a lo largo de esta experiencia en la que me embarco intentaré abordar la naturaleza del cerebro social y crear la misma fascinación con la que abarco estos temas. Gracias por su tiempo, bienvenidos a Der Golem.

*Dedico la entrada a Javier Tirapu a quien le debo el entusiasmo por la temática y más cosas.

© 2018 José Miguel Martínez Gázquez

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Rebeca López-Tofiño García dice:

    Enhorabuena! Un placer leerte.

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  2. Ana dice:

    El desparasite♡

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