Un perro negro

Churchill dec√≠a que la depresi√≥n era como un perro negro, estaba ah√≠, le miraba, no le hac√≠a nada pero, a su vez, tampoco le dejaba hacer. Su sola presencia le angustiaba, le produc√≠a malestar y le recordaba, a veces, que deb√≠a hacer un esfuerzo atroz por darle sentido a las cosas. Si lo ten√≠an o no tampoco importaba, deb√≠a d√°rselo. Otras tantas, cuando se despertaba en mitad de la noche, el perro segu√≠a ah√≠, mirando, comprimi√©ndole el pecho. Le acompa√Ī√≥ buena parte de su vida, incluso cuando le toc√≥ ser el l√≠der y estadista de la poca decencia que le quedaba a Europa, en su hora m√°s oscura, durante la expansi√≥n del Tercer Reich. Sin su determinaci√≥n, el mundo ahora ser√≠a muy distinto. Sin su inspiraci√≥n, probablemente, s√≥lo tendr√≠amos ejemplos muy lejanos de lo que significa ser un pueblo libre. Sin embargo, le plant√≥ cara a Hitler mientras abrazaba a su perro negro, quien s√≥lo pudo amaestrarlo al final de su vida cuando √©ste comenz√≥ a ladrar hasta hacerle asomar al vac√≠o, negro como su sola presencia.

Este retrato tan familiar que le han dado los anglosajones a la depresión no deja de ser una razón más para considerarlos punto y a parte en el mundo occidental. Retrato ácido de una enfermedad calificada como una de las más incapacitantes que afectará, tarde o temprano, a una quinta parte de la población (en su mayoría mujeres) y, cuya mirada, se dirige hacia nosotros en aumento en estos tiempos siendo la razón principal, en la mayoría de los casos, de suicidio que ocurre en nuestros días. Aunque giremos la cara en un vano intento de no querer ver el problema creyendo que, si no nos asomamos allí donde habitan los monstruos, éste no dará la cara.

Asumo pues, en un tono pesimista, que estamos muy lejos de encontrar una soluci√≥n. Demasiados casos, demasiada soledad y demasiados perros negros. No deja de ser curioso, y de alguna forma cruel, c√≥mo le hemos otorgado la cara del mejor y m√°s fiel (e incondicional) de nuestros amigos, y c√≥mo nos puede acompa√Īar una presencia tan familiar desde nuestros albores como especies domesticadas pese a que, lo que nos dan tanto el uno como el otro, ni se parecen ni se acercan lo m√°s m√≠nimo. Pero, como ya he dicho, ambos est√°n siempre ah√≠, mir√°ndote y esperando.

Los perros comparten, sin lugar a dudas, una relaci√≥n especial con nosotros. Formamos, la que entiendo, como la simbiosis m√°s poderosa del mundo animal y la naturaleza social de ambas especies tiene mucho que ver en ello. En este cap√≠tulo, hablar√© del proceso de domesticaci√≥n (o autodomesticaci√≥n, seg√ļn c√≥mo prefiramos verlo) de los lobos en perros y que me permite, como excusa adem√°s, intentar alumbrar razones evolutivamente aceptables para tratar la tristeza y la depresi√≥n como procesos desencadenados por unos or√≠genes que, aunque se presenten lejanos, los arrastramos m√°s que nunca ahora donde todo apunta a un cursor y a la soledad de las grandes urbes. Somos el producto de muchas, much√≠simas, generaciones acompa√Īadas por perros, algunos de ellos negros, cuya mirada nos recuerda probablemente lo especiales que somos para ellos y lo alejados que estamos del mundo aunque circulemos por √©l. Nos recuerda, ya os digo, que a veces el dolor tiene mucho de consciencia y de mirar al otro.


 ¬© 2019 por Jos√© Miguel Mart√≠nez G√°zquez

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