Emoción, sensación y afecto (2). Fobia a la sangre.

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Psiquiatría & Psicología Evolucionista

 

Uno de los aspectos más llamativos de la fobia a la sangre o hematofobia es que las reacciones son diferentes a las que se dan en otras fobias. De ahí su singularidad. Cuando una persona se enfrenta a cierto tipo de alimañas que medran o reptan, como las serpientes, las arañas o las cucarachas, el conjunto de reacciones que manifiesta es amplio y variado. Coincide, en general, con la respuesta de lucha-huida caracterizada por una intensa actividad en el sistema nervioso vegetativo simpático, o descarga simpática, con la liberación de adrenalina y noradrenalina en la médula adrenal, además de córticotropina y cortisol en el eje hipotalámico-hipofisiario-córticosuprarrenal. Se añaden además otros cambios fisiológicos que también estudiamos en el laboratorio, como la potenciación del reflejo de sobresalto, medida a través de la electromiografía. Si las personas padecen fobias ante estos animales estas reacciones son mucho más intensas.

Los principales componentes de la respuesta de defensa de una persona fóbica ante un estímulo relacionado con su miedo son aumentos en la respuesta de conductancia cutánea y en la presión arterial, más en la sistólica que la diastólica; aceleración del ritmo cardíaco, donde aunque la respuesta a imágenes aversivas suele ser una pronunciada desaceleración, los sujetos fóbicos muestran una respuesta de aceleración de latencia breve, mayor ante las imágenes de contenido relacionado con sus miedos que ante imágenes neutras; vasoconstricción periférica superficial o cutánea y vasodilatación muscular; aumentos en la actividad electromiográfica del músculo corrugador superciliar (el ceño, vaya); potenciación del parpadeo reflejo de sobresalto; y respuestas conductuales de evitación y huida, donde el empleo de la exposición ante imágenes relacionadas se realiza con pacientes que las contemplan todo el tiempo que deseen, sin saber que éste también es objeto de medición.

Estas reacciones aparecen incluso cuando los estímulos relacionados con el miedo se presentan rápidamente, fuera de la consciencia, y son procesados de forma pre-atencional, provocando en fóbicos mayores respuestas de conductancia cutánea. Sin embargo, en la hematofobia no se dan respuestas de huida sino de evitación, y la reacción simpática está disminuida o se ve sobrepasada por el brusco descenso en la presión arterial. Es llamativo que en otras fobias el organismo se fortalece y se prepara para la lucha, la defensa o la huida. Por el contrario, ante la sangre, estos fóbicos pueden desmayarse en una situación aparentemente amenazante.

El desmayo puede aparecer antes, durante o después de la experiencia de presenciar la sangre. Es brusco, repentino, y la consciencia se recupera de manera espontánea. Lo llamamos síncope vasovagal psicógeno al ser provocado por una emoción o estímulo psicológico. La pérdida del conocimiento suele ir precedida de síntomas variados, o presíncope, como mareo, sudor frío, confusión, vértigo o náuseas, que pueden darse sin pérdida de conocimiento. El miedo exacerbado por el desmayo es otro de los elementos distintivos, y llamativos, de esta fobia y contribuye a aumentar la evitación de las situaciones desencadenantes. Los efectos de éste van más allá de la pérdida del conocimiento, ya que obviamente ante una mala caída pueden producirse lesiones de mayor o menor gravedad. Entre el 25 y el 80 % de este tipo de fóbicos sufren los desmayos, siendo más frecuente ante la presencia de sangre (70 %) que ante inyecciones (57%).

Así, la principal pregunta que se han planteado los investigadores es el origen de las diferencias entre esta fobia y las demás y, en particular, por qué se produce el desmayo que para ello se ha apuntado a dos factores principales. En primer lugar, a una mala regulación vegetativa o inestabilidad del sistema nervioso vegetativo o autónomo, que con sus dos grandes divisiones simpática y parasimpática, se ocupa de la regulación de gran número de órganos internos y funciones vitales. La hipótesis bifásica explica que el desmayo de los hematofóbicos se basa en el funcionamiento antagónico de estas dos divisiones. Así, una fuerte reacción parasimpática. con una intensa activación del nervio vago, contrarrestaría una respuesta simpática inicial provocada por la división de estímulos relacionados con la sangre.

Este funcionamiento antagónico no siempre se produce y no todos los investigadores encuentran esta doble reacción simpático-parasimpática. En conjunto, no hay evidencia firme de una reacción bifásica. En cambio y en segundo lugar, sí hay datos que indican que estas reacciones podrían deberse más bien a una mala regulación de la reactividad simpática. Se apunta a una combinación de un miedo elevado y una mala regulación del sistema nervioso vegetativo. Una fuerte respuesta simpática no sería suficiente para reclutar una respuesta de defensa completa y en un momento determinado de la crisis arterial podrían ser determinantes para el desmayo.

Para Gerlach et al. (2006) se debería a una ansiedad elevada acompañada de una alta actividad simpática. Para Ritz et al. (2010), a la interacción entre una predisposición subyacente a una mala regulación vegetativa y a un miedo adquirido hacia las situaciones desencadenantes. Sin embargo, la repulsión a la sangre no parece ser suficiente ni necesario para el desmayo. Por su parte, la hiperventilación desempeña también un papel importante porque provoca hipocapnia, o descenso de los niveles de dióxido de carbono en sangre, y vasoconstricción cefálica con la consiguiente disminución de riego sanguíneo en el cerebro, lo que contribuye al síncope y al desmayo.

Un dato relevante es que los estímulos relacionados con la sangre provocan reacciones intensas prácticamente en todas las personas, ya que son los que más activan y se perciben como más amenazantes.  Los cambios observados en la alfa-amilasa salival o  ptialina varían en función de lo desagradable que sean las cosas que vemos. A mayor desagrado, mayor ptialina y salivación. Sin embargo, en los fóbicos a la sangre sus reacciones son diferentes y mayores a las que se encuentran en otras fobias, como sucede en las fobias animales, cuando se les presentan estímulos relacionados con su miedo.

Asimismo, en algunas personas existiría una tendencia mayor al desmayo que tendría un origen genético. Se sabe que quienes se desmayan tienden a hacerlo no sólo ante la sangre sino en otras situaciones, lo que indicaría cierta predisposición al síncope. Los fóbicos a la sangre tienen más parientes cercanos con la misma fobia que los que padecen otras, pues entre el 30 y el 50 % informan de antecedentes familiares. Ahora bien, la historia familiar no se corresponde con una mayor intensidad de la fobia.

Los estudios de familia se ven confirmados por aquellos que, con el empleo de metodologías diferentes, abordan el impacto de la herencia genética. Se acepta desde hace tiempo que ésta posee una influencia moderada en las fobias, así como que existe un factor en común entre éstas, dentro de las cuales incluimos también a la hematofobia. La heredabilidad ronda normalmente entre el 25 y el 37 %, y en estudios de gemelos se ha fijado entorno al 28% aunque algunos autores la elevan hasta el 60 %. Entre los genes candidatos a intervenir estaría el responsable de uno de los receptores de adenosina.

Aún así, al igual que ocurre en el resto de fobias, también se ha propuesto que su origen radica en las experiencias previas, lo que incluye el aprendizaje por imitación y observación, y la información recibida a lo largo de toda la historia de vida. El desarrollo personal o familiar de enfermedades, intervenciones quirúrgicas e ingresos hospitalarios pueden desempeñar un papel destacado en la aparición de este miedo, por ejemplo, el hecho de escuchar relatos de miedo intenso o desmayos, y presenciarlos en personas allegadas. La exposición a un suceso particularmente cruento o traumático, como los aquí descritos, también formaría parte de las experiencias que podrían contribuir al desarrollo de esta fobia concreta.

También se ha hipotetizado, no sin cierta controversia, que se desencadenaría por una combinación de miedo específico con asco, ya que estos fóbicos podrían ser más proclives a experimentar repulsión. La reacción emocional de asco, con predominio parasimpático y un posible efecto hipotensor, influiría en la reactividad vegetativa propia del miedo. Otros autores encuentran cambios fisiológicos y subjetivos similares en fóbicos a la sangre al observar un vídeo de una intervención quirúrgica y otro con contenido escatológico. Sin embargo, algunos no encuentran que estos pacientes sean más propensos que otros a experimentar esta repulsión, o no encuentran datos que apoyen esta hipótesis.

Desde un punto de vista evolucionista se ha discutido con más o menos éxito si la fobia a la sangre, al igual que el de otras hacia animales potencialmente dañinos, tendría un sentido adaptativo y favorecedor e la supervivencia de la especie al asegurar una reacción rápida en situaciones de riesgo vital. La presencia de sangre sería una de ellas, al señalar la existencia de algún tipo de peligro, y es posible que se conserve en el ser humano una propensión a evitar situaciones cruentas. A favor de esta postura se ha propuesto que este tipo de fobia, y en particular el desmayo, podría ser una reacción adaptativa de anticipación o preparación para la pérdida de sangre. Se aduce para ello que la bajada brusca de la presión arterial reduce la hemorragia y facilita la coagulación, lo que aumenta la posibilidad de sobrevivir después de una lesión cruenta pues, no hemos de olvidar, durante la mayor parte de nuestra historia evolutiva hemos sido presas oportunistas. Aún así, está lejos de ser un elemento perfecto para explicar estos porqués.

Sin embargo, queda en el tintero por qué nos produce curiosidad y fascinación ya que, al igual que el fuego y la oscuridad total, son elementos que se desvían de la normalidad y nos ponen en alerta ante lo que está fuera de nuestro alcance. Son sinónimo de peligro, pero también ha forjado nuestro camino y nos ha hecho como somos.

[1º parte]

 

[Para más info, clickea aquí, aquí, aquí & aquí]

 

Referencias:

 

Ducasse, D., Capdevielle, D., Attal, J., Larue, A., Macgregor, A., Brittner, M., & Fond, G. (2013). La phobie du sang-injection-accident : spécificités psychophysiologiques et thérapeutiques. L’Encéphale, 39(5), 326–331.

Gerlach, A. L., Spellmeyer, G., Vögele, C., Huster, R., Stevens, S., Hetzel, G., & Deckert, J. (2006). Blood-Injury Phobia With and Without a History of Fainting: Disgust Sensitivity Does Not Explain the Fainting Response. Psychosomatic Medicine, 68(2), 331–339.

Ritz, T., Meuret, A. E., & Ayala, E. S. (2010). The psychophysiology of blood-injection-injury phobia: Looking beyond the diphasic response paradigm. International Journal of Psychophysiology, 78(1), 50–67.

Sánchez-Navarro, J. P., Martínez-Selva, J.M. (2014). Fobia a la sangre: un caso especial de fobia específica. Ciencia Cognitiva, 8, 8-11.

 

Canciones recomendadas:

-La simpática

-La parasimpática

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