Capítulo IX. A fuego

No podemos entender nuestra existencia sin el fuego. Este elemento de poder, creador y destructor, ha marcado nuestro paso por el mundo. Gracias a su presencia entendemos a los sapiens como lo que son, simios capaces de hacerlo aparecer y desaparecer a su antojo, capaces de transformar su entorno y a sí mismos para alimentar la necesidad del progreso como grupo, colectivo y especie. He ahí que sea la única magia real de este mundo. El fuego es la fuente de la vida y el portador de la muerte, un cruce de caminos entre este mundo y el otro pues su dominio ha sido la senda que nos ha permitido dominar otros entornos y sus tribulaciones, otros rivales y bestias, otras fuentes de alimento que nos permitieron crear el calor del hogar que nos domesticó y ansiar conocer, iluminarnos el camino y quemarnos en el proceso.

A lo largo de esta entrada expondré la larga travesía que nos ha moldeado en la siempre diferenciadora conquista del fuego, desde que comenzáramos a desmantelar nuestra naturaleza boscosa y arborícola, para luchar contra otros entornos donde el dominio de este poder fue clave en distintos procesos como la encefalización y el aumento de nuestra complejidad cognitiva y social, entablando un puente entre lo colectivo, lo místico y lo ecológico para garantizar nuestra supervivencia. Sin el fuego, no podríamos entender cómo hemos transformado nuestros hábitats más allá de los cantos rodados, creando chamanes y brujos, sabios y artesanos, siendo la luz de la razón, la superchería y la ciencia, ciega a veces por querer abarcar y medir lo inmensurable. También alumbró nuestra oscuridad, dio forma al horror de la guerra, recordatorio de la fuerza dual que obliga a dominarlo como a un caballo desbocado. Pero sin duda, fue al calor de una buena hoguera, al calor del hogar, donde prendieron las viejas y buenas historias que nos preceden, y parieron a las especies, como la nuestra y las de nuestros antepasados,  que las contaron y transformaron al tiempo mismo. Donde prendió, en definitiva,  la mecha para iluminar y caldear nuestra consciencia.


Si en algo nos diferenciamos los grandes simios es que somos, por lo general, grandes oportunistas que trabajan en grupo a lo largo y ancho de vastos territorios. No podemos volar, no corremos a gran velocidad ni damos saltos enormes con los que abatimos a nuestras presas. No tenemos grandes garras ni incisivos con los que despedazar, ni poseemos los mejores sentidos, más allá de tener una gran visión. Sin embargo, sabemos resolver problemas, situaciones en contra, aprovechamos oportunidades y nos servimos de nuestro gran cerebro y su extensión, nuestras manos, para dejar nuestra impronta en el entorno. Y, en todo esto, los Homo hemos sido los mejores gracias, entre otras cosas, al fuego. El uso que le hemos dado en tiempos modernos es muy complejo, tanto que hemos cambiado nuestro mundo para poder crear combustión de todas las maneras inimaginables, pero es probable que sus orígenes hayan sido tan simples como que existe una presión selectiva primordial para que nos relacionemos necesariamente con él (Dunbar y Gowlett, 2014). Para los humanos, el fuego se volvió importante por muchas razones, incluyendo la cocina, la protección, el calor y la guerra, pero la mayoría de estos usos presuponen cierto grado de control que con casi toda probabilidad no tendríamos hasta la segunda mitad del Pleistoceno Medio, en términos geológicos, hará entre 400.000 y 125.000 años, correspondiente a su vez con el final del Paleolítico Inferior y comienzos del Paleolítico Medio, en términos arqueológicos. En cambio, el forrajeo de recursos, producto de los incendios provocados por los rayos, solo exige una atracción hacia las tormentas, con un uso pasivo y oportunista de este elemento atmosférico con la esperanza de beneficiarse de recursos adicionales asociados (Gowlett, 2010; Dunbar y Gowlett, 2014), lo que implicaría el primer nivel de uso del fuego donde no existe dicho control. Para los homínidos, los beneficios podrían incluir la recuperación de huevos de aves, roedores, lagartos y otros animales pequeños, así como de invertebrados. Aunque el fuego no crea tales recursos, los hace mucho más visibles, y la cocción al azar puede mejorar su digestibilidad.

La idea del forrajeo ígneo proviene del mundo animal. Si bien solo nosotros hemos adquirido el dominio total del fuego hay casos de depredadores de mamíferos como ciertos felinos, por ejemplo los guepardos, que se posicionan para saltar sobre presas que huyen de los incendios o de muchas especies de aves seguidoras del fuego, que se ubican estratégicamente para acorralar a sus víctimas aterrorizadas y perturbadas por el calor y el humo, casos mucho mejor registrados que los que atañen a nuestros orígenes y que abundan en todos los continentes (Berthold, Bauer y Westhead, 2001). Estos casos muestran la disponibilidad de recursos que pueden aparecer para especies oportunistas como la nuestra, su posible ventaja selectiva y, por inferencia, que este tipo de captura con fuego estaría dentro de las capacidades cognitivas de los primeros homininos (Twomey, 2013). En un caso moderno los aborígenes australianos de la tribu Martu, a través del uso sistemático de pequeños incendios, han manejado desde tiempos pretéritos comunidades de pequeños mamíferos de una manera que parece mejorar los recursos (Rolland, 2000), controlando estos fuegos para tener a estas presas controladas en su territorio haciéndoles salir de sus sistemas de madrigueras y cuevas.

Los primates somos, a grandes rasgos, animales alimentados durante millones de años de follaje y fruta madura de selvas tropicales, con una disponibilidad perenne y abundante en estos hábitats. De hecho, aunque los chimpancés tengan una variedad en su dieta más amplia que otros simios (como los gorilas) pues ésta se extiende a otras fuentes de alimento como la miel, los insectos y la carne, las frutas siguen siendo su alimento principal, preferido y dominante (Wranham, 2005). Sin embargo, los primates que viven en hábitats más secos o con más estacionalidad, como las sabanas, donde las precipitaciones son más escasas o limitadas en el tiempo (entre estaciones húmedas y secas), no podrían obtener una dieta equivalente. En particular, la fruta sería estacional, creando presiones de alimentación en las estaciones secas. La adición de carbohidratos en forma de raíces, tubérculos, bulbos o semillas de plantas habría aliviado significativamente este problema para los homininos que se alejaron de los sistemas boscosos (Laden, 2005). Pero estas nuevas dietas son difíciles de digerir, necesitando de la cocción, pues ésta aumenta considerablemente su digestibilidad y  esto habría llegado con el Homo erectus a aproximadamente 1,7 millones de años (Wranham, 1999), acompañándose de otros cambios morfológicos propios del género, como extremidades posteriores alargadas y la reducción del dimorfismo sexual (Wranham, 2007). Los registros más antiguos de uso del fuego se dan en Kenia, en los yacimientos Chesowanja, Koobi Fora y el Lago Turkana, sitios arqueológicos a cielo abierto que conservan sedimentos quemados y algunas herramientas de industria dura (piedra, hueso y madera) alteradas por el calor de un fuego intencionado (Bellomo y Kean, 1997), y corresponden por datación cronológica a este homínido, el erectus, conocido por el ser el gran conquistador de continentes y latitudes alejadas de tierras africanas y que, probablemente, persiguiendo el fuego de las tormentas en busca de presas, terminara asociando estas llamas a la cocción de otras fuentes de alimento alternativas, lo que implicaría un segundo nivel de empleo del fuego, y exploraría, en su afán por comerse el mundo, otras lindes y horizontes.

Las dietas altamente nutritivas y calóricas son una necesidad a la hora de alimentar a un cerebro más grande, desde los primeros tiempos y especialmente desde hace unos 500.000 años (Foley, 2016), cuando este órgano que nos hace tan especiales aumentó exponencialmente, producto de una evolución con una miríada de factores en mosaico, lo que hace que expliquemos su evolución a través de distintas razones que no son necesariamente excluyentes. De hecho, dicho aumento, con un promedio de 600 a 1300 centímetros cúbicos en el curso del Pleistoceno Medio (Dunbar, 1993), sugiere un vínculo con los orígenes del lenguaje (Aiello, 1996) y el cerebro social, fenómeno que intenta explicarse a través del aumento del tamaño del grupo, la supervivencia demográfica, la complejidad en cuanto a las necesidades colectivas y las presiones hacia la cognición social (Dunbar, Gamble y Gowlett, 2014). Otras explicaciones, que se dirigen a hacer hincapié en el coste del mantenimiento del cerebro (Aiello y Wheeler, 1995), aluden a la reducción del tamaño del intestino y de energía mediante el consumo de alimentos de mayor calidad, cocinados y más fácilmente digeribles (Fonseca-Azevedo y Herculano-Houzel, 2012) pues, en términos metabólicos, el cuerpo no puede sostener un cerebro más grande (más caro en términos calóricos) excepto si existe la presión necesaria que reduzca el de otros tejidos cruciales, como los del aparato digestivo, y aquí el fuego aliviaría de manera crucial dichas restricciones (Wranham, 2009).

Además, la presencia del Homo erectus / ergaster en latitudes frías desde hace más de 1.5 millones de años, implica que necesitaríamos el fuego para cuestiones que van más allá de alargar el día o cocinar, como es el de mantener un fuego de hogar para protegernos de las bajas temperaturas ante las cuales no tenemos una protección natural, un fuego perpetuo o al menos de fácil acceso, lo que implicaría un tercer nivel de uso durante la segunda mitad del Pleistoceno Medio, hará unos 400.000 años (Gowlett, 2006), en otras especies extintas que recogieron el testigo del erectus como los Homo antecessor (que por entonces ya estaría extinguido), Homo heidelbergensis y Homo neanderthalensis, y de las que hay muchas más evidencias de uso instrumental del fuego (Lumhey, 2006). Este empleo, el del mantenimiento, implica ciertas actividades colectivas dentro del propio grupo como el aprovisionamiento de materiales combustibles para el fuego de larga duración, el cuidado para que la llama no se extinga y el transporte en caso de necesidad (Twomey, 2011), además de la relación con otros grupos como el intercambio y el robo (por la fuerza o con nocturnidad) que pueden haberse perfeccionado desde el segundo nivel de uso del fuego. Esta cada vez mayor complejidad colectiva exige una organización propia de funciones cognitivas complejas y superiores, incluida la cognición social (Twomey, 2013) y el lenguaje (Dunbar, 2011), que deben compensar el coste de recursos empleados para mantener dicho sistema con el fuego como eje central y que dieron lugar, a su vez, a sociedades donde los miembros más ancianos del clan alcanzaban edades post reproductivas y útiles (O´Connell, 1999; Allen, 2005). Es decir, a nuestros cerebros les rentó mantener la llama o, más bien, no pudieron desligarse de ella.

El uso controlado del fuego implica una cooperación a nivel de grupo dirigida hacia el futuro, la planificación de cubrir una necesidad futura, lo que sugiere que aquellos que mantuvieron vivo el fuego no sólo no se quedaron atrás, sino que permitieron potenciar aquellas condiciones que la genética les habría brindado de manera escalonada en el tiempo. Necesitarían secuenciar dichas acciones necesarias para abastecer al grupo, planificando en el tiempo para mañana, pasado y probablemente más allá, si las condiciones no eran beneficiosas al momento (Twomey, 2013). Algunos humanos arcaicos del Pleistoceno Medio, incluso pueden haber almacenado o transportado combustible a largo plazo o a grandes distancias, lo que implica una planificación profunda de semanas o incluso meses. Controlar el fuego implica una inhibición de la respuesta que sugiere un alto grado de autocontrol y una habilidad técnico-práctica propia de especialistas (Spikins, 2016), como de los que hablé en la segunda entrada. El fuego, como elemento colectivo, permite sentarse ante él y compartir lo ritual de lo cotidiano, transportando tanto a los individuos como a los clanes, en el tiempo y en el espacio, y transformando la realidad que se manifestaría en el lenguaje (Burich, 2014).

Si bien los procedimientos asociados con la recolección de combustible y la atención que se le presta a la llama del fuego de un hábitat principal no son del todo complejos, a diferencia de los sistemas colectivos de aprovisionamiento de víveres y materiales propios de la tecnología dura (es decir piedra, hueso, o madera) para crear herramientas, el sistema que puede permitir la continuidad de incendios controlados es un sistema de recolección de combustible y organización del grupo que no está claramente asociado en tiempo y espacio con los beneficios que el fuego proporciona (Ronen 1998). Esto significa que la atención para que no se extinga la llama, transportarla, evitar que estuviera fuera de control o la propia recolección de combustible involucraron a la gratificación diferida porque no siempre se realizaron en interés inmediato de un individuo y que supusieron, probablemente, otra presión para nuestra naturaleza social (Goudsblom, 1989).

Tanto la planificación como la inhibición de la respuesta indican un control cognitivo gobernado por memorias episódicas, representaciones sin el anclaje de la inmediatez presente, con la facultad de desplazar el pensamiento en pasado, presente y futuro,  y una capacidad de memoria de trabajo extendida en estos términos temporales (Wynn y Coolidge, 2011), adaptada a las exigencias que requiere este trabajo colectivo. Una suerte de intercambio cognitivo entre lo que puede beneficiar a uno mismo (lo inmediato) y al colectivo (lo futuro), dando sentido a una potenciación de nuestro lenguaje moderno frente a la memoria de trabajo (Matsuzawa, 2010) con una agenda visuoespacial y búfer episódico más restringidos en cuanto a capacidad (que no duración), comparados con otros simios que no han definido su existencia como nosotros con la creación del fuego, el cuarto y último nivel, entre los 350.000 y los 127.000 años de antigüedad, mucho antes de la aparición de los hombres y mujeres modernos en Europa, y que determina nuestra naturaleza colectiva con el fuego como principal testigo. De esto podemos inferir la Teoría de la Mente, una intencionalidad colectiva o de modo de uso de cognición social (Tuomela 2006), además de una comunicación y una organización entre sujetos que involucra complejidad en el lenguaje, las técnicas extractivas, la logística, interacción entre necesidades de sus miembros y, por supuesto, la habilidad necesaria para crear el fuego e iluminar la consciencia de toda una aldea, algo evidentemente humano.

El fuego, como elemento que puede estar a nuestra disposición y ser manipulable, tiene para nosotros tres funciones principales e implicaciones que pueden dar para mucho. La primera, la fuente de calor, nos sirve para cocinar, caldear el ambiente, transformar materiales con los que trabajamos y emplearlo con fines defensivos y punitivos. La segunda fuente, la de luz, nos permite alargar el día, alumbrar el perímetro de seguridad del hábitat, mejorar el contacto visual con los demás entorno al fuego del hogar y localizar a otros portadores de las llamas en la oscuridad de la noche de los Hombres. Para que podamos manipular este elemento, así como a otros, teniendo en cuenta para qué nos sirve o para qué lo queremos emplear debemos hablar de una función cognitiva en especial, además de otras que se sobreentienden, a la que llamamos praxia ideatoria. Este tipo de movimiento intencionado es la capacidad para realizar y simbolizar actos motores, así como las secuencias gestuales que lo integran, es decir, manipular objetos mediante dicha secuencia, lo que implicaría el conocimiento de la función del elemento, así como de la acción y del orden serial de los actos que llevan a esa acción (Tirapu-Ustárroz, Ríos-Lago y Maestú-Unturbe, 2008). Como acción intencionada, implica un nivel de pensamiento simbólico que va más allá del reconocimiento o la visualización del objeto desubicando el tiempo y el espacio. Implica querer, implica poder e implica necesitar, con una correspondencia de la revolución parietal viable para esta cronología que os menciono. Una de las grandes adaptaciones que fueron probablemente de la mano de nuestra relación necesaria con este elemento fue la mutación inactivadora en el gen de la miosina MYH16, planteando la posibilidad de que la disminución en el tamaño del músculo masticatorio, que a su vez determinó en parte una reducción de la dentición y la tensión en la masticación, eliminó una restricción evolutiva en la encefalización hará unos 2,4 millones de años (Stedman, 2004). Esto se explica porque la cresta sagital, característica propia de buena parte de los simios, formaba el punto de anclaje de unos músculos maxilares realmente pesados que, al reducir su tamaño, redujeron la presión sobre el cráneo, permitiendo la mutación (y condición) necesaria para que aumentara el cerebro en los humanos si la ecología lo permitía (Messier y Stewart, 1997), en este caso una dieta constituida por nuevos alimentos, y que permitiera la forma cóncava y cuasi circular que posee nuestro cráneo moderno.

La tercera y última fuente, la de poder, tiene que ver con la relación de las funciones anteriores y la naturaleza casi mágica del fuego, que lo hace eje central de lo ritual y, por extensión, de lo colectivo. Su presencia ambivalente y liminal, es decir, de estar presente y a la vez no estarlo, porque quema pero es intangible, calienta pero no existe más allá de su propia combustión y tan pronto existe para dejar de estar, lo hace especial y fácilmente vinculable a lo sobrenatural (Burich, 2014). Bajo esta dualidad, la que crea vida pero destruye, le hace conferir poder al que lo posea, poder para cambiar su entorno a través del progreso y a sus gentes a través de lo religioso, pues nada se hace más colectivo que el culto ante su poderosa imagen, que ilumina rostros bajo la oscuridad glacial y nos permite ordenar viejas historias en el tiempo (Gheorgiu y Nash, 2007) , roles y arquetipos de mitos, dioses y leyendas de otras eras, otrora artesanos que se encuentran grabados a fuego y prenden con la necesidad para sobrevivir y ver otro día, esperar y desear para cabalgar, de nuevo, la tormenta.

“La mente no es un vaso por llenar, sino una llama por prender”.

-Plutarco

© 2018 José Miguel Martínez Gázquez

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