El gobierno de las abuelas

Las abuelas humanas son únicas en su especie, hasta el punto de ser un misterio evolutivo. Son las únicas hembras entre los primates que tienen una vida más allá de su valor reproductivo, lo que nos hace intuir el valor especial de nuestras yayas. En esta entrada intentaré desglosar y retorcer los entresijos de la Hipótesis de la Abuela, que da un valor capital a los elementos femeninos más ancianos del clan a la hora de explicar nuestra longevidad fuera de lo normal entre los primates, nuestro desarrollo lento (incluido el del cerebro) que termina dando un valor especial a la madurez adulta y al proceso postmenopáusico humano, el gran enigma que puede contener la clave (o una de tantas) que nos permita entender qué son los homo sapiens o cómo han evolucionado desde que el tiempo es tiempo y el mundo, nuestro.


Las poblaciones funcionan como un tablero de ajedrez, con dos jugadores. Las blancas (o las negras, lo que prefiráis), a las que llamaremos heterogeneidad, funcionan como una fuerza creadora, estimulando la variabilidad de la genética de esos grupos humanos. Las negras (o las blancas, que me da igual), a las que denominamos homogeneidad, funcionan como otra fuerza, destructora de esa variabilidad, acelerando la deriva genética de la población. La tendencia de las primeras, en una población infinita, es crear una variabilidad del genoma tal que permitiera una supervivencia infinita para la especie, pues existiría una adaptabilidad que tendería a infinito ante las diversas situaciones, o desafíos, que nos pone por delante el proceso evolutivo. La tendencia de las segundas es la de crear poblaciones homocigotas (es decir, similares entre sí), como ocurre en poblaciones pequeñas y endogámicas, inhibiendo la adaptabilidad de la especie y conduciéndola, al final, a su destrucción. Para que ninguna de las dos gane la partida, la una por irreal (pues ni existen poblaciones infinitas ni adaptabilidad completa en ninguna especie) y la otra por contraponerse al sentido primordial de la vida (que es el de replicarse y sobrevivir), poseen tres mecanismos (o jugadas) que les permiten crear una armonía, un equilibrio, si no se emplean.

La primera de esas jugadas es la mutación, la única que puede crear nuevos alelos a través del cambio en los nucleótidos del ADN y que puede (o no) ser transmisible a las siguientes generaciones. La segunda es la selección natural, principio inamovible de la evolución de los seres vivos, que establece la elección de aquellas peculiaridades y cambios en función de los ambientes favorables o no en los que circulan estos grupos, haciendo heredables aquellos que marquen la diferencia en cuanto a la supervivencia de los mismos y desechando los que no. La tercera y última de estas jugadas es la migración o flujo genético que es la participación del acervo genético de una población en otra. A este juego lo llamamos Ley de Hardy-Weinberg (1908) y es el principio por el que se rige el equilibrio de la genética de las poblaciones. Si alguna de estas tres jugadas anteriormente mencionadas no entran en acción, el acervo genético de esa población permanecerá en armonía, en un equilibrio estático e irreal, pues es fácil prever que para haber llegado hasta aquí ese balance se ha roto tantas veces como eras tiene el tiempo.

La longevidad extensa y postmenopáusica de las abuelas se puede explicar como un desequilibrio entre mutación y selección y, por extensión, como un rasgo heredable y adaptativo que nos define como especie. A este conflicto que tiende a parecerse más a una negociación activa entre la vida y la muerte se le denomina pleiotropía antagónica y es la base para explicar muchos campos de estudio, incluido el de las demencias. A través de este proceso, los genes pueden tener un efecto diferente en distintas etapas de la vida, acaparando pingües beneficios en las etapas juveniles y reproductivas y dañinos en la edad adulta cuando ya no ejerce su acción el filtro de la selección natural, pues ésta tiende a favorecer juventudes vigorosas y reproductivas a senescencias decadentes al darle, por lógica, mayor importancia a la replicabilidad de un ADN adaptativo por el hecho de que vivamos más tiempo. Sencillamente, a la naturaleza no le importaba mucho que llegáramos a viejos.

Esta larga supervivencia postmenopáusica fue reconocida como una característica altamente sorprendente por Williams (1957), señalando que la selección natural no mantendría ningún período post-reproductivo en el ciclo de vida normal de ninguna especie y que, en algún momento durante la evolución de los seres humanos, puede haber sido beneficioso y ventajoso para una mujer entre los cuarenta y cinco y cincuenta años dividir sus esfuerzos entre traer niños al mundo, pues es un período de declive reproductivo,  y el cuidado de la prole existente. Por su parte, el Modelo de Charnov (1991), la Hipótesis de las Abuelas (1998) y las teorías evolutivas del envejecimiento posteriores (Hamilton, 1966; Kirkwood, 1977; Ricklefs, 1998) completarían esta visión de por qué hemos mantenido no sólo un período reproductivo (menopausia incluida) similar al de los grandes simios (de aproximadamente 50 años), sino esa prórroga, ese juego añadido que es para nosotros el llegar a viejos y alargar nuestro declive orgánico.

Ricklefs (1998) resalta las circunstancias socioecológicas ancestrales que permitieron a las perimenopáusicas más vigorosas, fuertes, aumentar la fertilidad de sus hijas, lo que a a su vez fortaleció la selección contra la senescencia (es decir, la mayor vulnerabilidad a la mortalidad con el aumento de la edad) y el aumento de la longevidad no ya de nuestra especie, sino de todo el género Homo. La teoría y la evidencia de esta hipótesis resaltan el aumento en los componentes intrínsecos (en este caso, senescentes) del riesgo de mortalidad en adultos cuando las historias o ciclos de vida de las especies son lentos (Williams, 1957; Ricklefs, 1998), es decir, la reducción de las tasas de envejecimiento pueden hacer disminuir aún más el riesgo de mortalidad en adultos cuyos ciclos vitales ya son de por sí lentas. Y es aquí donde quiero enlazar con el desequilibrio entre mutación y selección. Como he propuesto antes, el balance se rompe cuando la selección natural escoge aquellos cambios adaptativos que difieren de su propio mecanismo de acción, en este caso el de aumentar la esperanza de vida a costa de una maduración más lenta y, por tanto, la elección de elementos adaptativos (mutaciones) que se expresan en edades más avanzadas en contraposición de aquellos que aparecen en edades más tempranas.

Por norma general, los primates tienden a ser más lentos a la hora de madurar que otros mamíferos de menor tamaño, se reproducen menos en el mismo espacio de tiempo. Sabemos que las crías usan su capacidad productiva (en este caso, el forrajeo) para garantizar su propio crecimiento y bienestar pero más tarde, en la madurez, los adultos redirigen sus energías principalmente para producir descendencia. El beneficio de retrasar la reproducción es que tendremos una mayor capacidad productiva, resultado de poseer un tamaño mayor siguiendo una relación alométrica (Charnov, 2001). El coste de retrasar la madurez reproductiva es el riesgo de morir antes de reproducirse, obviamente. Si la mortalidad en adultos es alta, la selección natural favorecerá una maduración temprana. Por el contrario, si este riesgo es bajo, favorecerá el crecimiento lento, progresivo, durante más tiempo antes de madurar y así se podrán obtener los beneficios productivos de un tamaño más grande.

Sin embargo, el argumento alternativo que ha sido más influyente a lo largo de estas últimas décadas para explicar nuestra madurez tardía y la expansión de nuestro cerebro es la Hipótesis del Cazador (Dart, 1953; Washburn, 1957; Ardrey, 1976; Hill, 1982). Según su autor original, el ciclo de vida y organización social de los homo sapiens, comparados con otros primates, evolucionaron porque la dependencia de la caza mayor otorgó ventajas especialmente buenas a aquellos cerebros que eran más grandes. Los biomas se fueron volviendo más secos, lo que nos impulsó a emplear alimentos alternativos para cubrir nuestras necesidades. Mientras, la bipedestación fue favorecida porque liberó las manos para el uso de herramientas, lo que aumentó el éxito de la especie en la caza mayor y esto dio ventaja a los cerebros más grandes y depredadores. Como animales bípedos, poseemos un ancho pélvico limitado (al que llamamos dilema obstétrico), lo que requiere que la mayor parte de nuestro neurodesarrollo sea postnatal, teniendo como consecuencia a niños con cerebros en desarrollo, inmaduros y dependientes por más tiempo de atención materna. Esto último, a su vez, impedía que existiera la caza por parte de las hembras, que atendían exclusivamente a sus proles y éstas dependían a su vez de la provisión de sus compañeros, lo que mejoraba tanto la esperanza de vida como la descendencia.

El problema (o los límites) de este planteamiento comienza con un argumento falaz, propio de la falta de evidencia arqueológica de la época, que es el de nuestra locomoción bípeda. El origen de ésta no radica en nuestro género Homo, sino en nuestro origen hominino por lo que no se vio favorecida por la liberación de las manos y el uso de herramientas. Es más, el primer salto evolutivo con los australopitecos, que nos permitió separarnos de otros simios hace 6 millones de años y que después evolucionarían en chimpancés y otros primates, anticipó la bipedestación a la expansión revolucionaria de nuestro cerebro en 4 millones de años, con el segundo salto evolutivo que hizo que nuestro género apareciera hace 2,4 millones de años con el Homo habilis y reconocible como tal hará 1,8 millones de años con el Homo erectus / ergaster, que además implicó un aumento de tamaño corporal. Para añadir más sal a la herida, con el tercer y último gran salto evolutivo , hace unos 500.000 años, es cuando comenzamos a observar cierta evidencia de caza mayor (Foley, 2016), a la vez de un crecimiento exponencial del encéfalo en seres humanos primitivos y que no se acercaría hasta cotas similares a las actuales hasta hace unos 100.000.

Esto hace que tengamos cerca de 1.500.000 años de evolución sin explicar por esta hipótesis (entre el segundo y el tercer salto evolutivo), además de lo irreal de no implicar a las mujeres en más labores que no fuesen parir y criar vástagos. Además del crecimiento del cerebro y la talla corporal en general, con la aparición del Homo Ergaster / Erectus observamos una dentición más pequeña y delicada que en nuestros antepasados australopitecinos, lo que nos impulsa a pensar en una dieta de alimentos más variada y con menos desgaste para nuestros dientes e incluso el cocinado de algunos de ellos, y es aquí donde, por fin, enlazaré con las abuelas.

Si con algo nos tenemos que quedar de lo dicho anteriormente, es lo nombrado acerca de los cambios ambientales (o estrés ecológico) que nos impulsó a conquistar nuevos hábitats y sobrevivir en aquellos que se volvieron más secos, teniendo que buscar alternativas en cuanto a fuentes de alimentación se refiere. Entre los Hadza, del norte de Tanzania (Woodburn, 1968a; Woodburn, 1982, Marlowe, 2010) las mujeres que sobreviven a su período reproductivo y, por tanto, a su menopausia son forrajeras bastante enérgicas y productivas (Hawkes, 1989), aunque también lo son los niños (Blurton Jones, 1989), pero estos no son muy efectivos a la hora de arrancar y cocinar alimentos básicos como los tubérculos y raíces profundamente enterradas, por lo que requieren de fuerza extra para excavar y ésta la encuentran en sus abuelas (Hawkes, 1995). Las mujeres que han pasado la menopausia son expertas en desenterrar alimentos de difícil acceso para los más pequeños del clan, al igual que aquellas que están en edad reproductiva. El problema (bendito problema) es que las madres lactantes pasan menos tiempo buscando alimento y es el trabajo de las abuelas lo que afecta mejorando de manera cualitativa el bienestar de sus hijas y de sus nietos destetados (Hawkes, 1997). Las circunstancias ecológicas a las que se enfrentaron los Hadza resaltan una de adecuación especialmente importante para las hembras mayores de una población que hubiera surgido con los cambios climáticos nombrados por Washburn.

Los ambientes secos del Plioceno restringieron la disponibilidad de alimentos que los más pequeños, que ya estaban fuera de la edad lactante, podían encontrar. El aumento de la aridez y la estacionalidad favorecen a las plantas que se adaptan bien a las estaciones secas como, por ejemplo, aquellas que poseen semillas con cáscaras duras y los tubérculos. Dichos recursos pueden proporcionar beneficios pero, en teoría, sólo a aquellos con la suficiente fuerza y maña para obtenerlos. Para depender de estos recursos y tener recursos en estos ambientes inhóspitos, se hace necesario una figura que pudiera proveer tanto a madres lactantes como a niños destetados, muy jóvenes, de tales alimentos, a la vez que crea una nueva oportunidad de acondicionamiento físico para las mujeres mayores cuya fertilidad está disminuyendo. Si las hembras mayores  y recias ayudan a alimentar a sus nietos no lactantes, las madres pueden tener intervalos de parto más cortos sin que la supervivencia de sus hijos esté bajo riesgo. Los ancianos más vigorosos que no tienen hijos por sí mismos aumentarán el éxito reproductivo de sus hijas (Hawkes, 1998), y hago hincapié sobretodo en las hijas por encima de los hijos, pues la maternidad tiene siempre una certeza plena, la paternidad nunca.

A medida que las hijas crecen, adquieren la fuerza y habilidad necesarias para ayudar a alimentar a sus hermanos menores, que a su vez crecerán y ayudarán a los demás. Cuando éstas estén en edad reproductiva, las abuelas seguirán teniendo un valor capital a la hora de mantener unido al clan y garantizar la supervivencia tanto de sus hijos, hijas y nietos. Es innegable que otros primates también realizan el intercambio de alimentos entre madres e hijos, pero sólo las madres y abuelas humanas lo hacen con una proporción que hace factible el valor de la vida post-menopausia.

La selección para una mayor longevidad por esta vía implica un menor esfuerzo reproductivo de las madres con vida más prolongada y vigorosas, aumentando a su vez los ciclos vitales de sus descendientes, sin alterar la edad reproductiva en sí. Una mayor longevidad a su vez, favoreció un envejecimiento más lento en los Homo, que además favoreció las últimas edades de la madurez, y benefició al neurodesarrollo altricial tan característico de nuestra especie. Cuando los cambios ecológicos dieron como resultado un mayor intercambio de alimentos entre abuelas, madres e hijas/os, el coste de las variables (y mutaciones) que redujeron la mortalidad de los senescentes hace miles de años fue superado por los beneficios que proporcionaron las abuelas más fuertes, sanas y con recursos, trasmitiendo sus genes a las generaciones siguientes.

La mayoría de los otros primates posponen la próxima descendencia, siempre que la anterior sea dependiente (Smuts, 1997). La Hipótesis de la Abuela explica que hemos llegado a hacer lo contrario, creando una dependencia hacia las mujeres en edad no reproductiva que garantizó una longevidad mayor, una fertilidad y ciclos reproductivos rápidos y una madurez tardía. Pero sin duda ha sido su labor de crear vida más allá de vida en sí misma es lo que nos define como humanos. Sin ellas probablemente seríamos otro primate, cuyo reflejo en un espejo le produciría desazón o alegría sin más.

Las abuelas humanas tienen, sin lugar a dudas, un papel capital en la formación y definición de los grupos a los que pertenecen, pues no sólo poseen la capacidad de crear esos mismos grupos y marcar la impronta cultural del mismo a través de la pedagogía que les aporta una larga vida llena de experiencias, y cómo éstas las trasmiten a los suyos, sino que probablemente estemos hablando de la piedra angular que da sentido y nombre a nuestra especie. Varias son las razones por las que las yayas tienen mucho que decir (o mucha culpa, según como se mire) en cuanto a por qué somos más longevos, maduramos más tarde y tenemos cerebros sensibles a la cultura. A lo largo de nuestra existencia como el mosaico de razones y absurdos, de luces y sombras que es nuestra especie, no cabe duda que el valor de apoyo pedagógico y logístico, junto a la manifestación de amor incondicional hacia los suyos, las convierte en nexo, principio y fin de la familia haciendo de ellas, como ocurre con las reinas del ajedrez, en las piezas más poderosas del tablero.

© 2018 José Miguel Martínez Gázquez

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