Perdidos entre las estrellas

 

La neurodiversidad es un hecho. Nuestra naturaleza es heterogénea por definición, encontrando una diferenciación muy clara entre los individuos de la especie a la que pertenecemos en cuanto a la variabilidad de conductas se refiere, producto de nuestra predisposición genética, la citoarquitectura y conectividad cerebral manifiesta, y los entornos en los que circulamos. El espectro autista es tan amplio que ha dado para un sinfín de referencias bibliográficas tanto en ámbitos clínicos como otros, entre los cuales se encuentran algunos que en teoría se percibían muy alejados, como el paleoantropológico. Aquí discutiré la importancia, según diversos autores, que tiene el estudio del autismo de alto funcionamiento (o con menos limitaciones, lo que prefiráis) y Asperger, en la especialización técnica y artesana de los seres humanos en el Paleolítico Superior, considerándose éstos como vectores no sólo de avances clave para la Humanidad, sino de la diversidad de la misma, lo que (de nuevo) nos hace únicos.

 


El espectro autista es probablemente uno de los campos de estudio peor comprendidos y asimilados de todas las condiciones que determinan la variabilidad de la conducta humana y no es de extrañar pues su propia genética ha estado sujeta a malentendidos y confusiones, sobretodo en lo que respecta a la dependencia y a la discapacidad intelectual. Pickard (2011) describe el autismo como algo que sólo ocurre espontáneamente o de novo en las poblaciones paleolíticas y que es altamente incapacitante por necesidad. Para él, el autismo únicamente puede aparecer de manera súbita, siendo estos casos los que se asocian típicamente con la discapacidad más grave y las limitaciones, más allá de los rasgos, que se han hecho más estereotípicos. Sin embargo, el autismo con más y con menos limitaciones es, esencialmente, causado por mecanismos genéticos separados, siendo el primero menos frecuente. Esta forma más severa de autismo es causada por mutaciones de novo y CNV (esto es, variación en el número de copias), que pueden heredarse, pero sólo representan aproximadamente el 5% de la heredabilidad del autismo y el 30% de los diagnósticos. En contraste con la conclusión presentada por Pickard, la mayoría de los casos en condiciones del espectro autista (alrededor del 70%) se producen a través de la genética hereditaria y suelen ser casos con menos limitaciones (Iossifov, 2014). El autismo de alto funcionamiento (sic) o con menos limitaciones está codificado por variantes comunes denominadas polimorfismos de nucleótido único y ha demostrado estar bajo selección positiva en ciertos contextos, no siendo necesariamente incapacitante (Warrier y Baron-Cohen, 2016), más bien, lo contrario.

El espectro autista, de alguna forma, tiene una larga historia evolutiva y no es, como se suele suponer, un fenómeno reciente ni dependiente del empleo de vacunas y tonterías sin fundamento similares. También es incurable, porque partimos de que ni siquiera es una enfermedad y para algunos, como servidor, tampoco es un conjunto de trastornos al uso, ya que los genes que codifican el autismo tienen una larga ascendencia que data de antes de la aparición de la línea evolutiva de los homininos (australopitecos y humanos) y se pierde en tiempos pretéritos. Se ha argumentado incluso que los genes asociados al espectro aparecen ya en los monos (Dumas et al. 2012), pues también están implicados en la expansión del cerebro humano y de otros simios (Marques-Bonet y Eichler 2009). El autismo es, por tanto, parte del genoma compartido de todos los primates, pudiendo observar rasgos autistas, fenotípicos, aparentes en los chimpancés (Faughn, 2015) y genes vinculados al autismo en otros monos y simios, incluidos los macacos (Yoshida et al., 2016). Estos genes desempeñan un papel capital en la adaptabilidad evolutiva del genoma simio y humano en diferentes contextos (Gualtieri, 2014), creando la predisposición a una variabilidad de conducta y personalidad (llamadlo matices, colores, lo que queráis) que nos ha permitido llegar hasta aquí. La evidencia reciente ha demostrado, como era de esperar dicho lo anterior y siendo el motivo de esta reflexión, que las personas con autismo también estaban presentes en el Paleolítico Superior Europeo y algunos de sus cualidades o rasgos más prototípicos, también.

Asimismo, la genética del autismo es compleja, con más de mil genes implicados (que conozcamos) en la actualidad, y necesitamos mucha más investigación en lo relativo al tema para poder ser concluyentes (Liu, 2014). Sin embargo, en términos generales, la genética respalda el argumento de que el autismo menos limitante, se convirtió en una estrategia adaptativa significativa que se seleccionó “recientemente”, hace unos 200,000 años, y posteriormente se mantuvo en poblaciones humanas con una prevalencia entre el 1 y el 4%, haciéndose más presente conforme se aleja de los trópicos y se acerca a latitudes más templadas y frías. Como señala Bednarik (2013), dos genes (AUTs2 y CADPs2) implicados en el autismo, se encuentran en los humanos modernos pero no en los neandertales. El ADN que flanquea el 15q13.3 también está asociado al espectro autista y existe sólo en humanos modernos y no en neandertales (Antonacci et al. 2014). Además, las variaciones en el número de copias (CNV), que aparecen únicamente en el 16p11.2 de los sapiens, están asociadas al autismo y probablemente sea exclusivo de los humanos modernos, surgiendo además hace unos 183,000 años (Nuttle et al. 2014). Además, la selección a través de influencias culturales ha dado forma a la evolución de los rasgos autistas y el autismo, a su vez, ha moldeado a la cultura humana (Spikins, 2009). Comprender la integración de las personas con autismo en la sociedad exige un enfoque neuroantropológico, yendo más allá de una comprensión neurológica y clínica del autismo hacia conductas en un contexto social y cultural más amplio.

El concepto clave, a mi parecer, para entender la inclusión de las personas con autismo es el de selección positiva, como bien nombré anteriormente. No en vano, el espectro autista, generalmente considerado como una miríada de trastornos (de ahí el término TEA) que lindan con la discapacidad y la dependencia para la mayoría de una población desinteresada y/o inexperta, se ha asociado tradicionalmente a una variedad de habilidades potenciales compensatorias (y al generalizar, erramos otra vez) que pueden haber sido selectivamente ventajosas en ciertos contextos, pues nuestro pasado evolutivo implica la necesidad de especializaciones emergentes para garantizar nuestra adaptabilidad como especie. Aún así, la condición se ha descrito en términos de un equilibrio hacia las habilidades conocidas como física popular, en alusión a la comprensión de las leyes físicas con las que funciona nuestro mundo, a expensas de la psicología popular (Baron-Cohen, 2001), que hace referencia principalmente a la Teoría de la Mente y todo lo que aluda a nuestro cerebro social, sabiendo que las habilidades especialistas en aquellas personas dentro del espectro autista se extienden más allá de las habilidades técnicas (Shah y Frith, 1993) o ámbitos como la ingeniería, las matemáticas o la computación (Iuculano et al. 2014) e incluyen habilidades sensoriales intensas, tales como olfativa (Lane et al. 2010), la visión (Milne, 2009), y las sensibilidades hacia el tono musical (Heaton, 2009), no siendo raro encontrar en ellas el oído absoluto. Además, al igual que otras habilidades mejoradas, más del 60% de las personas con autismo poseen talentos especiales aislados, a veces denominadas habilidades savant, como esas excepcionales capacidades calendáricas, de cálculo, visuoespaciales y mnésicas que tanto hemos trillado en el cine y la televisión.

No obstante, la incorporación de estas habilidades en una comunidad desempeñaría, de una manera clara, un papel preponderante en el desarrollo de especialidades técnicas, la construcción de nichos de especialistas y la mejora de la innovación tecnológica. No es difícil intuir cómo tales habilidades pueden contribuir a la supervivencia y cómo se les debe otorgar cierto respeto en un contexto paleolítico, sobretodo en hábitats claramente hostiles como los que tuvimos que lidiar durante la última glaciación del Cuaternario, la de Würm, que duró la friolera (nunca mejor dicho) de 100.000 años hasta el comienzo del Holoceno, hace unos 11.000. No es ninguna locura pensar que tener a una persona centrada, por ejemplo, en la comprensión de los elementos celestes y sus movimientos, puede tener un valor capital durante una época y unas regiones que exigían desplazarse una y otra vez en busca de biomas que actuaran como refugios temporales, no sólo para estos clanes, sino para las fuentes de comida que perseguían para sobrevivir. Estos ambientes gélidos se convertían, irónicamente, en puntos calientes para aquellos que alcanzaran una comprensión, digamos, distinta del mundo pudieran aportar ventajas significativas.

De hecho, Happé y Frith (2006) concluyeron que la persistencia de un enfoque cognitivo extremo en los detalles (comúnmente llamado sesgo de procesamiento local) dentro del acervo genético “no es difícil de explicar”, pues se presentan como cualidades diferenciadoras y valiosas. Un procesamiento perceptivo mayor en los detalles junto con una memoria excepcional, por ejemplo, proporcionan ventajas en dominios como la identificación de recursos de plantas, desde olores o detalles visuales finos (siempre pongo el ejemplo de la discriminación entre bayas comestibles y las que no lo son, que puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte), hasta la discriminación de las propiedades de los animales, a través de la diferenciación mejorada del movimiento y sonido (decostruyendo a su vez tiempo y espacio, como cuando percibes la distancia de una ambulancia conforme se aleja o se acerca gracias a la sirena), junto con una comprensión mejorada del comportamiento de los animales, además de una conexión única y un enfoque centrado en estos seres, siendo particularmente importante en la caza y la ganadería, y que puede encontrarse en expresiones del arte rupestre paleolítico. Varios autores también argumentan que el enfoque técnico y analítico de muchas cualidades que entran dentro del espectro en contextos prehistóricos de cazadores-recolectores, puede facilitar mejoras en la creación de herramientas y la elaboración de un pensamiento mecánico (Spikins, 2009), mientras que otros hacen hincapié en su papel dentro de contextos agrícolas (Del Giudice et al. 2010).

Este debate, el de la existencia de rasgos autistas en el arte y otros aspectos del Paleolítico Superior Europeo, parten de las observaciones de Humphrey (1998) que argumentaba la presencia de varios de estos rasgos clave tanto en el arte rupestre como en personas con autismo claramente talentosas. Basó sus observaciones comparando el trabajo de Nadia, una niña de 5 años con autismo, de increíbles talentos perceptivos y artísticos pero limitada verbalmente, cuyos dibujos compartían con el arte rupestre del Paleolítico Superior un enfoque sobre los detalles, por encima de todo, en lugar de formas completas, además de la superposición de formas y una representación visual notablemente detallada y precisa de los animales que pintaba. Otra investigación, la de Kellman (1998), llegó a la misma conclusión al comparar el arte de la Edad de Hielo (específicamente en Chauvet) con el arte de un artista autista precoz, en este caso Jamie, un niño de 7 años, reconociendo no sólo una habilidad de observación destacada, sino también el uso de la perspectiva, el escorzo (o profundidad) y una preocupación principal por los contornos vigorosos, donde el color y el matiz son secundarios. Y fue aquí donde se creó el debate.

Humphrey (2002) modificó su perspectiva para sugerir que las drogas psicotrópicas pueden desempeñar un papel en las similitudes con la producción artística paleolítica, alimentando más la polémica al argumentar contra cualquier idea de participación de individuos dentro del espectro autista en el arte del Paleolítico Superior, a la cual se sumaron Pickard (2011) y Bednarik (2016). Pickard argumentó que el autismo es un trastorno asociado con déficits sociales que evitaría que las personas hicieran tal contribución sin el apoyo médico y educativo moderno y que no se beneficiarían de los tipos de apoyo necesarios para permitirles ser influyentes o hacer una contribución, atribuyendo los rasgos autistas vistos en el arte del Paleolítico Superior a la influencia de las drogas psicotrópicas. Posteriormente, Bednarik agregaba que cualquier incorporación de miembros vulnerables de la sociedad ocurrió demasiado tarde como para haber influido en el arte paleolítico, afirmando que los individuos con autismo no habrían sido socialmente tolerados, atribuyendo los mismos rasgos a la privación sensorial y al trance. Es crucial entender que las drogas y los cambios asociados en el cerebro puedan afectar la producción artística e influir en ideas novedosas, creativas, pero no aumentan las capacidades que exige una representación realista. Al igual que ocurre con el canto compulsivo causado por drogas dopaminérgicas (Bonvin et al., 2007), si este aumento del rendimiento creativo estimulado por tales drogas es agradable tanto en su forma como contenido, incluida su producción, sigue siendo un producto del talento existente antes del efecto de las propias drogas (Zaidel, 2014).

Los detalles, el realismo, seguían (y siguen) quedando por tanto fuera de este argumento. Aún así, lo más grave se centra en la negación de la inclusividad del espectro autista en la sociedad, lo cual no sólo es falaz sino que se contraargumenta con algo clave: somos seres profundamente prosociales, de no dejar a nadie atrás. La evidencia arqueológica apoya la génesis de la reputación moral (y, a su vez, del marco normativo de las sociedades) como un impulsor clave de la selección positiva (de las parejas) desde hace al menos 1.5 millones de años, con una evidencia material cada vez mayor para el cuidado de los más vulnerables, sin intención de mencionar específicamente el autismo (Spikins, 2013). A su vez, aparecen dinámicas sociales complejas similares a las de los cazadores-recolectores modernos, asociadas con la moralidad colaborativa, volviéndose identificables en la cultura material de hace al menos 100,000 años (Spikins, 2016), siendo ésta proporcional a la expansión del cerebro durante este período (Dunbar, 2014).

El apoyo generalizado para aquellos que eran físicamente vulnerables generó sociedades física y cognitivamente diversas, donde se apoyaron condiciones notablemente limitantes, como el caso del neandertal de hace unos 60,000 años de Shanidar con un brazo inmovilizado, cojo y tuerto que fue atendido durante unos 15 años, y además se encuentran oportunidades para explotar las fortalezas y cualidades existentes. Entre los baka, grupo étnico del África ecuatorial, las personas con limitaciones severas forman un nexo social, creando un estatus que les permite ser aquellos que reúnen a diferentes tribus y median entre ellas (Toda, 2017). En contextos arqueológicos, a los individuos con limitaciones a menudo se les da un entierro elaborado (Wengrow, 2015), con flores y ricos ajuares, que puede reflejar un reconocimiento de su estatus único y fortaleza en la adversidad. Además, la elección de pareja está lejos de ser un campo de uso exclusivo de los neurotípicos, pues no existiría el espectro autista en nuestro tiempo, como ya he dicho.

Lejos de tener un éxito reproductivo limitado porque nos vienen a la mente ciertos rasgos que pueden hacerse presentes en nuestro espectro como la rigidez cognitiva, más ciertas conductas repetitivas y compulsivas, junto con algunas limitaciones en la comprensión de emociones complejas que pueden hacer que las relaciones sociales sean menos fluidas, lo cierto es que, en contextos modernos de cazadores-recolectores, tales rasgos rara vez son de importancia primaria en la elección de pareja. Es más, sabemos que las personas autistas forman familias, por lo que mantienen los genes asociados con el espectro en el acervo genético (Baron-Cohen et al. 1998) . En contextos arqueológicos, además, la elaborada especialización en precisión y la práctica extensa observada en la fabricación lítica del último período glaciar (Sinclair, 2015) proporciona otro ejemplo en el que los rasgos autistas serían ventajosos con los especialistas técnicos, también reconocidos entre los inuit modernos, para quienes la vida en condiciones de frío extremo depende de una tecnología bien diseñada y funcional, donde los valores sociales se basan en la audacia, la perseverancia y la exactitud, expresados tanto en la narración de cuentos como en diseños innovadores, paciencia y atención al detalle en el tallado de la esteatita (Graburn, 1976).

Después del aumento de la moralidad colaborativa, probablemente surgió un nicho social potencial para una baja proporción de personas con autismo cuya teoría de la mente basada en la lógica facilitó la liberación de recursos cognitivos para el resto de la población. En contextos de caza y recolección colaborativa, una reputación social positiva por contribuir al bienestar y la supervivencia del grupo se convierte en una presión selectiva clave para el éxito evolutivo. Como resultado, el espectro autista se convierte en una estrategia perceptiva alternativa viable para una compleja teoría de la mente neurotípica, y trae consigo valiosos talentos sociales y técnicos. La aparición de innovaciones tecnológicas o sociales (como por ejemplo, los sistemas de leyes y reglas) que mejoran la supervivencia y, a su vez, crean un nicho al que las características de quienes están dentro del espectro, no sólo son particularmente adecuadas, sino que hacen que se conviertan en imprescindibles.

© 2018 José Miguel Martínez Gázquez

Safe Creative #1811050316374

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s