Parásitos (1). Canícula.

📖🧬Sobre nuestra particular historia con el virus de la rabia

Biología & Genética

La rabia

Estás terriblemente sediento, solo quieres agua. Pero no puedes beber. Cada vez que lo haces, notas como tu garganta se cierra y vomitas. Este invitado no deseado se ha convertido en un miedo legítimo, y reactivo al agua. Tienes sed, pero el solo mirar un vaso de agua comienza a hacerte sentir náuseas y a asustarte sobremanera. La contradicción es difícil de ver en este momento. Tienes el miedo normal de no saber lo que está pasando. A estas alturas, los médicos tendrán que hacer lo imposible para mantenerte hidratado, pero incluso eso es inútil. Tienes hidrofobia, tienes la rabia y, en este punto de no retorno, ya estás muerto.

La rabia es una enfermedad viral y neurotrópica en humanos y otros mamíferos. Los primeros síntomas pueden incluir fiebre y hormigueo en el lugar de la exposición. Estos síntomas van seguidos de movimientos violentos (como la predisposición a morder), espumarajos, excitación incontrolada, miedo al agua, incapacidad para mover partes del cuerpo, confusión y pérdida del conocimiento. Una vez que aparecen los síntomas el resultado casi siempre es la muerte y tiene unas características clínicas muy estudiadas y determinadas, divididas en cinco fases: la incubación, que dura entre 1 y 2 meses; el pródromo, que puede durar hasta 10 días desde que el virus se traslada del sistema nervioso periférico al central e incluye una sintomatología muy similar a la gripe, además de dolores, prurito y parestesias; fase neurológica aguda, donde el virus ya ha llegado al cerebro y puede presentar dos manifestaciones, la rabia encefálica o furiosa, y la paralítica; el coma y la muerte, que suele llegar asociada a problemas vasculares. El período de tiempo entre la contracción de la enfermedad y el inicio de los síntomas suele ser de uno a tres meses, pero puede variar desde menos de una semana hasta más de un año y el tiempo depende de la distancia que el virus deba recorrer a lo largo de los nervios periféricos para llegar al sistema nervioso central.

El rhabdovirus (concretamente lyssavirus) que produce esta zoonosis (esto es, enfermedad propia de animales que termina trasmitiéndose a humanos) es un azote tan antiguo como la Humanidad, y el terror de su manifestación es un miedo humano fundamental, porque desafía los límites de la Humanidad misma. Es decir, preocupa la delgada línea donde el Hombre termina y comienza la bestia, lo que se conoce como transmogrificación, ya que la mordedura rabiosa es el símbolo visible del animal que infecta al humano, de una enfermedad en una criatura que se transforma de manera demostrable con la misma intensidad en una persona a la que infecta. En entornos rurales, esta infección se mantiene como una enfermedad enzoótica (esto es, propia de una o varias especies), entre animales como zorros, lobos y murciélagos, predominantemente nocturnos en su mayoría. El murciélago hematófago, Desmodus rotundus, es el principal vector y reservorio de la rabia selvática en América del Sur, en contraste con otras áreas del mundo donde los perros sirven como la principal fuente de infección para los humanos en el entorno urbano, cobrándose la vida de varias decenas de miles de personas al año entre unos y otros.

El mito

Pero volvamos al principio de todo. La rabia, palabra derivada de una antiquísima raíz sánscrita, el rabh, y que significa conducta agresiva y violenta, es una enfermedad reconocida desde la Antigüedad, probablemente más antigua que la especie humana moderna, pudiendo encontrar descripciones escritas de ésta en Mesopotamia hace unos 4300 años, que luego serían confirmadas por egipcios, griegos y romanos, entre otros. Ha sido considerada, desde entonces hasta la era moderna, como la acción de las fuerzas sobrenaturales sobre el hombre y otros mamíferos, principalmente el perro, y azote de la Humanidad. Esta conducta violenta e irritable de los canes, observada en la época del año cuando hace más calor con una mayor frecuencia, hizo que se conociera a esta época como la Canícula, por la supuesta acción que ejercía la estrella Sirio, del Can Mayor, sobre el Sol. Esta asociación entre el animal que transmite este virus y los signos apreciables (y comunes), tanto en vector como huésped, hizo sugerir a un médico español una hipótesis al respecto, pues observó la relación entre el virus de la rabia y los animales vectores a los que se asociaba, principalmente murciélagos y perros o lobos. Es decir, de un mito a otros mitos.

Gómez-Alonso (1998) describe una analogía muy clara entre signos de este virus y monstruos del folclore, como vampiros y hombres lobo y, en general, todo tipo de bestias humanas: la agresividad, pues las personas con rabia se vuelven particularmente agresivas y algunas veces muerden, o intentan morder, a otras personas ya que, como ya dicta la tradición, si un vampiro te muerde, te conviertes en uno de ellos, como es el caso de la rabia, pues el virus se propaga a través de la saliva; el insomnio y la deambulación, ya que se hace difícil que los afectados por esta enfermedad puedan dormir y, por tanto, se vuelven más propensos a deambular de noche; la hipersexualidad, por influencia directa sobre el sistema límbico y que casa muy bien con la lascivia de estos hombres-bestia que, como dato, tienden a sufrir priapismo; las aversiones, tanto ante la luz, como los olores fuertes y los espejos, pues no pueden reconocer su imagen y tienden a disponerse en posición de defensa y agresividad; la transmogrificación o transformación en las bestias que te han mordido, pues los pacientes con rabia tienden a comportarse de manera similar que los animales que los han inoculado, siendo el murciélago el animal prototípico entre varones del mundo rural, el 90% de los casos registrados; y el postmortem, donde podemos observar incluso la emanación de sangre por la boca, producto de un paro cardiorrespiratorio y la asfixia, y que puede confundirse perfectamente con una necesidad imperante por el consumo de sangre. No es difícil imaginar que alguien que vive en el siglo XVIII, a caballo entre los tímidos amagos propios de la Ilustración y la ignorancia obscurantista propia de la época, la preocupación y paranoia provocadas por el vox populi harían que a menudo se desenterraran los cuerpos para atisbar muestras de las pruebas anteriores y que, al observar restos de sangre pudiera provocar preocupación, o que el observar a un humano y un animal transmisor de la rabia actuando de manera similar puede hacer algún tipo de vínculo, pudiendo asumir que los animales y las bestias se estaban transformando entre sí.

Ya lo decía Voltaire. Entre el siglo XVII y el XVIII, los vampiros no eran solo leyendas pues, para la gente normal, eran una preocupación genuina y “el único tema de conversación entre 1730 y 1735”. Como dato, una epidemia de rabia se extendió a lo largo y ancho de Hungría (y Rumanía) sobre la década de 1720, siendo probablemente el área nuclear donde la leyenda de los vampiros, hombres lobo y bestias de la tradición popular hubieran echado sus más profundas raíces, y que casa enormemente bien con el resto de mitos donde el miedo a lo desconocido campa a sus anchas, a través de la deshumanización de lo conocido y la pérdida de la consciencia para ser más bestias que hombres y mujeres. Es un cuento viejo como nuestra historia misma, radicada en el temor de la pérdida del control y, como consecuencia más directa, la de la vida.

Títeres y titiriteros

Se ha propuesto una variedad de mecanismos directos e indirectos para explicar la alteración provocada por patógenos como este rhabdovirus en el comportamiento del huésped. La Hipótesis de la Manipulación del Patógeno establece que los agentes infecciosos causan cambios de comportamiento en el huésped para favorecer su transmisión a otro huésped susceptible. Sabemos incluso que el virus de la rabia es capaz de alterar el funcionamiento del sistema nervioso periférico en su beneficio, es decir, cambia y “secuestra” el funcionamiento del receptor p75NTR de las neurotrofinas o factores del crecimiento nervioso, acelerando su desplazamiento desde la mordedura hasta el sistema nervioso central, alterando su funcionamiento y, por ende, principalmente al encéfalo en sí. Esto puede explicar, al menos en parte, la predisposición de estas criaturas al contagio entre sí y hacia otras especies, como la nuestra, que en teoría no es reservorio del patógeno. Sin embargo, la capacidad de adaptación para manipular al huésped a menudo no se distingue fácilmente de los comportamientos generales de la enfermedad. Se han sugerido múltiples hipótesis para explicar cómo las infecciones parasitarias alteran específicamente el comportamiento del huésped, desde el daño estructural específico de áreas clave del sistema nervioso central hasta la patología inmunológica. Las lesiones de necrosis laminar masiva de la corteza cerebral, la pérdida total de células de Purkinje en el cerebelo, con la preservación de la capa de células granulosas, y el daño severo de la amígdala se atribuyen a la acción viral directa en lugar de a la anoxia o a la inflamación cerebral, y pueden explicar parte de la sintomatología de la rabia, incluida la agresividad y la ausencia del miedo. Calcificación amigdalina, agresividad y ausencia de miedo, seguro que os suenan de algo, pero de eso hablaré otro día.

En este punto y en estos casos, la agresividad suele manifestarse de manera común en intentos de morder a quien se tiene alrededor. No en vano, el patógeno de la rabia suele acumularse gracias a la espuma alrededor de la boca del huésped para facilitar la transmisión a otro organismo vivo y la hidrofobia se asume como una conducta que impide que esta acumulación se desprenda hacia al sistema digestivo. Por lo tanto, no beber agua facilita la transmisión de la rabia. Asimismo, los parásitos (literalmente los que vienen a comer, primero del griego y después del francés) representan un aspecto omnipresente en la vida de los organismos multicelulares y la mayoría, si no todos, hemos experimentado la intensidad con la que una infección puede interferir con nuestras actividades normales y nuestro bienestar. Por lo tanto, podría no parecer demasiado sorprendente cuando los huéspedes parasitados exhiben alteraciones de comportamiento en comparación con conespecíficos sanos. Sin embargo, durante más de un siglo, los naturalistas han estado desconcertados por comportamientos “extraños”, aparentemente inútiles o contraproducentes de los animales parasitados, que han sido descritos como “hormigas-zombis”, “caracoles-faros” o “grillos-suicidas”. Se ha observado también una “atracción fatal” para los huéspedes mamíferos que portan el protozoo Toxoplasma gondii: los mamíferos infectados aumentan su exposición a los depredadores felinos, los machos infectados se vuelven sexualmente más atractivos para las hembras sanas y los machos con toxoplasmosis latente se vuelven más arriesgados y agresivos. La explicación más frecuentemente discutida para estos comportamientos se formula con esta hipótesis de manipulación conductual: los parásitos pueden evolucionar para controlar aspectos específicos del comportamiento de su hospedador y así mejorar la frecuencia de encuentros entre huéspedes adecuados y, por lo tanto, su tasa de transmisión. Por tanto, se supone que el comportamiento alterado (o, en general, el fenotipo) del huésped está bajo el control genético del parásito y representa su “fenotipo extendido”. Este paradigma ha servido como un marco exitoso para la interpretación de múltiples alteraciones fenotípicas que contradecirían la teoría de la adaptación si estuvieran bajo el control genético del propio huésped parasitado. La “atracción fatal” es un resultado particularmente común de la manipulación adaptativa del anfitrión, porque las situaciones que representan un “encuentro entre anfitriones adecuados” desde la perspectiva de un parásito transmitido tróficamente suelen ser eventos de “depredación” desfavorables para al menos uno de los anfitriones involucrados. Pero, ¿somos única y exclusivamente marionetas en manos de los patógenos?

Existe otra hipótesis complementaria a ésta que concierne al sistema inmune-conductual, esto es, que los organismos responden conductualmente ante el peligro de contagio como respuesta inmune. En resumen, así como el sistema inmune “real” se caracteriza por mecanismos que facilitan las respuestas inmunológicas adaptativas a los patógenos que ingresan en el cuerpo, el sistema inmune-conductual se caracteriza por mecanismos que facilitan las respuestas conductuales adaptativas a las señales perceptivas que connotan la presencia de patógenos en un organismo que pertenezca al entorno perceptivo inmediato, incluida la presencia de patógenos en congéneres. La naturaleza específica de los mecanismos de detección perceptiva y respuesta conductual puede variar entre especies, pero la existencia de estos mecanismos de detección y respuesta es común en todas las especies. Los mecanismos de detección emplean sistemas sensoriales (por ejemplo, olfato, visión) para detectar cosas que parecen presentar algún riesgo de infección. Estas cosas incluyen objetos inanimados (por ejemplo, una pila de heces, un trozo de carne podrida) y también incluyen a los conespecíficos (en nuestro caso, otras personas) que se puede inferir que representan un riesgo de infección porque (1) parecen estar ya infectados o porque (2) tienden a comportarse de manera que aumentan la probabilidad de que las infecciones se propaguen a otros (por ejemplo, al no observar las prácticas de higiene habituales). Cuando se detecta una señal superficial que connota riesgo de infección, se desencadena una cascada de respuestas psicológicas adaptativas. Estas respuestas incluyen no solo la experiencia emocional del asco, sino también la activación de mentalizaciones aversivas y de un sistema motivacional que guía las estrategias de toma de decisiones y los movimientos adecuados de manera que minimicen el riesgo de infección (p. ej., evitación conductual y condena social de las personas que parecen representar un riesgo de infección).

La mayoría de las discusiones sobre el sistema inmune-conductual asumen que es probable que los mecanismos psicológicos que lo definen hayan sido adaptativos a lo largo de largos períodos de la historia evolutiva humana. Sin embargo, esta suposición no implica que cada mecanismo sea una adaptación específica a las presiones selectivas únicamente por las enfermedades infecciosas. Es probable que muchos de los sistemas psicológicos empleados por el sistema inmune-conductual también hayan evolucionado en respuesta a presiones de selección adicionales, algunos de los cuales pueden haber sido anteriores a las amenazas planteadas por patógenos infecciosos. Un ejemplo obvio: el sistema inmunológico del comportamiento humano emplea órganos sensoriales (como los ojos) al servicio de la detección de señales que connotan una infección, pero esto difícilmente implica que estos órganos evolucionaron específicamente como adaptaciones “para” la defensa anti-patógena. De manera similar, si bien la experiencia emocional del disgusto es parte integral del conjunto de respuestas adaptativas asociadas con el sistema inmune-conductual (y está relacionada causalmente con resultados sociales como la xenofobia y la condena moral de los infractores de normas), los sustratos fisiológicos del disgusto pueden haber evolucionado medio para facilitar la expulsión de cosas nocivas que hayan sido ingeridas por vía oral. Por lo tanto, si bien es sensato asumir los orígenes evolutivos de los diversos mecanismos que definen el sistema inmunológico conductual, probablemente también sea sensato suponer que algunos de estos mecanismos tienen orígenes evolutivos antiguos que son anteriores al sistema inmune-conductual humano, y se volvieron adaptativas “en respuesta a las presiones de selección impuestas por las enfermedades infecciosas”.

Cualquier especulación sobre los orígenes evolutivos de estos mecanismos psicológicos, y la manera en que se han coordinado adaptativamente al servicio de la defensa antipatógena, puede respaldarse de manera útil mediante la investigación de los sustratos físicos subyacentes, a niveles anatómicos, neuroquímicos y genéticos de análisis. Por lo tanto, será útil para futuras investigaciones sobre este sistema seguir el ejemplo del comportamiento de evitación de enfermedades en otras especies. Por ejemplo, muchos mamíferos son sensibles a las señales olfativas que son diagnósticas de riesgo de infección; estas señales olfativas se emplean para identificar congéneres enfermos y desencadenar respuestas de evitación. Se han identificado correlaciones de estos procesos conductuales a niveles de análisis tanto genéticos como neuroquímicos, en forma de genes específicos que codifican neuropéptidos, oxitocina y mecanismos estrogénicos.

Por supuesto, si bien es instructivo examinar el comportamiento de evitación de enfermedades en otros animales para complementar la investigación sobre el sistema inmune-conductual humano, también es importante reconocer los elementos de la psicología humana que son únicos y, por lo tanto, pueden tener implicaciones únicas para los elementos de evitación de enfermedades. En comparación con otros animales, los humanos tienen estructuras corticales proporcionalmente enormes; en consecuencia, y en teoría, los seres humanos tienen capacidades relativamente mayores para la toma de decisiones, el pensamiento deliberativo y la inhibición intencional de los impulsos conductuales, y también para que los daños sean mayores. Por lo tanto, mientras que la percepción de las características connotantes de infección de otra persona puede desencadenar automáticamente estados aversivos afectivos y cognitivos, estos estados afectivos y cognitivos no necesariamente se manifiestan en la conducta motora evitativa. Estos impulsos conductuales pueden ser silenciados por procesos cognitivos más deliberativos que, por ejemplo, permiten a las personas simpatizar con sus congéneres que están enfermos o discapacitados, y facilitan un comportamiento que es prosocial en lugar de negligente. Una comprensión más completa del sistema inmune-conductual y su impacto en la socialidad humana debe considerar sus mecanismos altamente automatizados junto con los procesos cognitivos más deliberativos y controlables que también influyen en el comportamiento humano, pero también las normas sociales que evitan que dejemos a nadie atrás.

Un tipo adicional de investigación sobre los mecanismos subyacentes está implícito en los resultados que prueban las predicciones para evitar enfermedades a un nivel de análisis cultural más que individual. Como se revisó anteriormente, muchos de los hallazgos observados en experimentos de laboratorio (por ejemplo, la importancia conductual de las enfermedades infecciosas lleva a los individuos a ser menos gregarios y más xenófobos) tienen paralelos en las comparaciones entre diferentes poblaciones culturales (por ejemplo, en regiones geográficas caracterizadas por una alta prevalencia de patógenos, las poblaciones tienden a caracterizarse por niveles medios más bajos de extraversión y valores culturales más xenófobos). Quizás sea tentador suponer que estas diferencias culturales simplemente representan resultados a nivel de población de los mismos procesos psicológicos que explican los hallazgos de laboratorio (por ejemplo, el funcionamiento de sistemas funcionalmente flexibles). Pero esta única explicación no puede explicar el patrón completo de hallazgos transculturales, incluido el hecho de que estas diferencias culturales generalmente se predicen con menos fuerza por la prevalencia de patógenos contemporánea que por la prevalencia histórica de patógenos. Por lo tanto, también se deben considerar una variedad de mecanismos explicativos adicionales, incluidos los procesos de transmisión cultural, los procesos de desarrollo y los procesos de selección genética. Estos diferentes tipos de mecanismos explicativos son mutuamente compatibles entre sí y cada uno está asociado con algún apoyo empírico, ya sea directo o indirecto.

Entonces, si la base de una buena parte de nuestras conductas están mediadas como respuestas ante una escalada de conflicto hacia patógenos y otros organismos, ¿qué queda de nuestro libre albedrío? No hablo siquiera de respuestas condicionadas porque aquí no entrarían, en principio, las leyes del aprendizaje. Lo cual no quiere decir que puedan condicionarse ni que estén exentos de influencia sociocultural. Hablamos de niveles inferiores que impulsan conductas, con un sistema inmune manipulando conductas según las circunstancias. Es más, hasta una respuesta de asco y rechazo puede tener consecuencias que entran dentro de un entorno sociocultural y de la selección cultural, y que puede ser la base de la aporofobia y a la xenofobia como consecuencias indeseadas, y que no justifica a ninguna de las dos. Tanto influye, que la incomprensión, el miedo y el prejuicio a veces enraizan muy bien con el origen de figuras del folclore popular. Miedo a lo desconocido y rechazo a lo diferente como base de ciertas tradiciones. De ser así, quiero saber hasta dónde podemos elegir nuestras respuestas, como un perro abrasado en la Canícula, pero me temo que esto se me escapa. Lo que sí está en nuestra mano es identificar aquello que podemos evitar, como justificar respuestas censurables, e intentar no contagiarnos de un excesivo optimismo por creer que elegimos todo lo que hacemos, que todo está en nuestra mano, pese a las circunstancias.

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Canción recomendada para los infectados:

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