Capítulo X. Cuentos de arena y sal

Somos el tiempo que empleamos y percibimos, lo que hacemos y dejamos de hacer. La relación entre los eventos que nos circundan, que nos dan la referencia de dónde nos ubicamos y hacia dónde nos dirigimos, lo rápido que transcurre el tiempo y lo leves que somos en términos absolutos. Es por ello que necesitamos trascender, contarnos a nosotros mismos que las cosas tienen sentido, por qué se lo damos y que éstas, a su vez, nos aporten preguntas por responder y misterios que resolver. Las contamos, con los dedos de las manos o como un parpadeo tras otro, anotamos los días o los años, el tiempo pasado y el que viene, pero transmitimos la certeza de que somos muchísima información por compartir como para que el presente, que ya es pasado, la engulla y nos devore sin aportar nada a este mundo. Somos miedos que plasman sus inquietudes, sus anhelos y conocimientos para con los otros. Somos dados a compartir, a deformar la realidad y que ésta nos deforme a nosotros, nos enseñe, nos aporte cultura y nos haga evolucionar.

Somos los cerebros que trabajan sus entornos y se ven acompañados por estos, (a veces) incluso mejorándonos en el proceso, como ocurrió con la escritura. En este capítulo hablaré de la importancia de este elemento cultural, culminación de la interacción entre nuestros cerebros, la transmisión de nuestro conocimiento a través del lenguaje, la formación del pensamiento simbólico, la aritmética y la cultura material, para terminar conformándose no sólo elemento inmaterial y postizo, extensión de nuestras abstracciones plasmadas primero sobre la piedra o el papel y luego en otras mentes, sino en presión que ha moldeado nuestra forma de comunicarnos y, por tanto, de relacionarnos con el mundo.


Me dispongo a relataros la Historia y Prehistoria de la escritura, con la certeza de que hablar sobre el propio sistema que empleo para comunicarme con todos ustedes es, en primer lugar, un acto complicado por necesidad. En segundo lugar, para lidiar con el pensamiento simbólico sólo puedo tirar del hilo hasta hilvanar nuestros orígenes en el tiempo, con un viaje limitante lleno de desafíos y símbolos extraños, en una inmersión hacia atrás entre distintas épocas, pues la transmisión de datos o comunicación a través de elementos materiales antecede a la propia escritura como tal y, aún más, a la capacidad de simbolizar aquello que queremos transmitir.

En la actualidad, la facilidad que tenemos a la hora de comunicarnos a través de redes sociales y, por extensión, a todo sustrato digital, probablemente nos confunda sobre sus orígenes ante la dificultad que ha entrañado despertar esa cualidad que ha destronado a las propias reacciones químicas y eléctricas que recorren nuestros cerebros para crear la cualidad de programar la piedra y transformar el suelo que pisamos para que el curso del tiempo no devore nuestros pensamientos, y que venimos puliendo, mejor que nunca, desde que Guttenberg inventara la imprenta allá por la década de 1.450 en Alemania, perfeccionando y democratizando el arte de crear libros que apareció allá por el siglo III después de Cristo, tanto así como el hebreo Libro de Ezra (del 500 a.C.) nos transmitía el valor del sustento y servicio de las personas a cargo de los príncipes a través del pago en sal. Tenemos constancia de que los chinos transmitían los aseveraciones de sus oráculos allá por el 1.400 a.C. y que aquellos que provenimos del mundo Occidental empleamos alfabetos que han ido perfeccionándose, solapándose y creciendo desde el 1.500 a.C. (Schmandt-Besserat, 1996).

Por su parte, entre las culturas incaicas de los Andes emergió una civilización, el Caral, que empleaba un sistema de comunicación creado con cabos anudados anteriores al 2.500 a.C. llamados quipus, cuyos códigos trasmitían todo tipo de información a sus interlocutores a modo de protoescritura (Burger, 1980). Los signos fonéticos creados entre el 3.000 y el 2.500 a.C. en el Creciente Fértil se emplearon, principalmente, para transcribir el nombre de los individuos que quisieron trascender la vida terrena, marcaron el punto de inflexión cuando la escritura comenzó a emular el lenguaje hablado y, como resultado, se volvió aplicable a todos los campos de la experiencia humana, perfeccionándose con la escritura cuneiforme sumeria y los jeroglíficos egipcios (Schmandt-Besserat, 1996). Para el 3.500 a.C., comenzamos a escribir la Historia a través de los pictogramas bidimensionales, que al igual que las fichas tridimensionales de barro de hace 8.000 a.C. descubiertas en las entrañas de esta misma región entre el Tigris y el Eúfrates, una de las cunas de la civilización, se empleaban como elementos de contabilidad para controlar la estacionalidad, disponibilidad y almacenamiento de lo que daba la tierra. O lo que es lo mismo, nuestra Historia continuó con una tradición humana antiquísima, la de contar y enumerar, que empezamos a simbolizar más allá del número, para deformar y controlar al propio tiempo.

Pertenecemos, más allá de lo que hayamos pulido en lo tecnológico y cultural en estos últimos 10.000 años, a la misma línea de seres humanos que poseen pensamiento simbólico moderno elaborado (Rivera, 2011), presentes desde los comienzos del Gravetiense, y caracterizados por conceptos metafóricos y numéricos que, a medida que se desarrollaron históricamente en la escritura y el habla, parecen progresar desde iconos e índices a símbolos (Menninger, 1992). Las indicaciones prehistóricas de esta progresión emergen, incluso antes en el registro arqueológico, con dispositivos de conteo como la placa de la Grotte de Thaïs (Francia) hace unos 14.000 años, posiblemente utilizada para cuantificar balances comerciales, realizar un seguimiento cinegético o registrar ciclos lunares o menstruales (Overmann, 2013). Por su parte los dedos, probablemente, precedieron a los dispositivos materiales como las cuentas y fichas, y con el conteo digital nos podemos retrotraer en el tiempo incluso hasta hace 27.000 años en la Grotte de Cosquer (Rouillon, 2006), también en Francia, donde el arte rupestre de manos en negativo nos muestra patrones de longitud en los dedos que pueden representar números enteros y seriales a modo de código, y que observamos a su vez en la amputación selectiva de dedos hace unos 30.000 años (Overmann, 2014). Asimismo, la carga metafórica y, probablemente, religiosa del hombre-león de Hohlenstein-Stadel (Alemania) nos muestra no sólo la certeza de la capacidad artesana y abstracción humanas, sino la de relacionar libremente conceptos (Coolidge y Overmann, 2011). Al igual que en el conteo de dedos, el uso de dispositivos materiales puede reestructurar, estimular y, en definitiva, mejorar la funcionalidad del cerebro y recrear lo simbólico, pues las conexiones neuronales se forman bajo la influencia de la práctica deliberada a medida que se adquiere la competencia y aprendemos de los demás (de Cruz, 2012).

Mucho antes, con el simbolismo moderno básico (Rivera, 2011), el lenguaje comenzó probablemente a ser argumentativo, mostrando interacción social entre los miembros del grupo y con otros grupos (Powell, 2009), la consecución de un determinado nivel de desarrollo socioeconómico de estas poblaciones y la existencia de un lenguaje con elementos de identificación social o personal, junto con su ubicación temporal y espacial. Un ejemplo que nos podría servir para ilustrar lo que acabo de comentar es el de la flauta de Geissenklösterle (Higham, 2012), que con su datación de 43.000 años es el instrumento musical más antiguo del que tenemos constancia, cuyo empleo probablemente estuviera asociado a lo ritual y por extensión, a lo colectivo, y que a su vez nos induce a pensar en ciertos marcadores de individualidad, de propiedad o personal, pues la carga simbólica pudo estar vinculada al estatus asociado a los roles especialistas que se observan en poblaciones complejas con un aumento demográfico en una determinada área geográfica, y con cierta evolución socioeconómica (Hernando, 1999). Por otro lado, en el refugio de la roca de Diepkloof, en Sudáfrica, se hallaron 270 piezas hechas con huevos de avestruz empleadas, seguramente, como recipientes de agua y que datan de 59.000 años de antigüedad, mostrando marcas hechas deliberadamente con patrones repetitivos  y simbólicos consistentes en líneas cruzadas en ángulos rectos o ángulos oblicuos por lo que se ha sugerido que intentaban comunicar algo, tal vez la identidad del individuo o del grupo (Henshilwood, 2011).

Parece más que probable que algunas posesiones materiales generan cuantificación debido a su importancia en procesos socialmente importantes como la disponibilidad de recursos (Divale, 1999) y el tiempo (Overmann, 2011). Por lo tanto, pueden ser posesiones materiales con un valor social específico, en lugar de posesiones materiales en general, las que inspiran la necesidad de cuantificarlas en números más altos, con mayor precisión, y de formas más explícitas y formales. Los seres humanos tenemos la capacidad de agrupar, aislar y predecir patrones, como aquellas variaciones del sol a lo largo del día, fáciles de usar establecer una hora aproximada del día, y su duración, empleados junto con otros cambios atmosféricos para tener la noción de estacionalidad (Jègues-Wolkiewiez, 2005). Sin embargo, la sutileza en el incremento de la variación diaria del sol significa que el uso del patrón para realizar un seguimiento de las cantidades intermedias de tiempo (por ejemplo, mensualmente o semanalmente) es difícil sin el apoyo material y, sobretodo, del cronometraje. Este último término hace alusión al reconocimiento de correspondencias entre dos cosas, como la altura de las estrellas sobre el horizonte y la hora actual de la noche o el año, y cuya relación es el tiempo, un concepto abstracto que necesitaba de una representación física, materializada y, por tanto, más concreta, con una cuantificación y externalización que lo convierte en manipulable y colectivo. Esto se puede caracterizar como cuantificación, como por ejemplo, al contar lunas y ciclos lunares a través de técnicas de materiales como palos con muescas o cadenas anudadas que representan cantidades discretas de tiempo (Overmann, 2011). El cronometraje astronómico permitió una mejor comprensión de la noción temporal y simbólica a través de la cuantificación material y la inversión social en estos términos con la creación de calendarios de diversa índole, pues su repercusión es, principalmente,  una mejora colectiva.

Sobre este nivel simbólico se ha especulado mucho, también, entorno al dilema neandertal, es decir, a la capacidad de nuestros primos evolutivos para tener una capacidad figurativa y comunicativa similar a la nuestra (Coolidge y Overmann, 2011). Se especula que los neandertales presentan, antes de la llegada de los seres humanos modernos a Europa y más allá de una cultura material (Musteriense) menos elaborada, ciertas diferencias en la expansión relativa del volumen parietal, particularmente en el surco parietal inferior (IPS) (Bruner, 2010), que podrían haber afectado a su cognición o a lo que entendemos nosotros como pensamiento simbólico moderno. Asimismo, ante aquellos que los consideraban prelingüísticos (Tattershall, 2009), la evidencia nos sugiere cierta complejidad similar a la nuestra (por ejemplo, las pinturas de la cueva de La Pasiega, con cerca de 65.000 años de antigüedad) que nos inducen a pensar en su naturaleza comunicativa y simbólica. Aún así, las implicaciones del IPS, sustrato neurológico primario para secuencias ordenadas, numéricas y de otro tipo (Ansari, 2008), entrañan consecuencias claramente diferenciales, mostrando a su vez que sus regiones anteriores son evolutivamente nuevas, dando aparentemente una ventaja en la manipulación sofisticada de los dedos y la tecnología (Orban et al, 2006).

Dehaene (2007) propuso que cuando las neuronas detectoras de la noción numérica en el IPS han sido activadas por números no simbólicos, una habituación compartida con otras especies y, por lo tanto, innata, y cuya habituación se transfiere a neuronas adyacentes que apoyan el reconocimiento de las notaciones simbólicas asociadas, como pueden ser nociones sobre el curso temporal. Esta habituación transferida y que más abajo explicaré en términos de plasticidad neuronal, puede ser exclusiva del Homo sapiens, la única especie conocida que usa, con toda seguridad, símbolos y se involucra en el pensamiento simbólico. Estos estudios sugieren que el IPS ayuda a establecer asociaciones semánticas entre conceptos y signos numéricos, proporcionando así una base importante para conectar el mundo de la percepción sensorial con el dominio de los conceptos simbólicos, como también lo sugieren estudios de déficits neurológicos (como las apraxias y el síndrome de Bálint, por poneros ejemplos), resultado de lesiones en esta región (Coolidge y Overmann, 2012).

El simbolismo primitivo (Rivera, 2011), la fase inmediatamente anterior, acompaña a la Revolución Humana, donde el lenguaje seguramente comenzó a presentar cierta complejidad simbólica y sintáctica, y donde los artefactos materiales capaces de acompañar conceptos numéricos y reutilizar el sistema cognitivo para las cifras, pueden haber estado disponibles posiblemente desde este punto. Un claro ejemplo es de las cuentas hechas con conchas en la Cueva de Blombos, en Sudáfrica, y pertenecientes al tecnocomplejo Still Bay (d’Errico et al., 2005), con unos 75,000 años de antigüedad, y que pueden haber permitido la cuantificación que, a modo de mensaje, probablemente actuaron como andamiaje material y, por tanto, cultural para la indicación de grandes cantidades (Overmann et al., 2011). Sin embargo, las cuentas de concha no deben aceptarse apresuradamente como condición sine qua non del pensamiento moderno o del lenguaje sintáctico moderno (Henshilwood et al.,2004). Dentro de la evolución del lenguaje, la cuestión de la recursión o recursividad, entendida como la capacidad de incrustar un concepto dentro de otro, es la que ha atraído el mayor interés, pues permitiría posteriormente la dialéctica y la retórica debido a su naturaleza autorreferencial y proposicional (Häuser, Chomsky y Fitch, 2002; Corballis, 2007). El empleo de ciertos pigmentos como el ocre (rojo), por su parte, acompañando principalmente al blanco (la luz) y al negro (su ausencia) también permite inferir cierta intencionalidad comunicativa (Petru, 2006) donde el rojo es el protagonista representando al fuego, la sangre, el poder o la feminidad, pero también acompaña a los primeros enterramientos de los que tenemos constancia hace unos 100.000 años, probablemente como símbolo de transformación (Petru, 2006; Rivera, 2011).

Hace, aproximadamente, unos 200.000 años aparecieron los Humanos Anatómicamente Modernos (HAM) y con ellos ciertos cambios que supusieron dicha revolución, como la mutación del gen FOXP2 y un aumento de la corteza prefrontal que, en su conjunto, pudieron suponer una marcada diferencia que determinaría el devenir de nuestra especie con una serie de cambios como un lenguaje más elaborado, ligeramente sintáctico e intencional y, por tanto, con presencia de Teoría de la Mente (Klein, 2002; Fisher, 2013), junto a una mejora del bucle fonológico y de la memoria de trabajo que permitiría una noción del tiempo, funciones ejecutivas y conversación más complejas (Wynn y Coolidge, 2001). Estos cambios anteceden al último nivel, el simbolismo arcaico (Rivera, 2011), que nos describe la forma de razonar primigenia, anterior a la aparición de los seres humanos modernos, y donde el lenguaje debió ser puramente gestual y, poco a poco, fonológico. Los gestos faciales pudieron haber complementado los gestos manuales, con voces agregadas para hacer accesibles al receptor los gestos parcialmente invisibles de su propio lenguaje (Tooby y DeVore, 1987). Esto podría haber culminado en gestos vocales autónomos, con un acompañamiento manual no obligatorio, ya que el habla no solo libera al resto del cuerpo para funciones no lingüísticas sino que también permite la comunicación por la noche, por ejemplo, y es menos exigente en recursos que la comunicación manual. En definitiva, el habla puede haber dado un impulso adicional a las representaciones abstractas, lo que lleva más fácilmente a desarrollos tales como el conteo y las matemáticas (Henshilwood, 2011) pero, principalmente, a los artefactos con los que a través de ellos interactuamos o compartimos con otros.

La escritura puede ser la culminación de estos artefactos de cientos de miles de años, la interfaz perfecta que nos proyectaría hacia adelante de maneras insospechadas. Las interfaces cerebro-artefacto, conocidas en inglés como Brain-Artefact Interface o BAI (Malafouris, 2010), se emplean para explicar, en particular, el tipo de mediaciones tecnológicas que permiten la configuración de sintonía entre la plasticidad neuronal y la plasticidad cultural, extendiéndose más allá del dominio de las herramientas de piedra, y se relaciona también con procesos simbólicos y prácticas sociales más recientes que aparecen mucho después de nuestra puesta en escena, hace entre 200.000 y 70.000 años, con una serie de efectos o propiedades muy claros. Estos interfaces permiten una mejora protésica pasiva, mejorando las cualidades de un organismo para procesar la información del entorno a unos niveles que sin estos objetos jamás alcanzarían, como las gafas para un miope magno; permiten, a su vez, la coevolución entre el organismo y la cultura material (lo que llamamos compromiso material), cambiando para siempre la naturaleza de las relaciones entre los seres humanos y la de éstos con su entorno permitiendo, por ejemplo, la construcción de nicho de especialistas (Laland et al., 2001) y acelerando exponencialmente, como ya hemos observado, el progreso. El aprendizaje de la forma escrita del lenguaje u ortografía interactúa con la función del lenguaje oral, de hecho aprender a escribir y a leer durante la infancia influye en la organización funcional del cerebro, creando diferencias considerables entre sujetos que están alfabetizados y aquellos que no lo están (Castro-Caldas, 1998).

Las BAI permiten crear un enlace entre elementos cuyos cursos o ritmos temporales y vitales son radicalmente distintos a nivel neurofisiológico, ontogenético y cultural y, además, tienen un claro efecto en cuanto plasticidad cerebral. En primer lugar, éstas afectan a un amplio cableado estructural, ya sea mediante el ajuste fino de las vías cerebrales existentes o mediante la generación de nuevas conexiones dentro de esas mismas regiones y, en segundo lugar, amplían la citoarquitectura funcional del sistema nervioso central y sus procesos cognitivos, ya sea agregando nuevos nodos de procesamiento de información o cambiando las conexiones entre los nodos existentes, siendo capaces de transformar y reorganizar la estructura misma de una tarea funcional (Malafouris, 2010). Esto, al fin y al cabo, es uno los principios de la innovación tecnológica pues desde una perspectiva evolutiva, los progresos en las distintas industrias líticas, es decir, usar una herramienta de piedra para hacer otra herramienta, por ejemplo, también de piedra, y mejorarla para crear tecnología (Stout et al. , 2008) se consideran, junto con el lenguaje, el aprendizaje por instrucción (Frith, 2008) y posiblemente la Teoría de la Mente (Tomasello et al. , 2005), los aspectos que nos hacen indudablemente humanos. Es más, existe cierta evidencia y consenso sobre la relación directa entre el uso de herramientas complejas y el lenguaje, que podemos observar en la lateralización funcional y dominancia hemisférica de nuestro género (Frey, 2008), además de cierto reciclaje neuronal (Dehaene, 2005), esto es, la capacidad que posee la citoarquitectura cerebral humana para transformar lo que inicialmente era una función útil en nuestro pasado evolutivo en otra función que actualmente es más útil dentro del contexto cultural actual como ocurre, en términos evolutivos, con las exaptaciones (Gould, 1982), aquellos rasgos adaptativos que en un principio se empleaban para unas funciones concretas  y posteriormente se emplean con distintos fines, como ocurre en el caso de las plumas de las aves (en un principio elementos que supusieron una ventaja térmica y posteriormente aerodinámica) que explicaré en otras entregas.

En definitiva escribir, al igual que hablar, es un arte y un elemento innato, pulido a lo largo de miles y miles de años donde los cuentos, que trascienden las arenas del tiempo y el precio de la sal, nos han transmutado en cerebros que crean cultura para que ésta nos eleve hasta nuestros días donde, quizás, hayamos olvidado la importancia de leer entre líneas, nunca mejor dicho, esas inquietudes de los que nos anteceden.

© 2019 José Miguel Martínez Gázquez

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