Depresión (2). O el precio a pagar por una mayor fluidez cognitiva.

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Psiquiatría & Psicología Evolucionista

Los humanos y los macacos se separaron hace unos cuantos millones de años, y aunque sus cerebros evolucionaron para permitir la emoción y la cognición en ambos, existe una brecha funcional más que evidente. Aunque tradicionalmente dichas diferencias se atribuyeron a la neuroanatomía en términos de volumen y masa cerebral, las diferencias funcionales también pueden surgir de los mecanismos de codificación. Es decir, de cómo se comunican las neuronas entre sí, al programa. No tanto el hardware, sino el software o, más bien, su sistema operativo.

Raviv Pryluk, estudiante de doctorado del equipo liderado por Rony Paz en el departamento de Neurobiología del Instituto de la Ciencia Weizmann (Rejovot, Israel), lleva un tiempo trabajando el campo de las compensaciones cognitivas entre primates no humanos y humanos. Una de las líneas de investigación de este equipo estudia la dinámica de la actividad neuronal en circuitos involucrados en el aprendizaje de macacos cangrejeros (Macaca fascicularis) centrándose, principalmente, en dos áreas del cerebro muy diferentes.

Una es la amígdala, una región evolutivamente primitiva que subyace a las habilidades básicas de supervivencia, como las respuestas de ataque y huida hacia los depredadores, e implicada también en la información contextual de aquello que memorizamos. La activación excesiva de la amígdala puede, además, estar asociada a la hipervigilancia, particularmente hacia señales relacionadas con la amenaza, una característica de los trastornos de ansiedad y depresión. La otra región es la corteza del cíngulo anterior (CCA), región frontal mucho más reciente y compleja evolutivamente hablando, cuyos procesos cognitivos tienden a ser más sofisticados, como la motivación, el inicio de la conducta o la monitorización de conflictos, y se activa cada vez que, al menos en los seres humanos, nos enfrentamos a un desafío que involucra dos o más opciones de respuesta, lo cual requiere de un inicio rápido y efectivo de la propia respuesta para resolver dicho conflicto.

El propio Paz sugiere que nuestros cerebros son como lavadoras modernas: evolucionaron para tener la última programación más sofisticada y puntera del mercado primate, pero son más vulnerables a las averías y tienden a desarrollar trastornos con mayor facilidad, y a un coste mucho mayor. La investigación de este equipo se ha centrado en estudiar la eficiencia y la solidez de dicha actividad neuronal en estas regiones. La solidez o resistencia del código neuronal hace alusión a la estabilidad, sincronía y fiabilidad de la comunicación, mientras que la eficiencia alude a la capacidad de transmisión de información, la flexibilidad, la rapidez y la plasticidad que subyace a la programación del código con el que procesan nuestros cerebros. El código neuronal de la CCA es más eficiente que la amígdala, tanto en humanos como en macacos cangrejeros, mientras que dicho código de ambas áreas en el cerebro humano es más eficiente que en su contraparte no humana.

Pero cuanto mayor es la eficiencia de un código neuronal particular, menos sólida se muestra dicha comunicación ante los errores de procesamiento, lo que predispone a dicha red neuronal a una mayor flexibilidad y adaptabilidad ante nuevos aprendizajes además del solapamiento de dominios cognitivos, como son la memoria y el lenguaje, pero mayor susceptibilidad ante codificaciones anómalas y equívocas en términos adaptativos. Paz compara la amígdala con el tambor de una lavadora: “No es muy sofisticado, pero es menos probable que falle, lo que es importante para la supervivencia de los animales”, y agrega: “La menor solidez o resistencia de la amígdala humana a los errores puede desempeñar un papel en respuestas exageradas similares a la supervivencia en contextos inadecuados, como los que vemos en el trastorno de estrés postraumático u otros trastornos como ansiedad y la depresión”.

Poseer una mayor eficiencia y menor solidez en dicha red nos pudo permitir aprender mejor y más rápido, a costa de que este aprendizaje fuera también no deseado con mayor facilidad y frecuencia. Cuando dicho aprendizaje no deseado se codifica a través de la amígdala debido al contexto emocional, la menor solidez y la mayor eficiencia pueden explicar por qué dichos recuerdos son menos detallados, sobregeneralizados o más difíciles de extinguir en terapia, pudiendo contribuir en dichos trastornos. Es posible que, tanto la ansiedad y la depresión, sean el precio que tengamos que pagar, compensación o tradeoff, por poseer unas habilidades cognitivas, como las sociales, más complejas así como un aprendizaje más flexible, y más rápido, ante situaciones similares que exigen respuesta, o un lenguaje verbal, intencional y simbólico que nos define como especie. Incluso el campo de las funciones ejecutivas puede tener explicación gracias a este modelo, pues éstas nos exigen una mayor fluidez a la hora resolver problemas y planificar nuestra conducta, algo en lo que somos especialmente buenos. Quizás sólo seamos un primate que no soporta su imagen en el espejo cuando se equivoca o quizás hayamos olvidado que todo tiene un precio, pero lo que está claro es que la evolución trabaja con compensaciones, te quita y te presta si es adaptativo, y puede que estemos preparados para el error aunque no a equivocarnos. Aún así, seguiremos expectantes ante nuevos avances en esta línea de investigación y sus implicaciones futuras.

[Primera parte]

[Para más info, clikea aquí]

Referencia:

Pryluk et al. (2019). A Tradeoff in the Neural Code across Regions and SpeciesCell. Volume 176 , Issue 3 , 597 – 609.e18

Canción recomendada:

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Lucas dice:

    Es interesante y parece que en parte tiene sentido pagar un precio como indica, pero no hay que olvidar que los humanos tenemos un legado neurológico fruto de una evolución, el problema viene cuando ponemos ese resultado en un contexto diferente al que ha acompañado esa evolución y lo vemos desde una perspectiva multifactorial. En el mundo que vivimos y donde peca el reduccionismo de la psicología evolutiva es en la influencia de la sociedad, es que la vida que llevamos no encaja con nuestro diseño evolutivo, como bien indica el artículo, nuestro estado de alerta nos ha salvado de muchas causas de muerte, pero ahora está mucho más tiempo activo con el estrés de una vida llena de peligros, amenazas, preocupaciones, hiperactividad cognitiva, aunque no sean peligros mortales o búsqueda de alimento.
    Por otro lado, como también indica tenemos una gran habilidad social que además es altamente necesaria para el desarrollo del ser humano y el sentimiento de protección que nos brinda y la necesidad de vivir en grupo que nos da otros tantos motivos para haber evolucionado y subsistir siendo primates débiles físicamente. Con todo esto y para no extenderme mucho como menciona al final, justamente uno de los grande problemas en el entorno actual, es que son cada vez más desadaptativos para nuestro legado genético, donde vivimos en un estrés y problemas de ansiedad constante (260 millones de personas), en las que las relaciones personales y familiares están cada vez más desestructuradas y los valores se han perdido cada vez más, privándonos de la necesidad social “real” que necesitamos en pro del individualismo que fomenta cada vez más la sociedad donde se establece un estilo de vida basado en el consumismo y en la abundancia para el cual el ser humano no está preparado. Lo que lleva a muchos problemas al no sentirse bien ni encontrar sentido, provocando un sentimiento de vacío y desorientación de sentido de vida que lleva a que, en vez de cambiar el origen, se recurra a anestesiar los síntomas con antidepresivos y ansiolíticos que cada año aumenta y aumenta el consumo en todo el mundo.
    Esto lleva a problemas añadidos como la epidemia de la obesidad como otro tipo de anestésico, en este caso la comida, por si no fuera poco otro factor como el aumento de la tasa de suicidios debería ser tenida en cuenta ya que estamos en 800.000 suicidios anuales en los países desarrollados, siendo la segunda causa de muerte entre 15 y 29 años junto con una reducida atención psicológica en los servicios sanitarios públicos. Por lo tanto, la cuestión es que muchos aspectos influyen y ninguno de forma exclusiva crean la depresión, ya en gran medida se debería ver como una consecuencia y no tanto como una compensación o tradeoff con un precio a pagar.

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  2. Jared dice:

    Buen articulo, una perspectiva evolutiva interesante; ya el tiempo dira si sobrevive a la verificación. Aun que algo a tomar en cuenta es que diversos mamiferos pueden sufrir “depresion” , cada uno en su version y es sumamente complicado diagnosticar.

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