El oscuro bosque de los trastornos

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26.03.2019

El hecho de que existan condiciones como los trastornos es interesante desde un punto de vista evolutivo, considerando que estas condiciones perjudican gravemente (en teoría) lo adaptativo. Esto es particularmente cierto si el organismo afectado vive en un ambiente natural. Un cazador-recolector gravemente deprimido obviamente estaría en desventaja necesariamente en la lucha por seguir existiendo en comparación con un cazador-recolector sano y próspero. No solo es probable que el primero esté menos motivado para optimizar su comportamiento de búsqueda de alimentos, sino que su aflicción probablemente comprometa su capacidad para desarrollar vínculos sociales estrechos y atraer a una pareja saludable. En otras palabras, es menos probable que sobreviva y se reproduzca.

El hecho de que los trastornos como la depresión mayor comprometan la condición física del organismo plantea la siguiente pregunta: ¿por qué la selección natural no elimina, o al menos reduce severamente la frecuencia de, los alelos de riesgo bien conocidos para la depresión mayor y otras afecciones de salud mental que comprometen la condición física del organismo? Como lo veo, solo hay una buena respuesta a esta pregunta, y es que los alelos de riesgo relevantes solo se vuelven problemáticos en condiciones que difieren de las condiciones en las que evolucionamos. Es decir, aquellas situaciones que nos hacen más dependientes del ambiente natural y menos de lo postizo, de lo cultural. De lo contrario, no habrían sido tan comunes como lo son.

La lógica darwiniana sugiere que las características corporales que nos dejan susceptibles a desarrollar enfermedades mentales en un entorno moderno evolucionaron inicialmente porque cumplen una función adaptativa a través del sistema inmune conductual, del cual hablaré en mi siguiente capítulo próximamente.

Tomemos por ejemplo la depresión crónica. Investigaciones recientes han dejado claro que la inflamación es una causa fundamental de muchos casos de depresión. No solo tienden a tener niveles elevados de citoquinas proinflamatorias, proteínas de fase aguda, quimiocinas y moléculas de adhesión celular que circulan en la zona. De hecho se ha demostrado, que las inyecciones de citoquinas proinflamatorias en el torrente sanguíneo pueden inducir estados de mal humor. Esta respuesta a los estímulos inflamatorios probablemente tiene, además, un propósito adaptativo.

Si un cazador-recolector paleolítico entró en contacto con un patógeno que causó que su sistema inmunológico se despertara, probablemente sería beneficioso para él buscar aislamiento y descanso en regiones boscosas alejadas de sus congéneres porque eso limitaría su riesgo no solo de entrar en contacto con exposiciones proinflamatorias adicionales, sino también porque conservaría recursos para un sistema inmune debilitado y probablemente ayudaría a los procesos de recuperación y reparación. No solo eso, sino que lo mantendría separado de otros y evitaría el contacto con otras personas estrechamente relacionadas lo cual es relevante, ya que tiene implicaciones adaptativas, como ya comenté en Un perro negro.

El problema que tenemos hoy en día es que nuestros genomas operan en un entorno que difiere notablemente del tipo de ambiente para el que fueron diseñados a lo largo de millones de años. Mientras que los patógenos a los que se enfrentaban nuestros antepasados ​arcaicos eran de naturaleza aguda, tan breve como nuestra propia esperanza de vida, muchos de los desafíos para el sistema inmune a lo que nos enfrentamos los humanos modernos hoy en día tienden a ser crónicos. En estos días, muchas personas comen una dieta inadecuada, no hacen mucho ejercicio, no duermen lo suficiente, tienen una microbiota desequilibrada y se exponen (in)necesariamente a cotas altísimas de estrés y cortisol. Es como si no hubiéramos salido de este oscuro bosque evolutivo, como si nos hubiéramos perdido. Pero no me cabe duda que tenemos delante un reto que superaremos juntos hasta encontrarnos.

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