La Reina Roja

Parece que la naturaleza nos ha hecho de tal manera que si no encontramos conflicto, lo creamos. Si no tenemos competidores, los creamos. Las guerras nacen de las distancias que van más allá de las físicas, como son a veces las ideológicas, y aquellas que tienen su origen en las relaciones de poder y la dominación por los recursos que a veces se nos antojan abundantes, hasta que dejan de serlo. El efecto que la Reina Roja ha tenido sobre nosotros es nuestro cerebro, el arma con el que ejecutar la violencia letal, intencional y cruel sobre otros, incluso nuestros congéneres. Quizá por ello no deja de ser anatema, pecado, hacer daño al prójimo en todas las culturas que han pervivido demográficamente hasta nuestros días, pues forma parte de nosotros, de nuestra impronta. La competitividad a nivel macro y microevolutivo, inter e intraespecie, ha dado lugar (entre otras razones) que dispongamos de un elemento de orden superior que nos diferencia de otros animales. Siempre he considerado la consciencia como hija de la propia existencia. Saber de ésta implica, en primer lugar, que la compliquemos a lo largo del tiempo y que, por tanto, seamos más conscientes; en segundo lugar, que necesitemos prolongarla; y, en tercer lugar, que luchemos por la razón anterior. A lo largo de esta entrada plantearé la idea de un efecto, el de la Reina Roja, como cuestión primordial para explicar la complejidad de nuestra consciencia en términos adaptativos, y la deriva de nuestra naturaleza competitiva, dando como resultado un cerebro nacido para dominar el mundo.


Os voy a contar una historia. A comienzos de 1974 ocurrió el evento que cambiaría por completo ciertas teorías de la primatología, pues hizo tambalear las ideas de unos y derruyó el sueño de otros, como el de Jane Goodall, ya que nunca habíamos tenido presente que la crueldad, la violencia, el poder o la ambición probablemente nunca hubiesen sido exclusivamente humanos, y el horror que se manifestaría no volveríamos a verlo alcanzar esta escalada de conflicto y destrucción.

Gobi, un chimpancé joven del clan Kahama, se vio rodeado por otros machos adultos mientras se dedicaba a comer en soledad. Estos, al observar que el joven rival andaba en sus cosas le atacaron con una emboscada, lidiando entre el sigilo, los gritos y la alevosía cruel de la superioridad numérica, dejando a Gobi herido de muerte y dando paso al conflicto que acabaría en guerra. La célebre primatóloga británica, que había pasado varias décadas conviviendo con los chimpancés de Gombe (Tanzania) nos relata, en su A través de la ventana (1990), como el terror se apoderó de ella y su compañeros al contemplar el inicio de lo que denominaría Guerra de los Cuatro Años, o Guerra de los Chimpancés de Gombe, pues no sería hasta 1978 cuando cesaría el conflicto que os narro a continuación. La historia comienza (esta vez sí) en algún punto entre 1971 y 1972, cuando los chimpancés de este parque natural se escinden en dos facciones. La primera y más numerosa, Kasakela, se radicaba al norte y estaba formada por ocho machos adultos y doce hembras; la segunda, Kahama, era menos numerosa y estaba formada por seis machos adultos y tres hembras que emigraron al sur paulatinamente desde que se produjera la escisión del grupo por un triángulo de poder entre tres machos de ambos grupos, que acabaría con el grupo del sur arrasado. Los Kasakela comenzaron a invadir sistemáticamente el territorio del grupo más pequeño, aniquilando a todo aquel que se cruzara en su camino y empleando una crueldad a la que no estamos acostumbrados, más allá del canibalismo que mostraron entre sus congéneres como advertencia para aquellos que osaran rebasar los límites de su territorio, pues los Kahama, otrora líderes del grupo original, paseaban por las lindes del norte ostentando galones que ya no portaban. Y es aquí, en el territorio y los límites, más de tolerancia que físicos, a donde quiero ir a parar.

En ocasiones, se concluye que la violencia letal es el resultado de estrategias adaptativas, de modo que los asesinos finalmente obtienen beneficios de aptitud física al aumentar su acceso a recursos como alimentos o parejas. Este tipo de violencia es aquella que se ejerce con (mala) intención, la de acabar con todo, acabar con toda competencia y dejar un erial a su paso, sin opción a respuesta. A su vez, podría ser un resultado no adaptativo de los impactos humanos, como el cambio de hábitat o el aprovisionamiento de alimentos (Goodall, 1990). Sin embargo tengo que realizar ciertos apuntes sobre esto último. El asesinato es más común entre los chimpancés orientales, y menos común entre los bonobos y los chimpancés occidentales, independientemente de la presencia humana. Entre los chimpancés, los asesinatos aumentan con una presencia mayor de varones y mayor densidad de población, además de una presencia menor de las hembras, lo que induce a pensar en la competividad sexual y dominación patrilineal como razones clave. Los chimpancés machos matan con más frecuencia que las hembras y tienen principalmente víctimas masculinas, también con mayor frecuencia a bebés no destetados de miembros de otras comunidades (y, por lo tanto, es poco probable que sean parientes cercanos); además, los asesinatos intercomunitarios ocurren por lo general cuando los atacantes tienen una ventaja numérica abrumadora (Wilson et al, 2014), por lo que tienen noción de cuando existe riesgo o no. Los patrones de agresión letal en el Pan troglodytes se explican por la razón de que matar es un medio para eliminar rivales rentable cuando existe un dilema de seguridad.

Este dilema se produce cuando un grupo toma medidas defensivas, o capacidades ofensivas inherentes, para mejorar la seguridad del mismo, lo que desencadena una carrera armamentística que en teoría no vislumbra fin si no desaparece una de las dos partes. Si se obtiene una ventaja clara, en teoría el grupo o especie con más recursos gana y se acabó el dilema. Pero eso, en teoría.

La realidad es que, por lo general, cada parte iguala a la otra en pasos, zancadas, avances, mejoras, dando lugar a la Reina Roja, como ocurre entre los patógenos y el huésped que os expliqué en la entrada anterior. Este mecanismo, actualmente se considera una de las explicaciones más probables del predominio de la reproducción sexual en las poblaciones naturales. La selección negativa dependiente de la frecuencia ejercida por parásitos, de modo que los genotipos de huéspedes raros son favorecidos, se considera ahora como una de las fuerzas selectivas más probables que subyacen a la persistencia del sexo y el cruce en los sistemas naturales. Una infección desproporcionadamente alta en genotipos huésped comunes puede crear una ventaja a corto plazo para el sexo, porque éste da como resultado la producción de descendientes con genotipos variables. Una versión más general de este mecanismo se originó con la observación de Van Valen (1973) de que las especies dentro de un grupo taxonómico tienden a extinguirse a una tasa constante.

Van Valen argumentó que este patrón podría deberse a un deterioro constante de las condiciones ambientales, causado por fuerzas bióticas (vivas) o abióticas (no vivas), aunque enfatizó las interacciones bióticas antagónicas, desde la perspectiva de las especies adaptadas a las condiciones anteriores, y denominó a este mecanismo la Hipótesis de la Reina Roja en referencia a la idea que aparece en Alicia en el País de las Maravillas y Alicia a través del Espejo, de Lewis Carroll, sobre la necesidad de correr constantemente para permanecer en el mismo lugar que, en este caso, implica no desaparecer como especie, y a la violencia letal que intenta ejercer la propia Reina de Corazones. Haldane (1949) fue también el primero en argumentar que la enfermedad probablemente sea una fuerza selectiva de gran importancia para el mantenimiento de la diversidad genética en muchas especies. Si bien la selección impuesta por factores bióticos estuvo cada vez más implicada en la persistencia del sexo y el cruzamiento en la década de 1970 (Levin, 1975; Glesener y Tilman 1978), el acoplamiento explícito de la Reina Roja con el sexo se originó con Jaenike (1978).

En este caso, Jaenike explicó que el sexo es beneficioso porque permite la producción de descendientes con una variabilidad genética mayor que la de sus progenitores y aumenta la probabilidad de producir descendencia con la combinación de alelos que son favorecidos en ese momento, lo que probablemente la haga más resistente. El supuesto principal de la Reina Roja es que los parásitos que son capaces de infectar genotipos de huéspedes comunes logran una ventaja selectiva significativa, lo que favorece a su vez a los huéspedes raros en términos genéticos (como aquellos con rasgos recesivos) y, estos a su vez, a la heterogeneidad de la población. Una característica clave de estas dinámicas es el tiempo que transcurre entre el aumento de la frecuencia de un genotipo del huésped, llamémosle raro y resistente, y la posterior introducción de un genotipo parásito compatible a través de la migración, mutación o recombinación, asumiendo que la adaptabilidad de este último siempre será más rápida que la del primero, pues por lo general tiene una mayor tasa de ciclos reproductivos junto con ciclos vitales más cortos. Los modelos genéticos poblacionales que exploran la hipótesis de la Reina Roja se basan en la premisa de que el sexo puede ser ventajoso ante un entorno cambiante porque la recombinación interrumpe la asociación no aleatoria entre los alelos (Neiman,2009), junto con la presión de la selección natural. La idea aquí es que la recombinación actúa para volver a aleatorizar genotipos al dividir cualquier genotipo que sea más frecuente en una población de lo que se esperaría por surtido aleatorio y en esto tiene mucho que ver la selección y competencia sexual (Vaillancourt, 2013).

Darwin reconoció la importancia de la competencia intrasexual, enfatizando “una lucha entre los machos por la posesión de las hembras” como elemento central del concepto de selección sexual, lo que ha hecho que gran parte del esfuerzo e interés de las investigaciones en ese sentido se hayan centrado en comprender los mecanismos y las consecuencias evolutivas de la competencia reproductiva entre los hombres (Birkhead, 2002), principalmente aquellos rasgos más notables, como un mayor tamaño del cuerpo, de armamento (sic) y las exhibiciones ritualizadas que se usan en las competiciones agresivas, o diversos adornos llamativos o señales sexuales utilizadas en las exhibiciones de cortejo (Anderson, 1994). En contraste, la comprensión de la competencia intrasexual entre las mujeres ha sido lenta en desarrollarse (Stockley, 2013). Los primeros trabajos pioneros de Hrdy (1981) resaltaron la importancia de la competencia femenina en diversos taxones animales, incluidos los humanos. Este primer tramo de trabajo importante, proporcionó un progreso significativo en la superación de estereotipos femeninos que llevaban perdurando muchísimo tiempo en biología evolutiva (Hrdy, 2013) y, de paso, crear las bases para aumentar el interés sobre qué papel tiene este tipo de selección en el cerebro de los seres humanos y de cómo evolucionó gracias, también, a la selección social (Rubenstein, 2012).

Emplear a partir de aquí un enfoque que englobe genética y conducta social para estudiar directamente los procesos de elección de competividad y selección sexual en el cerebro puede arrojar luz sobre ciertos puntos a tener en cuenta (Cummings, 2012), y sería valioso no solo para comprender la selección femenina, sino también para entender el conflicto sexual, el dimorfismo sexual y otros temas relacionados con la evolución de los rasgos, incluido el sistema nervioso que tenemos, como el papel de la progesterona en la formación del útero (Lynch et al, 2015) que se puede explicar a través de los transposones, antiguos elementos genéticos móviles que a veces se consideran parásitos genéticos. A medida que los ancestros comunes entre los marsupiales y mamíferos placentarios fueron perdiendo la cáscara a favor del nacimiento que conocemos ahora, se activaron más de mil genes móviles, muchos de los cuales se encontraban fuertemente vinculados a la comunicación materno-fetal, además de suprimir parcial y localmente el sistema inmunitario de la madre para que no acabara con el feto, pues reconocería a éste como un elemento extraño y acabaría con él como si fuera otro parásito al ser genéticamente distinto de la madre, y el feto intentaría a su vez abastecerse de todo nutriente que puede ofrecer la madre, abriéndose paso a través de un útero humano cada vez más revestido y evolutivamente preparado por esta razón (Finn, 1998), creando nuevamente otra Reina Roja. La progesterona además tuvo un papel capital al ser un neuromodulador, neurotrófico y neuroprotector implicado en la mielinización y la neurotransmisión (Schumacher, 2004).

Por otra parte, la oxitocina tiene otro(s) papel(es) bastante curioso(s). Además de sus efectos periféricos en el parto y la lactancia, tiene efectos centrales en las regiones del cerebro identificadas como partes de la Red de Neuronas Espejo (Stockley, 2013). Apodado como el efecto de “tender la mano y defender”, la oxitocina tiene como papel la mejora del sentido de la identidad y el favoritismo dentro del grupo, pero también fomenta el antagonismo y la agresión defensiva para amenazar a los rivales del grupo externo (De Dreu, 2010). Este efecto de doble filo encaja muy bien con nuestra comprensión del papel de la oxitocina en la atención y la protección materna (Bosch, 2013), vinculándose con una reducción en la ansiedad estado y siendo un elicitador natural para la selección social, esto es, la elección de aquellos miembros a los que queremos pertenecer.

La selección social es una hipótesis que nos sirve para explicar la función adaptativa de elegir parejas y otras acciones tomadas durante el comportamiento social reproductivo, siendo la base para entender que es esta infraestructura social de la que emergen las crías (Rubenstein, 2013). Aunque se propone como una alternativa a la selección sexual, esta visión trata de cómo las interacciones sociales entre los socios potenciales o entre los padres y los hijos influyen en el éxito reproductivo. En otras palabras, se centra en la selección del contexto social adecuado que mejore el éxito reproductivo, en lugar de cómo se espera que la selección natural mejore los rasgos para proporcionar una ventaja competitiva, y con frecuencia reproductiva, sin importar el contexto. Las hembras, en muchas especies sociales, tienen características sexuales secundarias elaboradas (Rubenstein, 2009), importantes para obtener acceso a pareja, o si se usan indirectamente para obtener acceso al rango social, a los territorios u otros tipos de recursos (Rosvall, 2011), por lo que hago hincapié en ellas para explicar en cierta medida la dinámica de la selección y la formación de los grupos, y los beneficios de usar, por ejemplo, la agresión indirecta por encima de la directa en prácticamente la mayoría de los sistemas de organización de los primates, pues parecen claros: menos competidores y mayor acceso a parejas preferidas, que en tiempos ancestrales se habrían vinculado a tasas de reproducción diferencial, la fuerza motriz de la evolución por selección sexual implicada en una elaboración mayor de las estrategias de actuación y la Teoría de la Mente intrínsecos de nuestra especie, en ambos sexos, que puede ser explicado por nuestra Reina Roja.

Para hablar de ellos, debemos hablar de inteligencia social o maquiavélica. Esta hace alusión a que un factor clave detrás de la inteligencia superior que fue la interacción con otros seres humanos, lo cual no la hace excluyente de la relación de los seres humanos con su ecología o entorno físico. Por ejemplo, tal vez un lugar realmente favorecedor para la caza hábil y coordinada de megafauna en la última glaciación fue ocupado por los primeros humanos modernos que llegaron. Esto habría creado suficiente presión (y por tanto, selección) para una mayor inteligencia en términos de procesos superiores directamente (por ejemplo, la resolución de problemas o la secuenciación de acciones), pero también habría intensificado el mecanismo de inteligencia social, aquella que ha evolucionado en la competencia estratégica con otros individuos o grupos, y de la cual se induce una carrera armamentística o Reina Roja, donde lo que importa es la inteligencia en relación con los demás, en lugar de la inteligencia en absoluto, y la reacción para resolver el dilema de seguridad, teniendo como variable de primer orden el tiempo, o la escasez de éste, como razón neuroepigenética que acelere de manera directa la selección de aptitudes en esta dirección y, de manera indirecta, la creación de la cultura como vector de viejas y nuevas ideas, el sustrato definitivo para extender la consciencia.

© 2018 José Miguel Martínez Gázquez

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