Capítulo VIII. Luna de sangre

Nuestra historia ha sido, en ocasiones, una larga historia de terror. Allí donde la luz de la razón no llega, allí donde emergen las sombras del mundo natural y se entrelazan con lo sobrenatural, aquello que no podemos conocer y por extensión abarcar, es terreno donde reina el miedo, la emoción más poderosa de todas. Este poder nace de la resistencia a morir, de la necesidad de proteger la extensión de la vida misma y la de los seres que amamos ante las amenazas a las que estamos expuestos continuamente en esta carrera por la supervivencia como especie, escapando de nuestra trágica existencia para recordarnos que estamos obligados a vivir para morir otro día. A veces, incluso, tenemos miedo a no reconocernos ante el espejo, miedo a no reconocer a los demás, miedo a la pérdida de la propia razón que establece el orden del mundo que entendemos. Otras tantas, nunca hemos llegado a perderla pues nunca estuvo allí. ¿Por qué, si no, tememos a la oscuridad y a las tinieblas que la abrigan, tememos a las alimañas que la pueblan y que tienen, como único testigo, a la Luna rampante que hierve como la sangre de aquellos que intentan acariciarla con sus labios?

Ésta es, sin duda, una historia violenta donde evitar y escapar de los peligros que conocemos, y protegernos de aquellos que desconocemos. Un ejemplo clásico es el virus de la rabia, azote primigenio de la humanidad, que podría ser una de las claves a la hora de entender las historias de terror en el folclore popular. A lo largo de esta entrada hablaré de un miedo ancestral casi tan antiguo como el tiempo que contamos y de sus raíces que se clavan en lo más profundo del tuétano de nuestros huesos, además de las razones por las que todo es adquirido e innato, sobretodo a la hora de procesar aquello que vemos u oímos, o creemos ver y oír, pues ¿pues no es lo desconocido y las leyendas que reptan por sus sombras, aquello que nos deja helados?


Estás terriblemente sediento, solo quieres agua. Pero no puedes beber. Cada vez que lo haces, notas como tu garganta se cierra y vomitas. Este invitado no deseado se ha convertido en un miedo legítimo y reactivo al agua. Tienes sed, pero el solo mirar un vaso de agua comienza a hacerte sentir náuseas y a asustarte sobremanera. La contradicción es difícil de ver para tu cerebro en este momento. Tienes el miedo normal de no saber lo que está pasando. A estas alturas, los médicos tendrán que hacer lo imposible para mantenerte hidratado, pero incluso eso es inútil. Tienes hidrofobia, tienes la rabia y, en este punto, ya estás muerto. El rhabdovirus que produce esta zoonosis (esto es, enfermedad propia de animales que termina trasmitiéndose a humanos) es un azote tan antiguo como la Humanidad, y el terror de su manifestación es un miedo humano fundamental, porque desafía los límites de la Humanidad misma. Es decir, preocupa la delgada línea donde el Hombre termina y comienza la bestia, lo que se conoce como transmogrificación, ya que la mordedura rabiosa es el símbolo visible del animal que infecta al humano, de una enfermedad en una criatura que se transforma de manera demostrable con la misma intensidad en una persona a la que infecta. En entornos rurales, esta infección se mantiene como una enfermedad enzoótica (esto es, propia de una o varias especies), entre animales como zorros, lobos y murciélagos, animales predominantemente nocturnos en su mayoría. El murciélago hematófago, Desmodus rotundus, es el principal vector y reservorio de la rabia selvática en América del Sur (Schneider et al., 2005), en contraste con otras áreas del mundo donde los perros sirven como la principal fuente de infección para los humanos en el entorno urbano (Salmón-Mulanovich et al., 2007), cobrándose la vida de varias decenas de miles de personas al año entre unos y otros.

Esta enfermedad tiene unas características clínicas muy estudiadas y determinadas, divididas en cinco fases (Hemachudha, 2002): la incubación, que dura entre 1 y 2 meses; el pródromo, que puede durar hasta 10 días desde que el virus se translada del sistema nervioso periférico al central e incluye una sintomatología muy similar a la gripe, además de dolores, prurito y parestesias (Velasco, 2004);  fase neurológica aguda, donde el virus ya ha llegado al cerebro y puede presentar dos manifestaciones, la rabia encefálica o furiosa,  y la paralítica; el coma y la muerte, que suele llegar asociada a problemas vasculares.

Pero volvamos al principio de todo. La rabia, palabra derivada de una antiquísima raíz sánscrita, el rabh, y que significa conducta agresiva y violenta, es una enfermedad reconocida desde la Antigüedad, probablemente más antigua que la especie humana moderna, pudiendo encontrar descripciones escritas de ésta en Mesopotamia hace unos 4300 años (Hankins, 2004), que luego serían confirmadas por egipcios, griegos y romanos, entre otros. Ha sido considerada, desde entonces hasta la era moderna, como la acción de las fuerzas sobrenaturales sobre el hombre y otros mamíferos, principalmente el perro (Llamas-López, 2009), y azote de la Humanidad. Esta conducta violenta e irritable de los canes, observada en época de calor con una mayor frecuencia, hizo que se conociera a esta época como canícula por la acción que ejercía la estrella Sirio, del Can Mayor, sobre el Sol (Hildreth, 1963).

Esta asociación entre el animal que transmite este virus demoníaco y los signos apreciables (y comunes), tanto en vector como huésped, hizo sugerir a un médico español una hipótesis al respecto, pues observó la relación entre el virus de la rabia y los animales vectores a los que se asociaba, principalmente murciélagos y perros o lobos. Gómez-Alonso (1998) describe una analogía muy clara entre signos de este virus y monstruos del folclore, como vampiros y hombres lobo y, en general, todo tipo de bestias humanas: la agresividad, pues las personas con rabia se vuelven particularmente agresivas y algunas veces muerden, o intentan morder, a otras personas ya que, como ya dicta la tradición, si un vampiro te muerde, te conviertes en uno de ellos, como es el caso de la rabia pues el virus se propaga a través de la saliva; el insomnio y la deambulación, ya que se hace difícil que los afectados por esta enfermedad puedan dormir y, por tanto, se vuelven más propensos a deambular de noche; la hipersexualidad, por influencia directa sobre el sistema límbico y que casa muy bien con la lascivia de estos hombres-bestia que, como dato, tienden a sufrir priapismo; las aversiones, tanto ante la luz, como los olores fuertes y los espejos, pues no pueden reconocer su imagen y tienden a disponerse en posición de defensa y agresividad; la transmogrificación o transformación en las bestias que te han mordido, pues los pacientes con rabia tienden a comportarse de manera similar que los animales que los han inoculado, siendo el murciélago el animal prototípico entre varones del mundo rural, el 90% de los casos registrados; y el postmortem, donde podemos observar incluso la emanación de sangre por la boca, producto de un paro cardiorrespiratorio y la asfixia, y que puede confundirse perfectamente con una necesidad imperante por el consumo de sangre. No es difícil imaginar que alguien que vive en el siglo XVIII, a caballo entre los tímidos amagos propios de la Ilustración y la ignorancia obscurantista propia de la época, la preocupación y paranoia provocadas por el vox populi harían que a menudo se desenterraran los cuerpos para atisbar muestras de las pruebas anteriores y que, al observar restos de sangre pudiera provocar preocupación, o que el observar a un humano y un animal transmisor de la rabia actuando de manera similar puede hacer algún tipo de vínculo, pudiendo asumir que los animales y las bestias se estaban transformando entre sí.

Ya lo decía Voltaire. Entre el siglo XVII y el XVII, los vampiros no eran solo leyendas pues, para la gente normal, los vampiros eran una preocupación genuina y “el único tema de conversación entre 1730 y 1735“. Como dato, una epidemia de rabia se extendió a lo largo y ancho de Hungría (y Rumanía) sobre la década de 1720, siendo probablemente el área nuclear donde la leyenda de los vampiros, hombres lobo y bestias de la tradición popular hubieran echado sus más profundas raíces, y que casa enormemente bien con el resto de mitos donde el miedo a lo desconocido campa a sus anchas, a través de la deshumanización de lo conocido y la pérdida de la consciencia para ser más bestias que hombres y mujeres. Es un cuento viejo como nuestra historia misma, radicada en el temor de la pérdida del control y, como consecuencia más directa, la de la vida.

Se ha propuesto una variedad de mecanismos directos e indirectos para explicar la alteración provocada por patógenos como este rhabdovirus en el comportamiento del huésped (Thomas et al., 2005). La Hipótesis de la Manipulación del Patógeno establece que los agentes infecciosos causan cambios de comportamiento en el huésped para favorecer su transmisión a otro huésped susceptible (Cezilly, 2010). Sabemos incluso que el virus de la rabia es capaz de alterar el funcionamiento del sistema nervioso periférico en su beneficio, es decir, cambia y “secuestra” el funcionamiento del receptor p75NTR de las neurotrofinas o factores del crecimiento nervioso, acelerando su desplazamiento desde la mordedura hasta el sistema nervioso central, alterando su funcionamiento y, por ende, principalmente al cerebro en sí (Perlson, 2014). No en vano, por algo se le llama virus y, para qué negarlo, da mucho miedo. Esto puede explicar, al menos en parte, la predisposición de estas criaturas al contagio entre sí y hacia otras especies, como la nuestra, que en teoría no es reservorio del patógeno. Sin embargo, la capacidad de adaptación para manipular al huésped a menudo no se distingue fácilmente de los comportamientos generales de enfermedad. Se han sugerido múltiples hipótesis para explicar cómo las infecciones parasitarias alteran específicamente el comportamiento del huésped, desde el daño estructural específico de áreas clave del sistema nervioso central hasta la patología inmunológica (Moore, 2013). Las lesiones de necrosis laminar masiva de la corteza cerebral, la pérdida total de células de Purkinje en el cerebelo, con la preservación de la capa de células granulosas, y el daño severo de la amígdala se atribuyen a la acción viral directa en lugar de a la anoxia o a  la inflamación cerebral, y pueden explicar parte de la sintomatología de la rabia, incluida la agresividad y la ausencia del miedo (Dolman, 1987).

Además, la alteración de la función del neurotransmisor de la serotonina se ha relacionado con la patogenia de la zoonosis, incluidos los cambios de comportamiento inducidos por el virus (Jackson, 2016). Es más, la serotonina desempeña un papel crucial en la toma de decisiones sociales, provocando respuestas agresivas (Crockett et al., 2008).  La activación de los receptores presinápticos α4β2 aumenta la excitabilidad de las neuronas serotoninérgicas a través de la liberación de glutamato en los núcleos dorsales del rafe (Garduño, 2012). La inhibición de los receptores α4β2 podría, por lo tanto, influir en el comportamiento de los animales infectados a través de la alteración de la función de la serotonina.

El miedo es, junto a la alegría, la tristeza, la ira, la sorpresa y el asco, una emoción básica o primaria necesaria para la supervivencia, con un correlato neuroanatómico y una expresividad facial definidos (Ekman, 1972).  La alegría tendría un valor agradable (no únicamente positivo, pues positivas son todas adaptativamente hablando) y probablamente filiativo, con una naturaleza propia de nuestro sustrato social como especie pues permite compartir la satisfacción con otros. La tristeza tendría un valor que va más allá de lo afectivo, centrándonos en lo cognitivo y la reasignación de recuerdos dolorosos. La ira permite defendernos activamente de las amenazas del entorno a través del enfrentamiento y la sobreactivación del organismo para este fin. La sorpresa tiene un cariz vegetativo, una activación fisiológica modulable con el resto de las emociones básicas. El asco, por su parte, nos permite rechazar o repeler aquellas sustancias que podemos considerar dañinas o perjudiciales para el organismos. Y en cuanto al miedo, nos permite reaccionar ante el peligro que se manifiesta real o imaginario en tiempo pasado, presente o futuro, y elicita las reacciones de huida, parálisis o defensa.

Tanto en la rabia como en el miedo existe una preponderancia documentada y observable del sistema límbico y regiones temporales mediales. En el miedo, por su parte, el tálamo sería la región encargada de recoger la información de los sentidos vía corteza visual o auditiva primarias, por ejemplo, la corteza somatosensorial recibiría dicha información del tálamo y los interpretaría para que, más adelante, a su vez la organice y la redistribuya entre hipotálamo (comportamientos de lucha o huida), amígdala (emoción de miedo) e hipocampo (memoria cristalizada). Las estructuras cerebrales que son el centro de la mayoría de los eventos neurobiológicos asociados con el miedo son las dos amígdalas y cada una de ellas es parte de un circuito de aprendizaje del miedo (Obison, 2007). En presencia de un estímulo amenazador, la amígdala genera la secreción de hormonas que influyen en el miedo y la agresión (Best, 2004). Una vez que comienza una respuesta al estímulo en forma de miedo o agresión, la amígdala puede provocar la liberación de hormonas en el cuerpo para poner a la persona en un estado de alerta, en el que está lista para moverse, correr o luchar. Esta respuesta defensiva se conoce generalmente  como Respuesta de lucha o huida regulada por el hipotálamo, parte del sistema límbico (Gleitman et al., 2004). Una vez que la persona está en modo seguro, lo que significa que ya no hay amenazas potenciales que la rodeen, la amígdala enviará esta información a la corteza prefrontal medial (mPFC), donde se almacena para situaciones futuras similares, lo que se conoce como consolidación.

Después de lo que ocurra tras una situación que incita al miedo, la amígdala y el hipocampo registran el evento a través de la plasticidad sináptica (Amunts et al., 2005). La estimulación del hipocampo hará que la persona recuerde muchos detalles sobre la situación que ha elicitado esta emoción tan poderosa (Schacter, 2011). La plasticidad y la formación de la memoria en la amígdala se generan por activación de las neuronas de dicha región, con predominio de aquellas en CA1 y CA3. Los datos experimentales apoyan la idea de que la plasticidad sináptica de las neuronas que conducen a la amígdala se produce con el condicionamiento del miedo (Ledoux, 2003) En algunos casos, esto forma respuestas de miedo permanentes como el trastorno de estrés postraumático (TEPT) o una fobia. Pero, ¿qué pasa cuando nos planteamos si estos miedos podrían llegar a ser heredables? ¿Qué ocurre si a través de estos eventos traumáticos podemos a llegar a crear instintos, como el de evitación ante ciertos estímulos?

Para entender en qué consiste la heredabilidad de los miedos y lo adaptativo (o desadaptativo) de esto, debemos explicar qué es la epigenética. Este término, al que veces se le acusa de estandarte lamarckiano, consiste en entender aquellas llaves que son capaces de abrir las cerraduras de nuestro genoma, aquellas variables ambientales que intervienen en la expresión de los genes y modulan, por tanto, nuestros fenotipos. La neuroepigenética sería, a su vez, el conjunto de esas llaves ambientales que determinan la expresión de nuestro sistema nervioso o adaptativo, incluidas sus funciones. En este sentido, la neuroepigenética del miedo abarcaría los estímulos necesarios que tendrían tal carga emocional lo suficientemente intensa como para abrir esas cerraduras e, incluso, crear otras, para poder permitir la adaptación de la especie al ambiente con nuevos instintos, nuevos parámetros que fueran innatos y, a su vez, modulables con el ambiente.

Os pongo varios ejemplos de evidencia en este sentido. Stephanie Hoehl y su equipo (2017) aseguran que los bebés de 6 meses de edad responden con un aumento de excitación, como lo indica la dilatación pupilar, a las arañas, serpientes y otras alimañas, que un adulto entiende como perjudiciales, en comparación con las flores y los peces, sugiriendo que los estímulos que representan una amenaza ancestral para los humanos inducen una respuesta de estrés en los bebés pequeños. Estos resultados hablan de la existencia de un mecanismo evolucionado que prepara a los humanos para adquirir temores específicos de amenazas ancestrales, como puede ocurrir con las sombras, los murciélagos o incluso los perros. En un otro ejemplo bastante célebre, se observaron efectos transgeneracionales del Trastorno por estrés postraumático en bebés de madres expuestas a los ataques terroristas del World Trade Center durante el embarazo y niveles de cortisol más bajos en la siguiente generación, lo relacionándose directamente con este trastorno (Yehuda et al, 2011). Por último, otro estudio (Jovanovic, 2011) descubrió que el sobresalto en la oscuridad era mayor en los niños cuyas madres tenían altos cotas de abuso físico infantil, en comparación con los niños cuyas madres no habían sufrido abuso físico o sexual. Durante la fase de habituación del experimento de sobresalto nocturno, los niños cuyas madres tenían altos niveles de abuso emocional en la infancia tenían una mayor activación del sistema simpático e hipervigilancia en comparación con los niños de madres con bajo abuso emociona (Ressler, 2011).

El miedo es, por tanto, una razón primigenia y adquirida, moldeada por la experiencia propia y ajena, por el presente y el pasado. La rabia, así como otros enemigos ancestrales de los seres humanos, ha extendido el terror de forma clara y necesaria entre generaciones, a través del acervo cultural y el horror de ciertas figuras míticas, moldeando a nuestra especie y sus miedos, moldeándose a sí misma para que cada vez que mires a la oscuridad, ésta te devuelva la mirada. Porque, al fin y al cabo, temer a aquellos seres que se bañan en sangre bajo la tenue luz de la luna no forma parte de nosotros.

¿O sí?

© 2018 José Miguel Martínez Gázquez

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