De lo prosocial, lo altruista y lo humano

Vemos el dolor de los demás reflejado en nosotros, lo hacemos nuestro. Sufrimos y cargamos con el peso de lo que, en teoría, no nos permitiría ser adaptativos, y haber llegado hasta donde hemos llegado pese a la ausencia de lógica de tener que vivir a través del sufrimiento de los demás. Pero la vida es tan compleja como quiera la vida misma. No nos hacemos responsables de nosotros mismos hasta que no tenemos a nadie a cargo, nadie está exento de dueño ni deja de ser patrón para otros pues, aunque no seamos números, tampoco somos insustituibles. Aunque no seamos perfectos, tampoco somos prescindibles y, eso, nos hace profundamente sociales en el sentido más amplio de la palabra. Ser los últimos de nuestro género nos ha hecho creer que somos especiales, lo cual no niego. Pero llegar hasta aquí nos ha dejado solos con nosotros mismos, sin nadie que nos recuerde o nos compare que, quizá, hayamos transformado este mundo precisamente a que, pese a mis reticencias de creer en la bondad natural de los seres humanos, forma parte de nosotros el no dejar a nadie atrás y, en ese sentido, los neandertales han dado muestras de sobra de ser muy humanos. En esta entrada trataré el no tan dilema de la conducta prosocial y el altruismo de los seres humanos modernos y nuestros parientes, evolutivamente hablando, a través de lo neurobiológico, lo adaptativo y lo antropológico para razonar que, probablemente, no fuimos tan distintos.


Los neandertales (Homo neanderthalensis) fueron la última especie hominina en cohabitar con la nuestra, apareciendo en el registro fósil europeo hace 230.000 años hasta hace unos 32.000 años, que desaparecieron definitivamente (Hublin, 2009), probablemente debido a fluctuaciones propias de los cambios climáticos de la época, la llegada de los seres humanos modernos desde África, diversas catástrofes medioambientales y cierta inviabilidad demográfica (esto es, poblaciones muy pequeñas) que trataré en otras entregas. Fueron, en comparación a los sapiens, unos humanos arcaicos mucho más robustos, de extremidades gruesas y cortas, probablemente adaptaciones propias de la presión ambiental que supuso el frío glacial. Pese a no descender de ellos, pues tuvimos nuestro último ancestro en común con ellos hace entre 765.000 y 550.000 años y su evolución fue paralela a la nuestra (Rogers et al., 2017), y existe un amplio consenso sobre la absorción de parte del genoma neandertal vía hibridación, algo que ocurrió con certeza por última vez hace entre 65.000 y 47.000 años (Pääbo, 2012).

Con ellos compartimos algo más que parte de su genética (~1,6-4,7%), mitocondrial en prácticamente su totalidad. La imagen que nos hemos creado a lo largo de las últimas décadas, la de hombres y mujeres embrutecidos e insensibles con baja inteligencia y casi nula sensibilidad social (Spikins, 2016), afortunadamente la hemos ido desmontando a lo largo de los últimos años, pero con ciertas limitaciones pues han habido varias tendencias diferentes con una perspectiva negativa o escéptica en la atención médica de los neandertales (Spikins, 2017). Aunque existen múltiples casos de recuperación de lesiones graves y supervivencia a pesar de un deterioro notable, algunos autores han criticado las interpretaciones de que esta evidencia implique una atención activa entre ellos. Dettwyler (1991), por ejemplo, argumenta que la recuperación de una lesión debilitante puede no ser evidencia de una atención médica activa, ya que los neandertales probablemente fueron mucho mejores en el (auto)aprovisionamiento de lo que suponemos, menos dependientes de los demás, y con un amplio conocimiento natural del mundo, como el de las propiedades de ciertas plantas o cortezas con propiedades antiinflamatorias.

Otros se muestran escépticos acerca de si la atención médica y prosocial se brindó como una respuesta solidaria a la necesidad o al sufrimiento, o si solo se brindó atención a aquellos que podrían contribuir en el futuro y, por tanto, con una intención calculada y funcional (Berger y Trinkaus 1995). Mientras, Wynn y Coolidge (2011) describen sus actitudes como “insensibles” y cuya naturaleza prosocial todavía en debate, aparentemente residual y sesgada por un antropocentrismo propio de los que estudiamos estos temas, nos aleja de una realidad donde tomar decisiones sobre la atención de elementos dependientes de una comunidad también se ha visto como algo difícil de explicar dados los costes inherentes de energía y recursos, además de las inclemencias medioambientales y orográficas.

Tales casos son costosos en términos evolutivos, ya que realizar grandes esfuerzos para ayudar a alguien a sobrevivir, aparentemente, no sería muy adaptativo y es precisamente esa, la dificultad,  la evidencia de que las motivaciones para el cuidado de otros eran desinteresadas (Spikins, 2018). El caso prototípico es el de Shanidar I,  espécimen neandertal que sobrevivió durante al menos una década manco, cojo y ciego de un ojo gracias al comportamiento prosocial de otros (Trinkaus, 2017), pues sin éste se hace virtualmente imposible su supervivencia en un bioma de la Europa paleolítica. Al hablar de esta conducta, la prosocial, nos referimos a aquella expresión social del individuo de una manera positiva, que no es dañina, para con los otros y, a su vez, esta conducta puede estar motivada por una cuestión altruista, es decir, que no busque el beneficio propio (González, 1992). Dicha conducta puede elicitarse porque, literalmente, experimentamos el dolor ajeno y necesitamos remediar dicha situación (Hatfield, Cacioppo, y Rapson, 1993), porque sentimos una mezcla entre tristeza y amor incondicional, a la que llamamos compasión, hacia la persona que vive esa situación injusta y dolorosa (Sprecher y Fehr, 2005), y porque es, sencilla y llanamente, nuestro principal mecanismo de supervivencia como especie (Nesse y Elssworth, 2009).

Los seres humanos experimentamos emociones, sentimientos y pensamientos, que motivan la conducta, más allá de la regulación neurobiológica que permite la supervivencia, pues ésta es tan real como la emoción que la elicita y la cultura que la modula (Damasio, 1994). Del miedo por nuestra integridad y la pena por la de los demás nacen la compasión y el coraje necesarios para abordar la ayuda de nuestros semejantes ya que, psicobiológicamente hablando, estamos predispuestos innatamente para ello como resultado, entre otros aspectos, del apego que nos profesamos como animales sociales que somos (Bowbly, 1982; Mikulincer y Shaver, 2005). De hecho, tal es la magnitud del sufrimiento que podemos soportar los seres humanos, en el sentido más amplio de la palabra, que esta manifestación de empatía, la compasión y más específicamente el altruismo que abordamos, nos permite ayudar a los demás con independencia de la relación que tengamos con aquellos a los que asistimos en una emergencia (Goetz, Keltner y Simon-Thomas, 2010) , suponiendo entonces una figura central en aquellas culturas más avanzadas socialmente hablando (Sober y Wilson, 1999) para convertirse , a su vez, en un principio ético y moral de lo que es correcto (Haidt, 2003).

En la cueva de El Sidrón (Asturias, España) se han descubierto restos neandertales que datan de aproximadamente de unos 50.000 años, entre los cuales destacan los de un niño de 7 años apodado el Sidrón J1. Era bastante similar a los niños modernos, excepto por el hecho, decididamente no moderno, de que su cerebro aún estaba creciendo en el momento de su muerte (Rosas, 2017). No discuto la similitud en el crecimiento y maduración de ambas especies, sino el volumen propiamente dicho: a diferencia de los niños humanos modernos, cuyos cerebros suelen crecer casi por completo a la edad de 7 años, El Sidròn J1 aún necesitaba de un mayor neurodesarrollo altricial, lo que implicaba una maduración cerebral tardía pero relativamente parecida a la nuestra y, por tanto, dependencia hacia otros miembros adultos de la comunidad. No en vano, el cerebro neandertal podía llegar a superar en tamaño al nuestro (sobre unos 1550 centímetros cúbicos) y es más que probable expresaran, no ya muestras de pensamiento simbólico y capacidades cognitivas muy similares a las nuestras, sino conductas claramente sociales y sentidas, como los enterramientos ricos en ajuares para sus seres queridos.

Existen diversas teorías que señalan al cerebro social-prosocial, y más específicamente la compasión y el altruismo por los demás, como la baliza que impulsó decisivamente el desarrollo de todas las especies Homo. La primera postula que la compasión es inmediatamente necesaria para poder proteger a nuestra progenie más vulnerable, como aquella que nace prematuramente y, por tanto, necesitada de ayuda (Mikulincer y Shaver, 2003). Dicha experiencia afectiva elicita la interacción a través del contacto físico y diversos estilos de comunicación entre el individuo vulnerable, en este caso el niño, y sus figuras de referencia más inmediatas, como son sus progenitores, abuelos y hermanos, no sólo en humanos sino también en nuestros parientes más cercanos –chimpancés y bonobos- sugiriendo un origen más antiguo del esperado (Warneken y Tomasello, 2006). Otras líneas de investigación como la que proponen Spikins, Wright y Hodgson (2016) se centran en la importancia que ha tenido la compasión y la moral colaborativa en la inclusión, por ejemplo, de individuos dentro del espectro autista, debido tanto al valor savant de algunos a la hora de crear mejoras tecnológicas gracias a su capacidad especialista tanto a nivel técnico, como perceptivo o social, y a su papel como elemento central para todo tipo de conducta prosocial dentro de una comunidad, como bien expliqué en la segunda entrega.

Asimismo, todo lo anterior junto a la influencia de diversos genes pudo haber provocado una encefalización mayor a lo largo de todo nuestro proceso evolutivo como especies y una maduración del sistema nervioso central más progresiva y lenta, comparada con la de otros primates no homininos, que incidiera en su desarrollo cognitivo (Rosales-Reynoso, 2015). Entre otros genes se encuentran el SHH -conocido también como gen Sonic Hedgehog- y está vinculado al desarrollo del sistema nervioso (Dorus, 2006); el ADCYAP1, que incide en la proliferación de los distintos estadios de la neurogenesis (Dicicco-Bloom, Lu, Pintar y Zhang, 1998); y el FOXP2, que se cree haber influido determinantemente en el desarrollo del lenguaje (Prochiantz, 2010), incluido en los neandertales.

La segunda teoría que involucra a la compasión como elemento evolutivo se centra en su valor como atractivo a la hora de escoger una pareja (Miller, 2007).Ser capaces de cuidar e incluso sacrificarse por nuestro compañero o nuestra prole tiene un valor adaptativo innegable a la hora de atender a los elementos más cercanos de tu entorno en tiempos de necesidad, así como el justo reparto de los recursos, proteger a los demás de un daño físico y mejorar las opciones de supervivencia de los hijos, lo que puede incidir a la hora de formar relaciones monógamas y duraderas (Neff y Karney, 2009). En cuanto a este punto, la monogamia, Schultz y Dunbar (2007) explican que debemos atender no sólo al tamaño de un grupo de individuos para entender cómo el cerebro social explica el desarrollo del encéfalo actual gracias a la socialización de los seres humanos, sino a la formación de parejas duraderas en el tiempo. Comparando cerebros polígamos y monógamos entre especies se llegó a la conclusión de que estos últimos presentaban un tamaño de tejido asociativo mayor que los primeros debido a la mayor complejidad de demandas y necesidades que exige mantener un entorno familiar sano y salvo (Dunbar, 2009), lo que puede hacerlo determinante a la hora de asegurar un comportamiento prosocial y, por tanto, considerarlo como elemento evolutivo indispensable en el cerebro de los seres humanos.

Por último, una tercera teoría va en la dirección de explicar la conducta prosocial como elemento capital en la formación de relaciones cooperativas con extraños y con aquellos grupos a los que no pertenecemos (Nesse, 2007). La colaboración entre exogrupos pudo haber dado lugar al altruismo motivado por las relaciones de beneficio mutuo de larga duración en distintos contextos y a la creación de un marco normativo de lo que es correcto o no, valorando lo altruista y castigando lo egoísta, determinando el nacimiento de un acervo cultural cada vez más complejo en poblaciones cada vez mayores (Richerdson y Boyd, 2005) y, asimismo, creando un sistema de estados emocionales –que pueden ir desde el agrado al odio mutuo- permitiendo a aquellos que no comparten lazos iniciar, mantener y regular recíprocamente relaciones altruistas (Gintis, 2000). En este sentido, valorando la coevolución entre la expresión de nuestros genes y la cultura, Chiao y Blazinski (2010) llegaron a la conclusión de que existe una relación entre la expresión del HTTPLR, región polimórfica del SLC6A4 -gen que transporta la serotonina- del cromosoma 17, y la formación de una cultura individualista o colectivista. Aquellas poblaciones que presentaban el alelo S -corto- del polimorfismo mostraban predisposición a la ansiedad y a la depresión por encima de aquellas que presentaban el alelo L -largo-, determinando a los primeros a presentar una cultura colectiva y al apoyo mutuo con mayor frecuencia que los segundos.

La explicación evolutiva más probable para el cuidado aparentemente desinteresado o altruista de los miembros adultos del grupo no solo radica en los beneficios de ayudar a los elementos más cercanos del clan, como son los familiares de primer orden y otros parientes, sino también en las ventajas selectivas de reducir el riesgo de mortalidad de otros miembros del grupo en situaciones en las que los grupos son altamente interdependientes (Frank, 2017), con una evidencia cada vez mayor sobre el tiempo, por ejemplo, que pasaban los neandertales como pacientes dependientes de los demás, rondando probablemente la quinta parte de sus vidas (Spikins, 2017). Los beneficios selectivos y naturales de la atención a los enfermos, o personas simple y llanamente dependientes, son más claros cuando los grupos están compuestos por familiares cercanos. Sin embargo, cuando la supervivencia de cualquier miembro está fuertemente vinculada a la de los demás miembros del grupo que cuida a los heridos, sigue siendo selectivamente ventajosa incluso sin un alto grado de relación genética por una razón muy sencilla: sentimos el dolor ajeno como nuestro y esto, más allá de lo funcional de ayudar a los demás, nos elicita conductas altruistas para aliviar nuestro sufrimiento como colectivo.

Si bien los mecanismos neuronales del altruismo siguen siendo desconocidos (Weng, 2013), el entrenamiento en compasión (COM) y en reevaluación cognitiva (REP) pueden arrojar cierta luz al respecto. Por su parte, la intencionalidad del COM es entrenar al sujeto para que aumente su preocupación por el malestar ajeno y le motive a resolver dicha situación (Lutz, 2008), mientras que el REP se centra el disminuir el malestar del propio sujeto (Oschner y Gross, 2005). Un estudio sobre dichos entrenamientos en conducta prosocial encontró una alta conectividad, en conjunto, de la corteza prefrontal dorsolateral (DLPFC), el núcleo accumbens, la amígdala y la corteza parietal inferior (IPC), encontrando activación en esta última únicamente en el COM (Weng, 2013). La IPC pertenece a la Red de Neuronas Espejo (MNS) y está asociada a la recreación propioceptiva del sufrimiento ajeno (Gallese, Keysers y Rizzolatti, 2004).

La MNS es un grupo de neuronas especializadas que reflejan las acciones y conductas de los demás y su descubrimiento supuso un salto cualitativo en el campo de las neurociencias (Rajmohan y Mohandas, 2007) que, pese a la falta de la correspondencia neuroanatómica neandertal, desgranaré la sapiens. Entre sus funciones destacan: la imitación, por la activación principalmente del surco temporal superior (STS), el giro frontal inferior (IFG), la IPC y la DLPFC (Iacoboni, 2005), que nos permite ser elementos vicarios de un grupo y aprender de una manera más efectiva; la comprensión de la acción, presentando una activación del STS, el lóbulo parietal inferior (IPL) y el IFG (Hari, 1997), permite segmentar las acciones y predecirlas; el lenguaje, con la región dominante del área de Broca, esto es, parte del IFG izquierdo, influye en la lateralización dominante y diestra de los humanos (Meister, 2003), además de un intercambio cognitivo entre la memoria, el sistema emocional y el pensamiento simbólico que trataré más adelante; la Teoría de la Mente, que incluye la integración prácticamente de todo el circuito, incluidos el IPL, el IPC, el STS, la DLPFC, la amígdala, la corteza del cingulado anterior (ACC), la corteza orbitofrontal (OFC), la corteza somatosensorial y el precúneo (Siegal y Varley, 2002), y nos permite intuir e influir sobre los demás elementos del grupo, esto es, conectar con los demás en distintos niveles de comprensión cognitiva y emocional; y la empatía, que activa el IFG, el STS y el IPL derechos, el ACC, el precúneo, la ínsula, la amígdala, la corteza prefrontal ventromedial (VMPFC) y la corteza sensorial (Iacoboni, 2005), trata precisamente del último punto de lo anteriormente dicho pues, a través de los demás, sentimos, vivimos la experiencia sin experimentarla más allá de la química cerebral.

El cuidado de los enfermos o heridos en los homínidos, aunque se considera marca distintiva del umbral evolutivo humano (Spikins, 2016), no debemos emplearla sino en el sentido amplio del género al que pertenecemos. A partir de la reciprocidad directa común en los primates, la adaptación humana se vuelve cada vez más dependiente y generalizada y es probable que la reputación, por ejemplo, haya jugado un papel clave en la dinámica social (Manapat, 2013). Tan pronto como la colaboración y la naturaleza interdependiente se volvieron esenciales para la supervivencia, las presiones selectivas derivadas de la confianza y la reputación (o el honor) que conducen a la atención de los miembros del grupo enfermos y lesionados fueron, probablemente, más significativas (Steinkopft, 2017). Por lo tanto, se espera que el cuidado de los enfermos y los heridos haya surgido en los homínidos junto a otras formas de colaboración, como la crianza colaborativa de jóvenes cada vez más vulnerables, la defensa colaborativa de los depredadores, el aumento de la ingesta de carne, el intercambio de alimentos, la caza colaborativa y la mayor dependencia del aprendizaje social como razón de un bien comunitario mayor:  un “intercambio de salud” más amplio, en el que los riesgos o los costes que implican sacrificarnos por los demás faciliten las ventajas evolutivas  de los actos próximos del altruismo (Hare, 2017).

Al analizar lo anterior podemos concluir que nuestro cerebro social es un circuito de citoestructuras directamente relacionadas que nos han permitido poder actuar, comunicar, sentir, predecir y asistir a los demás como conjunto de elementos evolutivos dentro del mismo continuo y que, gracias a la naturaleza colectiva y cultural de nuestra especie en permanente interacción con la neurobiología y genética humanas, hemos sobrevivido:
“La historia de nuestra civilización es, hasta cierto punto, la historia de un esfuerzo persuasivo por extender los mejores sentimientos morales a círculos cada vez más amplios de humanidad, más allá de las restricciones de los grupos internos, y que eventualmente abarquen toda la humanidad.”
(Damasio, 2003, pp. 159)

© 2018 José Miguel Martínez Gázquez

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