Capítulo XII. Prehistorias de amor

A veces sueño que estoy en un estanque presidido por una figura de piedra y me observa, me juzga. En ocasiones, su hiedra se extiende como un abrazo maternal y, otras tantas, me estrangula. A veces sueño que soy yo desde la tumba observando cómo, desde que vine al mundo hasta que alcanzo el nicho con los dedos, todo ha sido una vorágine de tensión y de pasiones, de besos y de lágrimas perdidas, de sueños rotos y amores que portaba con mis manos, con la ilusión que te hace de niño que llueva, e intento acaparar y poseer, sin saber, que lo que está escrito tal como viene, se tiene que ir. Sin embargo, ahora en el nicho, sólo veo como se alejan de mi cama tantas curvas, tanta piel tersa y pechos turgentes para dar paso a la oscuridad, ante lo que un día fue el caos y la necesidad, cuando en realidad en su momento, y siempre, sólo importa el amor y el tiempo que emplees en él. No quiero remordimientos, sólo quiero más tiempo para volver a equivocarme otra vez y prenderme hasta arder. Tú y yo, somos víctimas y verdugos de nuestras pasiones, del apretar de las carnes y el fuego que tienes entre tus piernas pero, como diría Krahe, no todo va a ser follar. No todo va a ser follar.

Así pues, de aquellos polvos estos lodos. Os explicaré por qué el amor tiene tanto de sexo y viceversa, y por qué me enredaré, como la hiedra, para que juntos alcancemos el clímax y entiendas, si quieres entender, que somos máquinas de matar y amar. En este capítulo os hablaré de la evolución del amor desde que practicamos el sexo sucio, peludo y simio hasta que comenzamos a follar de frente, y a unirnos en esta perversa chanza que nos permite fundirnos y correr, o corrernos, hasta el final de nuestros días, como individuos y especies, pues toda orgía tiene principio y fin, y replicarnos (o equivocarnos) es la mejor de las trampas que hemos perfeccionado para nuestro propio beneficio desde la Prehistoria, y la Historia, hasta nuestros días.

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El deseo sexual es una adaptación que no surgió durante la evolución de los homínidos, aunque hayamos llegado a volverlo tan complejo y multifactorial como para lograr amarnos a base de embestidas, sino que tiene profundas raíces evolutivas, como la propia reproducción sexual y es, claramente, un motivador y una necesidad. A veces, incluso, esta motivación de la conducta humana es una recompensa en sí misma, junto con el hambre, la sed y el dolor (Hull, 1943), configurando su propia intensidad y expresión que modularán nuestro comportamiento (Smith y Udry, 1985) y determinando, tarde o temprano, su propia adaptabilidad y lo que esperamos, como expectativa, de nuestra contraparte a la hora de cubrir dicha necesidad.

Es una obviedad afirmar que el deseo romántico tiene mucho de sexual dependiendo del atractivo físico que observemos en nuestras parejas (Feingold, 1990), algo que encontramos en prácticamente todas las culturas del mundo (Gangestead y Buss, 1993) teniendo como presencia capital el atractivo facial por encima de otros aspectos, como pueda ser la delgadez o la altura (Langlois et al., 2000). Dicen que la cara es el espejo del alma, pero lo único que refleja es lo mucho o poco que vas transmitir tus genes. De hecho, si ésta es simétrica o no, puede indicar que tu acervo genético y tu historia de desarrollo son buenos, lo cual puede señalar que seamos más saludables y aptos para la elección por parte de nuestras parejas (Thronhill y Gangestad, 1999). Si no lo es y tiende a ser desagradable, puede indicar que te colocas en la mitad inferior de la curva normal en cuanto a genes sanos y aptos (Zebrowitz, 2003), pero también que tienda a ser más difícil de procesar, reconocer y categorizar, pues preferimos aquellas caras que nos son familiares y asociamos con lo bueno con mayor facilidad (Zajonc, 1998), algo que no es exclusivamente humano pero que se extendió a nuestro estilo de selección sexual junto con otros factores (Gangestad y Simpson, 2000).

Además, las mujeres jóvenes y fértiles cuyos niveles de estradiol son adecuados tienen más probabilidades que aquellas que se encuentran en la etapa no fértil de su ciclo menstrual a preferir parejas de corta duración que sean simétricas (Gangestad y Thornhill, 1998), socialmente dominantes (Gangestad, Garver-Apgar , Simpson, y Cousins, 2007), masculinas (Penton-Voak y Perrett, 2000) y creativas (Haselton y Miller, 2006), esto es, aquellos machos que rezuman testosterona porque ésta, además de aumentar el deseo sexual y la fertilidad de los hombres, aumenta también el de las mujeres (Simon et al., 2005), lo que llega a convertirse en una especie de cerrojo adaptativo en la selección natural para que nunca dejemos de emparejarnos, aunque sea durante poco tiempo.

No en vano, las mujeres que están saliendo con parejas románticas no deseables o atractivas a corto plazo, tienen más probabilidades de sentirse atraídas por otros hombres cuando son fértiles en relación con las no fértiles (Haselton y Gangestad, 2006) y esto es, aunque les duela a algunos, muy adaptativo. También es una forma que tiene la naturaleza para decirte que si te quiere como amigo, es que no te quiere, y es algo que tenemos en común con los grandes simios (Stumpf y Boesch, 2005). Aunque la duración del ciclo menstrual difiere en unos pocos días entre nosotros y nuestros parientes más cercanos, el patrón de la hormona folículo estimulante, del estrógeno y de la progesterona que se observa en el ciclo menstrual humano es extremadamente similar al patrón visto en chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes (Shimizu et al., 2003), lo que puede indicar cómo hemos heredado las bases hormonales del comportamiento de apareamiento del ancestro común más reciente que tenemos con ellos, hace unos 7 millones de años, aunque sea evidente cómo hemos ido perfeccionando, y complicando, las funciones fisiológicas y psicológicas de lo sexual y afectivo con la aparición de nuestro linaje Homo (Pawlowski, 1999).

En esto tuvo mucho que ver algo que tenemos en común con ellos como es el apego, siendo ésta una de las perspectivas teóricas dominantes sobre las relaciones románticas (Mikulincer y Shaver, 2007). Bowlby desarrolló la teoría del apego para explicar varios aspectos de la relación entre infante y cuidador (Bowlby, 1958). Los bebés humanos se apegan a sus cuidadores alrededor de los 6 a 8 meses de edad, aproximadamente el momento en que estos comienzan a moverse y a mostrar cuatro comportamientos clave como son la búsqueda de proximidad, la angustia por separación, la búsqueda de la figura del apego para una mayor comodidad, y una base segura sobre la cual explorar el mundo, ante lo cual Hazan y Shaver (1987) vieron que el vínculo emocional de base entre las madres y sus hijos, y las relaciones románticas adultas, se observaban con similitud. Es mucho más probable que aparezcan estos cuatro elementos cuando quieres o sientes algo por alguien que por cualquier otra persona (Hazan y Zeifman, 1994).

Algunas teorías sobre el apego argumentan que el sistema de comportamiento de unión, que ya existía con el propósito de vincularse en la infancia, fue modificado por la propia selección natural para vincular, a su vez, a parejas adultas para aparearse entre sí (Zeifman y Hazan, 2008). Cuando existe vínculo entre dos personas es menos probable que estas busquen parejas alternativas y que se invierta más en la gestación, el parto y la crianza inicial de la descendencia producida por esta sociedad primaria, lo cual no la convierte en permanente. De hecho, Fisher (1987) ha demostrado a través de estudios transculturales que si un vínculo de pareja se disuelve, es más probable que éste lo haga a los 4 años pues existe un patrón similar entre la ruptura de la pareja y el tiempo entre el nacimiento de un hijo y otro (Ficher, 1989). Como podéis ver, es una postura muy optimista sobre la duración de las parejas hoy en día, lo cual no quiere decir que el amor romántico no exista ni que tengamos que ser estrictamente monógamos, aunque estemos preparados para ello. Quizás la evidencia, más sistemáticamente citada, en contra de la unión de pareja en humanos es el hecho de que solo una minoría de culturas en todo el mundo sea estrictamente monógama, y la mayoría permite los matrimonios polígamos (Murdock, 1967).

Es poco probable, de hecho, que la capacidad humana para desarrollar relaciones románticas unidas emocionalmente se limite a algún sistema de apareamiento particular (Fraley et al., 2005). Sin embargo, Schultz y Dunbar (2007) explican que la formación de parejas duraderas en el tiempo tiene la función adaptativa de mantener al bebé en contacto cercano con la figura de apego para su cuidado y protección, mantener un entorno familiar sano y salvo, y ser un predictor de una mayor corteza asociativa en comparación con especies de primates polígamas (Dunbar, 2009). Pese a la teoría de la inversión parental (Trivers, 1972) donde los varones, en comparación con las mujeres, pueden reproducirse con éxito invirtiendo menos recursos en la descendencia, un factor importante para diferenciarnos del resto de simios fue precisamente hacer lo contrario (Fraley et al., 2005).

El emparejamiento duradero es una adaptación rara en primates, pues sólo aflora en la cuarta parte de las especies, y aunque muchos machos ofrecen algún tipo de cuidado para la descendencia, proporcionan mucho menos que las hembras. La selección sexual es una fuerza evolutiva prominente desde antes de la aparición de la unión de pareja, que probablemente sólo se observe desde hace 16 millones de años en primates, ya que ha impactado claramente al resto de los grandes simios, como pueden ser los testículos grandes en chimpancés (tan grandes como, literalmente, su propio cerebro), una adaptación que liga al sexo con una mayor propensión por la competividad intrasexual por las hembras, el conflicto y la guerra, predisponiendo a su vez a un mayor dimorfismo sexual (Maestripieri, 2012). Sin embargo, algunos humanos contamos con los penes más grandes del mundo primate y permiten la posibilidad de tener relaciones cara a cara, ventrales y afectivamente vinculantes, lo que junto con unos testículos más pequeños hace que desciendan los niveles de testosterona, las diferencias estructurales entre ambos sexos se reduzcan,  y haya una mayor predisposición con la idea de formar familia para cuidar de la parentela y la descendencia (Maestripieri, 2012).

Una explicación posible para la mayor importancia de la inversión masculina no depende únicamente del tamaño de sus huevos, sino de su capacidad para brindar protección y, más específicamente, para proteger y controlar las fuentes de calorías recolectadas como los tubérculos (Wrangham, Jones, Laden, Pilbeam, y Conklin-Brittain, 1999). Cuando los humanos, por entonces Homo Ergaster / Erectus, comenzaron a controlar el fuego hace 1,6 millones de años y lo usaron para cocinar fuentes de alimentos vegetales, los machos habrían formado coaliciones con las hembras para protegerse de otros individuos contra el robo de sus refugios de alimentos. Con este vínculo establecido, tanto madres como padres, probablemente habrían invertido más en proteger a los bebés de las amenazas impuestas por el medio ambiente y contra ellos mismos. Porque no debemos olvidar que si en algo destacamos los primates es en matar niños.

Cuando la lactancia es más prolongada que la gestación, se espera que las hembras eviten amamantar a dos bebés de diferentes edades simultáneamente, retrasando el retorno al celo después del parto (von Schaik, 2000). Cuando el estro de las hembras se retrasa, puede compensar a un macho que no es el padre matar a un infante no destetado para que la hembra regrese al celo cuanto antes y aquí, la monogamia social puede surgir cuando los riesgos de infanticidio son altos y los hombres residentes pueden brindar protección contra los infanticidas (von Schaik y Dunbar, 1990; Palombit, 1999) dando lugar tanto a un aumento del apego adulto, la expansión del cerebro a nivel filogenético y unos bebés cada vez más altriciales.

En otras palabras, el apego adulto fue un intento evolutivo para alentar la cooperación intersexual y frustrar el conflicto intersexual que podría ser inadaptado, dadas las nuevas presiones de selección sexual para un mayor cuidado de una descendencia cada vez más altricial. Esta altricialidad se desarrolló, en parte, porque el cerebro en constante expansión de los Homo impuso demandas energéticas en aumento (Smith y Tompkins, 1995) que solo podían satisfacerse consumiendo alimentos ricos en calorías y nutrientes (Aiello y Wheeler, 1995). Los padres podrían haber ofrecido asistencia adicional en este esfuerzo (Quinlan y Quinlan, 2008), complementando la subsistencia proporcionada por una red maternal ampliada de parientes femeninos (O’Connell, Hawkes y Blurton Jones, 1999), de las que hablé en el tercer capítulo. Esto a su vez tuvo implicaciones cognitivas que fueron más allá de la propia selección sexual, volviéndola en parte obsoleta y determinando el devenir de nuestra neurodiversidad y complejidad social.

Conforme redujimos nuestro dimorfismo sexual, también lo hizo la selección basada en estas diferencias sexuales, aumentando a su vez lo que conocemos como asimetría fluctuante (Frederick y Gallup, 2007). Como os expliqué anteriormente, tendemos a seleccionar a aquellos individuos más simétricos y aptos porque es un indicador de salud no solo sexual, sino general. Conforme comenzamos a no depender única y exclusivamente de partirnos la cara y lanzarnos excrementos como forma de dominación y competividad intra e intersexual, también apareció una mayor asimetría fluctuante genética posibilitando que aquellos individuos homínidos asimétricos o claramente pocos atractivos usaran diferentes estrategias para atraer a sus parejas y criar descendientes, estrategias que, en principio, podrían haber incluido la unión de parejas en detrimento de una selección sexual más estricta que solo alcanza a aquellos que se ubican en lo alto de la mitad superior de la curva normal, creando no sólo una fluidez social, sino cognitiva.

Los humanos somos tan creativos que podemos usar y usaremos el sexo, con frecuencia, para una gran variedad de objetivos no relacionados con el apareamiento como obtener la aprobación social o un sentido de pertenencia, obtener recursos, dar placer a los demás o incluso para causar dolor, sufrimiento y humillación (Cooper, Shapiro y Powers, 1998). Esta superposición entre los dominios de apareamiento y de no apareamiento se debe, en parte, a la extraordinaria fluidez cognitiva de los humanos, un término utilizado por Mithen (1996), que se refiere a la capacidad de pensar de forma flexible o metafórica entre los dominios y de aplicar los conocimientos o conceptos de dominios diferentes entre sí. Mithen consultó el registro fósil para construir una historia detallada del desarrollo cognitivo de los homínidos que precedieron a los humanos modernos, incluido el Homo erectus, que vivió entre 1,8 millones y 300,000 años, y los neandertales, que vivieron entre 150,000 y 37,000 años. Estos homínidos poseían estructuras de conocimiento extremadamente sofisticadas que parecen especialmente diseñadas por la selección natural para tratar diferentes aspectos de su entorno, pues el impresionante rango geográfico de estos homínidos sugiere que podrían generar vastos mapas mentales, y que junto a su capacidad técnica y simbólica dan muestra de su complejidad (Hayden, 1993).

Podían realizar diversas actividades específicas de cada dominio (por ejemplo, matar animales, crear herramientas o tener relaciones sexuales) en lugares concretos, siendo este patrón un principio que nos sugiere la participación de una actividad (y quizás de un conjunto de procesos cognitivos) a la vez y que no permitiría, probablemente, un pensamiento analógico o metafórico moderno, aunque fuera muy similar en lo esencial (Mithen, 1996). Aún así, todo cambiaría hace entre unos 40.000 y 50.000 años con la transición del Paleolítico Medio al Superior en lo que se conoce como el Big Bang Cultural del Paleolítico Superior o el Amanecer Cultural Humano (Klein y Edgar, 2002), cuando todas estas características cambiaron dramáticamente dentro del registro fósil y comenzaron a aparecer las primeras características humanas modernas.

Fue entonces cuando comenzamos a crear cuentas, colgantes, pinturas y figuras, integrando lo social con lo técnico, lo natural con lo afectivo, siendo simbólico hasta el amor que nos profesamos y fluido el deseo de pertenencia. Según Mithen (1996), este fue un momento decisivo en la evolución del pensamiento homínido; desde este punto en adelante, el Homo sapiens evidenció un grado sin precedentes de fluidez cognitiva. Es decir, los humanos ahora pueden pensar sin esfuerzo entre dominios: los objetos tecnológicos podrían tener un significado social o ritual (como las venus paleolíticas), los animales podrían verse como personas (como el totemismo y antropomorfismo del hombre león de Hohlenstein-Stadel) y otros aspectos culturales, como los marcos normativos, marcaron el devenir de nuestras sociedades pues no sólo consiste en hacer lo correcto, sino proyectarse en el futuro, en sus consecuencias y en el más allá individual. Cuando comenzamos, entonces, a mostrar dos signos indispensables en el amor como son el autoconcepto (Vohs y Finkel, 2006) y el autocontrol (Schmeichel y Baumeister, 2004), dos elementos indispensables para entender la Teoría de la Mente y nuestro cerebro social, empezamos a mostrar nuestra prehistoria amorosa y a desarrollar plenamente la individuación, necesaria para entender que tú eres tú y yo soy yo, y te quiero.

Tan importante es que pudimos convertir lo sexual en afectivo, lo afectivo en sexual y lo sexual en ritual, como ocurre en los rituales de fertilidad y de tránsito de la adolescencia en adultez. El amor pasa a ser divino porque crea vida y agradecemos, o esperamos, que siga funcionando, así como las relaciones en las que nos embarcamos. El autoconcepto es una construcción tan amplia y generalizada dentro de la psicología social, que influye y está influenciado por las relaciones románticas (Vohs y Finkel, 2006), como ocurre en el efecto Miguel Ángel, proceso mediante el cual los individuos “esculpen” a sus parejas románticas para que se conviertan en sus seres ideales (Drigotas, Rusbult, Wieselquist, y Whitton, 1999). Por su parte, empleamos el autocontrol para obtener recompensas a largo plazo que no llegan durante meses, años o incluso hasta después de nuestra propia muerte, y esto es muy adaptativo, o simplemente hace que evitemos cometer errores. Las personas que se sienten atraídas la una a la otra, sin ninguna razón para suprimir su atracción, a menudo son capaces de abstenerse de tener relaciones sexuales en público o en otros lugares mal elegidos. Incluso, los adolescentes pueden contenerse el tiempo suficiente para escapar de los ojos vigilantes de sus padres y alcanzar la seguridad del asiento trasero de un Seat León para que, con una probabilidad pasmosa, tengan un recuerdo un poco regular que sin duda querrán repetir.

Gracias al autocontrol podemos proyectarnos mentalmente hacia el futuro, lo que llamamos desplazamiento del pensamiento o “yo extendido” (Leary y Buttermore, 2003; Neisser, 1988), pues tememos perder lo que queremos, queremos cumplir con las expectativas y afianzar lo que pensamos, y deseamos, en la otra persona y nosotros mismos, lo cual pudo perfeccionarse y afianzarse durante las últimas revoluciones en la corteza prefrontal de hace 200.000 años, con una clara aceleración en los últimos 50.000 (Foley, 2016). Es eso, el tiempo, en lo que nos convertimos, cuya gestión (hasta del amor) nos permite afianzar las relaciones y no consumirnos en el proceso. La cultura, con sus roles y sus normas, y las expectativas, junto con el deseo de querer y poseer, de pertenecer y amar, han moldeado nuestras pasiones y nuestros más bajos instintos para alzarnos en seres capaces de matar por amor y amar hasta morir. Seres que, en su último aliento, también pensarán en vano pues, mientras son juzgados por figuras de piedra, soñarán con muslos apretados, labios carmesí y el que me quiten lo bailado.

© 2019 por José Miguel Martínez Gázquez

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