Depresión (3). Miedo a un planeta vacío.

Psiquiatría & Psicología Evolucionista

 

Hemos repetido por activa y por pasiva que la soledad mata. Ésta se puede definir como un estado afectivo aversivo que ocurre cuando las personas experimentan una discrepancia entre las relaciones que desean tener y cómo se perciben actualmente. Esta definición muestra que la soledad no es lo mismo que el aislamiento social objetivo, estar solo, sino que refleja un aislamiento social percibido y no deseado. Esto está respaldado por investigaciones que demuestran que estar solo y la soledad no están, necesariamente, correlacionados. Hay gente que se siente especialmente bien estando sola, el problema está en el aislamiento social y el riesgo a sufrir depresión.

Si las personas deprimidas experimentan dificultades en sus relaciones sociales, especialmente entre nuestros adolescentes y nuestros mayores, esto puede impedir su recuperación y aumentar el riesgo de suicidio. La atención especial para los problemas interpersonales, el aislamiento social y los sentimientos de soledad parece justificada en el tratamiento de la depresión y la prevención de recaídas. Algunos aspectos característicos de la red social que formamos con los demás, como el apoyo social y la soledad, se relacionan con el curso de la depresión independientemente de otros posibles factores, incluida la gravedad de la depresión, pero cuando se combinan sus valores predictivos se superponen. Solo el hecho de vivir en un hogar más grande, la característica de apoyo social de pocas experiencias negativas, el apoyo de un compañero o amigo cercano y los sentimientos limitados de soledad, demuestran tener un valor predictivo único para un curso favorable de depresión.

Desde una perspectiva evolucionista, la importancia de las interacciones sociales exitosas es evidentemente clara. Nuestros antepasados vivían en entornos salvajes, donde aquellos que se alejaban de los ambientes gregarios no siempre podían sobrevivir y reproducirse con éxito. Los grupos en los que los primeros humanos empezaron a vivir probablemente oscilaban entre 2 y 200 individuos convirtiéndose, a su vez, en el lugar de muchas de estas importantes actividades biológicas. En términos adaptativos, la vida en grupo, que incluía ayudar tanto a parientes como no parientes, donde gestos, miradas y abrazos como atención compasiva y prosocial pueden haberse convertido en el factor más importante de la capacidad de un individuo para sobrevivir y tener descendencia. Somos, evidentemente, animales sociales.

La mímica emocional, producto del reflejo de los demás en nosotros y viceversa, se puede traducir como la imitación de estas expresiones faciales dando, como resultado, la adopción de las emociones y los estados de ánimo de los demás. Si vemos u oímos reír a los demás, tendemos a reírnos más nosotros mismos. si escuchamos a una persona feliz o triste, tendemos a imitar su tono y asumir su estado de ánimo, acercándonos a ellos. En ese sentido, el autoestima se puede entender como un barómetro de cómo se está desempeñando uno respecto a su aceptación en los grupos. En concreto, éste debería disminuir siempre que una persona esté en peligro de exclusión social, y esta disminución informaría a la persona que necesita hacer algo para restablecer la posición de su grupo, donde la imitación de las expresiones y conductas de los miembros del mismo sería una solución, restaurando la cohesión que, de no darse, puede dar lugar al ostracismo.

Esta forma de exclusión social es una de las experiencias más duras, emocionalmente hablando, que un individuo puede soportar. Es romper con lo que somos, nuestra razón de ser que no es otra que el de primates que crean lazos, los complican y viven por ellos. Por lo tanto, puede ser un factor situacional particularmente fuerte que activaría la tendencia al alza en la imitación de los gestos, manierismos y conductas ante nuevos compañeros con los que interactuamos, dando lugar a una réplica que intenta crear la mímica gestual necesaria para formar, de nuevo, parte de un grupo. La necesidad de ser de nuevo alguien para los otros.

¿Pero qué pasa ahora que parece que estemos creando un planeta vacío y, aún así, lleno de personas, lleno de desconocidos? ¿Qué pasa en las grandes ciudades donde nadie se conoce y se compite, en soledad, por sobrevivir entre distintos niveles de miseria?

Además, la incidencia de depresión parece ser mayor en las culturas más desarrolladas económicamente hablando. ¿Por qué las tasas de depresión estarían aumentando en entornos modernos, a pesar de la mayor abundancia de comodidades y la presencia de soluciones tecnológicas para tratar lo que antes fue intratable en términos de salud, y permite alargar nuestra esperanza de vida?

La depresión, especialmente en un contexto moderno, puede no ser necesariamente adaptativa. La capacidad de sentir dolor y experimentar depresión son mecanismos de defensa adaptativos, pero cuando se desencadenan con demasiada facilidad, son demasiado intensos o duran mucho tiempo, pueden desequilibrarse. En los seres humanos diversos trastornos relacionados con el estrés en términos sociales, incluida la depresión, se asocian con reducciones en el volumen del hipocampo porque, entre otras cosas, al tratarse de una región que posee una alta densidad de receptores de glucocorticoides, niveles elevados de cortisol producen muerte celular en esta región. El estrés también puede incidir en los niveles de estrógeno, lo que podría darnos pistas de la mayor prevalencia en mujeres, al menos en el mundo occidental. De hecho, la depresión es uno de los trastornos más comunes de los humanos modernos, y existe alguna evidencia de que las tasas de depresión están aumentando en la vida moderna, afectando al doble de mujeres que de hombres. Cinco estudios compuestos por personas que viven en cinco áreas diferentes del mundo revelaron que los jóvenes y las personas mayores han experimentado al menos un episodio importante de depresión, expuestos mucho más al suicidio. Precisamente las orquillas de edad más sensibles y vulnerables al riesgo social.

En el primer caso, tanto internet, como la televisión, las películas y, en definitiva, todos los elementos del mundo digital, nos convierten en un grupo competitivo, incluso cuando destruyen nuestras redes sociales más íntimas, cuando nos alejan de los demás. En un entorno ancestral, habríamos tenido una buena oportunidad de ser los mejores en algo. Incluso si no fueras el mejor, tu grupo probablemente valoraría tus habilidades. No nos quedaba otra, pues en tiempos de necesidad es realmente cuando nos conocemos y nos ponemos a prueba. El corolario nos lo conocemos, no hace falta ser el más fuerte sino el más apto.

Ahora todos competimos con los que son los mejores del mundo, aunque sean espejismos. Nos empujan y nos empujamos a ello. Tanto es así, que no dudamos en acosar y derribar al prójimo, en llevarlo al límite, en reventar de envidia. Ésta probablemente fue útil para motivar a nuestros antepasados ​​a luchar por lo que otros podrían obtener. A crear coaliciones. Ahora pocos de nosotros podemos alcanzar los objetivos en los que nos envuelve la envidia, y ninguno de nosotros puede alcanzar la vida de fantasía que vemos en internet o la televisión, con el añadido de haber creado tantos puentes para alcanzar lo que deseamos como barreras para alejarnos, cada vez más, de los demás.

La exposición irreal y repetitiva de los medios, aparentemente, también afectan el autoconcepto. Las mujeres bombardeadas con imágenes sucesivas de otras mujeres que son inusualmente atractivas, posteriormente pueden sentirse menos atractivas, mostrando una disminución de la autoestima. Los hombres expuestos a descripciones de hombres altamente dominantes e influyentes muestran una disminución análoga en su autoconcepto. Estos efectos sugieren que la discrepancia entre los entornos modernos y ancestrales en la exposición a las imágenes de los medios puede generar insatisfacción con los individuos actuales y reducciones en el autoestima. Pueden interferir con la calidad de las relaciones cercanas y, por lo tanto, con la calidad de vida.

La Hipótesis del Riesgo Social se centra en explicar la depresión en términos sobre la importancia de evitar la exclusión de los grupos sociales. Los beneficios de la aptitud para formar vínculos de cooperación con otros han sido reconocidos desde hace mucho tiempo; durante el Pleistoceno, por ejemplo, los lazos sociales tuvieron que ser vitales de extrema necesidad para la búsqueda de alimentos y la protección contra todo tipo de peligros, incluyendo depredadores, competidores o catástrofes naturales.

Como tal, considera que la depresión representa una respuesta aversiva al riesgo, o a la amenaza, de exclusión de las relaciones sociales teniendo un impacto crítico en la supervivencia y el éxito reproductivo de nuestros antepasados. La evidencia sobre los mecanismos y la fenomenología de la depresión sugieren que los estados deprimidos, de leves a moderados (o normativos), preservan la inclusión de un individuo en contextos sociales clave a través de dos características que se cruzan: una sensibilidad cognitiva a los riesgos y situaciones sociales (por ejemplo, el llamado realismo depresivo), junto a la inhibición de los comportamientos seguros y competitivos que pueden poner al individuo en mayor riesgo de conflicto o exclusión, como lo indican síntomas tales como baja autoestima y retraimiento social. Según este punto de vista, los casos graves de depresión reflejan el desequilibrio de estos mecanismos, que puede deberse en parte a la incertidumbre y la competitividad del mundo moderno, vacío y globalizado que cohabitamos. Quizás sólo tenemos que recordar que estamos hechos para no dejar a nadie atrás y buscarnos en las grandes urbes para evitar ser devorados por lo evitable. Quizás, algún día, volveré al pueblo y recordaré como tú que, con menos, estaremos menos solos.

 

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Referencias:

Allen, N. B., & Badcock, P. B. T. (2006). Darwinian models of depression: A review of evolutionary accounts of mood and mood disorders. Progress in Neuro-Psychopharmacology and Biological Psychiatry, 30(5), 815–826.

Buss, D. M. (2000). The evolution of happiness. American Psychologist, 55(1), 15-23.

Buss, D. M., & Kenrick, D. T. (1998). Evolutionary social psychology. In D. T. Gilbert, S. T. Fiske, & G. Lindzey (Eds.), The handbook of social psychology (pp. 982-1026). New York, NY, US: McGraw-Hill.

Van den Brink, R. H. S., Schutter, N., Hanssen, D. J. C., Elzinga, B. M., Rabeling-Keus, I. M., Stek, M. L., … Oude Voshaar, R. C. (2017). Prognostic significance of social network, social support and loneliness for course of major depressive disorder in adulthood and old age. Epidemiology and Psychiatric Sciences, 27(03), 266–277.

Van Winkel, M., Wichers, M., Collip, D., Jacobs, N., Derom, C., Thiery, E., … Peeters, F. (2017). Unraveling the Role of Loneliness in Depression: The Relationship Between Daily Life Experience and Behavior. Psychiatry, 80(2), 104–117.

 

Canción recomendada para la lectura:

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