Psicopatía (1). Entre el mal y la vergüenza

Psiquiatría & Psicología Evolucionista

La psicología evolucionista propone ideas extraordinarias sobre el comportamiento humano basadas en nuestro largo pasado evolutivo, sin ignorar la cultura y las influencias psicosociales. En el caso específico de la psicopatía, podríamos rastrear el papel adaptativo de algunas características del trastorno, tanto a lo largo de la evolución humana como a lo largo de la vida útil de un individuo en particular. De hecho, algunos autores sostienen que la psicopatía es más predominante en los antecedentes de desarrollo específicos, probablemente debido a una ventaja de la aptitud física de esos rasgos (y genes asociados) en dichos entornos. El Homo sapiens es un producto reciente de la evolución, una combinación y una reorganización de sistemas nuevos y antiguos. Aunque hay una falta de investigación centrada en estos temas precisos, parece que la psicopatía está asociada con el desequilibrio de la conducta ante amenazas. Sin embargo, el miedo bajo, las conductas de búsqueda de emociones y una respuesta hipoactiva ante amenazas (lo que parece ser el caso de sujetos con rasgos psicopáticos) podría representar una gran ventaja, especialmente cuando el entorno psicosocial es altamente hostil.

Como euterios, los humanos comparten algunas funciones básicas (relacionadas con el “cerebro paleomamífero”) con otros mamíferos placentarios. Además, el ser humano presenta una particular sensibilidad al entorno psicosocial, principalmente en los primeros años de vida. Por lo tanto, uno sistema inhibidor es evolutivamente crucial no solo para la reproducción, sino también para la supervivencia de la especie y del individuo mismo. Aunque hay una falta de investigación centrada en este tema, parece que los sujetos con rasgos psicopáticos presentan un sistema inhibidor inmaduro, reflejado en las características afectivas e interpersonales del trastorno.

También debemos señalar que dicha conceptualización del sistema inhibidor de amenazas se asemeja, al menos parcialmente, al alcance y al funcionamiento del Sistema de Respuesta al Estrés (SRS), un sistema fundamental para la comprensión de la Teoría Evolutiva. El SRS (que abarca el funcionamiento integral del sistema nervioso autónomo y el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal) tiene tres funciones biológicas principales: “coordinar la respuesta alostática del organismo a los desafíos físicos y psicosociales; para codificar y filtrar la información del entorno, mediando así la apertura del organismo a los aportes ambientales; y para regular una serie de rasgos y comportamientos relevantes para la historia de la vida “

En este sentido, el Modelo de Calibración Adaptativa argumenta que, en antecedentes psicosociales severos, las señales ambientales (por ejemplo, imprevisibilidad, altas tasas de mortalidad y morbilidad) pueden moldear el SRS de manera que apoye un cambio hacia el desarrollo de una historia de vida rápida. No en vano, un trasfondo psicosocial hostil que dificulta el desarrollo del sistema inhibidor es probablemente crucial en la etiología y el mantenimiento de la psicopatía. Desde una perspectiva evolutiva, los entornos de desarrollo altamente hostiles (que, desde edades tempranas envían información sobre la morbilidad-mortalidad extrínseca y la volatilidad ambiental) generalmente tienden a cambiar las estrategias de historia de vida hacia el final por un live fast, die young motherfucker. Lo veréis en todos los bullies, en todos los héroes de barrio y quinquis.

Este fenotipo se caracteriza por un patrón persistente de respuesta basal al estrés marcadamente reducida y por una actividad serotoninérgica y dopaminérgica también baja. El patrón no emocional, y la psicopatía en sí misma, también se asocian con la inhibición del aprendizaje social, baja sensibilidad a la retroalimentación social, baja empatía, alta impulsividad, y además podría estar vinculada a la toma de riesgos (mediante el bloqueo de la información sobre amenazas) y al comportamiento agresivo (en su mayoría, pero no exclusivamente, de tipo instrumental). Además, algunas vías para el éxito reproductivo incluyen la competencia y el comportamiento agresivo. Así, la agresividad presente en un gran porcentaje de sujetos con psicopatía podría explicarse, al menos parcialmente, por estas suposiciones. Pero ¿qué pasa con lo afectivo? ¿Y las características interpersonales, consideradas por varios autores como la piedra angular de la psicopatía?

La psicopatía está asociada históricamente con una falta de experiencia afectiva; sin embargo, algunos autores argumentan que los individuos psicópatas pueden no tener una falta de experiencia emocional sino una tendencia a controlarla en exceso, negarla o evitarla y minimizar su autoconciencia. Esta línea de investigación señala que algunas emociones autoconscientes o incluso inconscientes, particularmente la vergüenza y el deshonor o deshonra, pueden desempeñar un papel importante en la regulación de la ira y la agresión, y que estos, más que la ira, tiene una influencia clave en el desarrollo y mantenimiento de los rasgos psicopáticos en una serie de pasos que van desde la historia vital breve hasta la protección del sistema de respuesta al estrés, algo realmente adaptativo si eres flor de un día pero no si eres un latebloomer.

Primero, el patrón no emocional se asocia con frecuencia con estrategias de vida más rápidas centradas en el emparejamiento en lugar de los esfuerzos de crianza de los hijos, en obtener ventajas inmediatas y de tomar decisiones de alto riesgo que pueden maximizar el estado físico del individuo en estos escenarios específicos, pero pueden ser contraproducentes a la larga, como terminar en la cárcel. En segundo lugar, la baja capacidad de respuesta al estrés ayuda a proteger a las personas de un conjunto de sentimientos abrumadores que tendrían que enfrentar si experimentan la mayoría de las emociones que este tipo de entorno está introduciéndoles continuamente. En otras palabras, en escenarios de crianza extremadamente severos e impredecibles, filtrar masivamente la información hostil, con el apoyo de un SRS impasible, parece ser el mejor enfoque de adaptación para el sujeto en sí.

En tercer lugar, la baja capacidad de respuesta al estrés también puede mejorar el fortalecimiento individual en lo físico y mental ante un bombardeo de estímulos que pueden aparecer, por ejemplo, en familias desestructuradas con maltratadores o agresores sexuales. En cuarto lugar, un patrón no emocional ayuda al individuo a mantener la calma y la vigilancia durante las interacciones agresivas u hostiles, enviando un mensaje a sus oponentes de invulnerabilidad y valentía. Finalmente, un SRS que no responde también es una ventaja para la persona que toma riesgos extremos y para el propio individuo psicopático, ya que “adoptar un estilo interpersonal explotador o antisocial requiere que uno esté protegido del rechazo social, la desaprobación y los sentimientos de vergüenza”.

De acuerdo con la teoría de que la vergüenza o el deshonor pueden provocar o agravar la psicopatía en algunos individuos, algunos estudios indican que éstas y otras emociones desagradables son manejadas por sujetos con rasgos psicopáticos, principalmente a nivel inconsciente, con respuesta de evitación y ataque como estrategias de afrontamiento preferidas. En consecuencia, parece que los individuos con psicopatía en realidad pueden pasar por la experiencia de vergüenza o deshonra pero tienden a lidiar con estas emociones (y otras emociones no deseadas) de manera diferencial, minimizando la internalización que amenaza el ego siguiendo un patrón: evitar o atacar.

Estas estrategias de afrontamiento pueden proteger al individuo con psicopatía de tener que experimentar emociones negativas. Sin embargo también pueden contribuir al desarrollo, mantenimiento e intensificación eventuales de los rasgos psicopáticos. Entonces me pregunto, ¿qué nos protege de ellos si ni siquiera lo ha logrado la evolución?

[Segunda parte]

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Referencia:

Ribeiro da Silva, D., Rijo, D., & Salekin, R. T. (2015). The evolutionary roots of psychopathy. Aggression and Violent Behavior, 21, 85–96.

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