TradeOff (3). Tiempos de gracia.

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Cognición Animal & Arqueología Cognitiva

 

Buda tenía un término que empleaba a menudo para la gente inquieta, indecisa, dispersa y agitada en general. Decía que padecía de la mente de mono, la forma más incontrolable e impredecible de nuestra mente, y refleja acertadamente la inquietud, la curiosidad y la mímica asociadas con este animal. Es como tener a cinco o seis micos borrachos peleándose, lanzándose heces y alborotando por doquier en tu cabeza, generando tanto ansiedad como buenos augurios.

Los movimientos aparentemente aleatorios e incontrolables del mono simbolizan, según él, la cautela de la mente humana nativa antes de lograr una compostura que solo la disciplina budista puede enmendar y tranquilizar. Posteriormente los chinos, y más adelante los japoneses, absorbieron dicha expresión formando parte de la tradición cultural la imagen del mono como agente de la naturaleza caótico, pero sabio a su manera. Lo cierto es que, obviando los rodeos que dan para explicar las cosas, las lenguas orientales hacen hincapié en el desorden de las ideas y su manifestación en conductas, en teoría, erráticas e incompletamente humanas.

Podemos observar estos clichés en el Viaje al Oeste donde el Rey Mono, que inspiraría parcialmente el Hóu-Quán o Kung Fu del Mono, posee un sinfín de habilidades heroicas como la fuerza, la agilidad y la velocidad sobrenaturales, además de la capacidad de transformarse en multitud de objetos y animales, pero tiene dificultad en copiar la apariencia y conducta humanas. El mito tiene su origen en la Dinastía Zhou, que adoraba a los gibones de manos blancas (Hylobates lar) y, con mucha probabilidad, en la figura del dios mono hindú Hanuman.

En Japón se le venera y se le desprecia a partes iguales porque es considerado un ser entre dos mundos, liminal, mensajero entre lo terrenal y celestial. Un ser impredecible, para bien o para mal. Esto se traduce en alguna figura del sintoísmo donde encontramos a Sarukahiko, el dios príncipe mono, y a Raiji, dios del trueno, que tiene un compañero animal llamado Raiju, representado frecuentemente como un mono blanco. La figura de referencia que pudo inspirarles la encontramos en el macaco japonés (Macaca fuscata), conocido por su pelaje ceniciento y sus baños en aguas termales. Por un lado tiene el dudoso honor de ser el único animal no humano al que se le puede reverenciar con un san y, por otro, el ser considerado un trickster. Un paria, y sabio, incontrolable para los seres humanos.

Pero volvamos al Rey Mono. La gran diferencia que estriba entre el mito original y su copia china es que el dios mono Hanuman, el de la cara quemada como los langures que llevan su nombre (Semnopithecus entellus), se caracteriza por ser innovador, por resolver problemas y por ser virtualmente inmortal (el único de su panteón), sobreviviendo a Rama y formando parte de la humanidad para siempre. El que posee la gracia en tiempos oscuros. Quizá, por ese realismo y devoción en la descripción de estos primates, me quedo con el original. Por eso y porque me parece una descripción honesta de lo que llevamos dentro, de lo que somos.

¿Pero qué somos en origen? ¿Qué hemos ganado y perdido?

Nuestro orden animal lleva probablemente más de 65 millones de años habitando este planeta y se ha diversificado en más de 500 especies. Arborícolas en origen, nos caracterizamos por nuestra capacidad manipulativa, por ser especies encefalizadas de manos prensiles y de visión dominante por encima de otros sentidos, que contamina nuestra cognición. También somos dependientes del tacto y nos hemos convertido en animales realmente buenos en la interacción ojo-mano, lo que hace que percibamos y actuemos sobre el mundo de manera distinta a otras especies. Somos especialistas de la cognición física y ecológica, esto es, en encontrar, identificar y cuantificar recursos tróficos.

Los primates, por norma general, tenemos conductas menos determinadas por la biología, reflejas y estereotipadas, que otras especies. Somos menos deterministas del sota, caballo y rey en términos conductuales, como apunté anteriormente, y tenemos una mayor capacidad para adaptarnos a situaciones nuevas para las que no existen esquemas preformados con anterioridad. Dentro de nuestro orden los grandes simios destacamos, a su vez, por la comprensión del espacio, del tiempo, del número, de la cognición causal y la representación intermodal. Ésta implica verificar que la información con la que trabajamos se pueda relacionar con otros formatos sensoriales, algo que está íntimamente relacionado con la permanencia de objetos, la representación mental, el lenguaje, la transmisión cultural y la fluidez cognitiva.

Esto influye en las funciones ejecutivas, un dominio cognitivo que destaca junto al lenguaje por encima de los demás en los seres humanos. Dentro de estas funciones hay una en particular que me llama la atención, el branching o multitarea, porque somos realmente buenos en ésta. Se trata de la capacidad de organizar y realizar tareas óptimamente de manera simultánea, intercalándolas y sabiendo en qué punto están cada una en cada momento. La evolución de ésta, y del resto de funciones ejecutivas, tuvo un impacto que probablemente implicara un punto de no retorno para nuestra especie porque somos especialistas en realizar tareas, optimizadores del tiempo empleado en las mismas a través de la fluidez cognitiva, la imaginación y la comunicación, que puede llegar a ser pedagógica. Nuestra especial sensibilidad hacia el contexto cultural, hacia la enseñanza, nos hizo ser primates predispuestos a la inhibición cognitiva, emocional y conductual. Y también a los trastornos.

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Las neuronas humanas utilizan mejor la capacidad de información entrante premiando la eficacia sobre la solidez que otras especies de primates, como los macacos, en algunas regiones del cerebro como son la amígdala y la corteza cingulada. Esto implica que seamos más fluidos y determinados, en términos cognitivos y conductuales, para improvisar y crear con rápidez, pero más inestables y vulnerables. Esta tradeoff pudo ser determinante a la hora de entender que somos el tiempo que empleamos en lo que hacemos, porque premia la eficacia de lo que aprendemos y a actuar ante las novedades que nos vamos encontrando en el camino, que han sido muchas, aunque sea predisponernos a hacernos sufrir, a equivocarnos, a hacernos más sensibles y comunicativos para determinar el rumbo de nuestra especie, pues los albores de la evolución humana estuvieron marcados por, al menos, seis comportamientos novedosos y cada vez más importantes, probablemente, para el proceso de autodomesticación que ha sufrido nuestra especie: la producción lítica, el consumo de carne (y su posterior cocción), la reducción de la agresividad reactiva, el control del fuego, la creación de nichos de especialistas y la aloparentalidad, o crianza de la prole por parte de no progenitores. Todos tienen una relación interesante con la inhibición, la multitarea, la fluidez cognitiva, el aprendizaje, la prosocialidad y la comunicación.

Las tradiciones líticas aumentan en complejidad con el tiempo, exigiendo que las personas no solo tengan la capacidad de comprender secuencias largas y jerárquicas, sino que también tienen la paciencia, la capacidad de aprender y la tenacidad para trabajar a través de ellas. La transmisión social de las habilidades y el conocimiento involucrado, requieren una comunicación mimética flexible y creativa, y un alto grado de motivación prosocial. Los expertos y los novatos deben pasar mucho tiempo juntos, compartir un objetivo común de producción exitosa de herramientas y utilizar su comunicación gestual con el propósito de enseñar. En otras palabras, los expertos y los novatos deben establecer un terreno común basado en señales comunicativas, que muchos investigadores consideran el punto de partida de la comunicación específica para humanos. Es decir, algunos neuropsicólogos nos cercioramos cada vez más de que el lenguaje tiene mucho de praxia social, por lo que no es descabellado. Por lo tanto, los beneficios de unas mejores herramientas de piedra habrían promovido el control emocional y la plasticidad, tanto para la producción de herramientas, como para facilitar el tipo de interacción cooperativa que requiere la transmisión de habilidades.

Tanto la caza como la alimentación también se hicieron cada vez más complejas durante la evolución humana y, al igual que las habilidades para crear herramientas, se basaron en la actividad cooperativa y el aprendizaje social. El consumo regular de carne, grasa y médula altamente nutritivas respondió a las demandas metabólicas de cerebros más grandes. Dado que se supone que el tamaño del cerebro está relacionado con el autocontrol, y que dicho control mejora el aprendizaje motor y las habilidades de aprendizaje social de los homínidos, podríamos haber comenzado un ciclo de retroalimentación positiva en algún momento de la historia evolutiva humana. La manipulación y control del fuego, por su parte, implicó diversas ventajas como alargar la vigilia, la cocción de los alimentos, la creación de sociedades más complejas y permanentes, una mejor comunicación nocturna, la conquista de otros hábitats y otros aspectos inherentes propios de sociedades que crecen, como lo espiritual.

También es probable que el control emocional y la prosocialidad hayan sido influenciados por la aloparentalidad, un aspecto importantísimo para la crianza de infantes cada vez más neotenos, dependientes y vulnerables, aún más si pierden a sus padres. Esta práctica tiene un impacto comprobado en varios otros factores que distinguen a la evolución humana y la psicología, como las habilidades intersubjetivas, la prosocialidad activa, el tamaño del cerebro y la altricialidad. A su vez, hemos ido reduciendo nuestro dimorfismo sexual y hemos creado sociedades diversas en términos neurocognitivos y conductuales. Al reducir el acervo genético de aquellos fenotipos más agresivos, y reactivos, las jerarquías pudieron crearse en otros términos, permitiendo la aparición de nuevos perfiles, nuevas estrategias de resolución de conflictos y nuevas formas de entender el mundo.

La interacción con nuestro ambiente, que casi siempre ha sido hostil, premia que los aptos no tengan que ser los más fuertes, sino los más capaces de crear nuevas soluciones para nuevos dilemas y problemas que van surgiendo en la cada vez más compleja naturaleza de nuestra especie, determinada a su vez por culturas acumulativas que permiten oportunidades para aquellos individuos que en principio no las podían tener. Somos diversos, sensibles y dependientes de nuestro entorno social, que lejos de equilibrarnos nos retroalimenta continuamente con necesidad de mejorarlo, a veces con el inconveniente de hacernos sufrir, de sentirnos miserables y con la necesidad de cambiar o de hacer cambiar, y de aprender cosas nuevas, a equivocarnos o a ser insoportablemente creativos. Somos monos, en el fondo, y lo llevamos dentro.

[2ª parte]

 

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Referencias:

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