Simbolismo (2). Los primeros calendarios.

Cognición Animal & Arqueología Cognitiva

 

Pertenecemos, más allá de lo que hayamos pulido en lo tecnológico y cultural en estos últimos 10,000 años, a la misma línea de seres humanos que poseen pensamiento simbólico moderno elaborado, presentes desde los comienzos del Gravetiense (hace unos 30,000 años) , y caracterizados por conceptos metafóricos y numéricos que, a medida que se desarrollaron históricamente en la escritura y el habla, parecen progresar desde iconos e índices a símbolos y las indicaciones prehistóricas de esta progresión emergen con diversos dispositivos de conteo. En el Abri Blanchard (Francia) se encontró un omóplato datado en 30,000 BP con 69 marcas de tendencia circular y que tendemos a interpretar como las diferentes fases lunares. De hecho, las marcas parecen ser dibujos en miniatura de la luna, algunas grabadas de forma totalmente redonda, y que representarían la luna llena, mientras que las restantes no acaban de tomar forma totalmente redondeada, por lo que cabe una clara interpretación de cuartos crecientes y decrecientes.

Abri Blanchard.jpg

En Dolni-Vêstonice (Rep. Checa) se encontraron dos fragmentos de una misma piedra datados en 28,000 BP en los que se aprecian una serie de incisiones que representarían cada uno de los días que componen el ciclo lunar (tanto creciente como decreciente) y a destacar una marca (la nº 30) que resalta el fin de dicho ciclo.

Dolní Věstonice.jpg

En Bodrogkeresztur (Hungría) se halló una piedra caliza cuya datación ronda los 20,000 BP y presenta una forma redonda con muescas en los bordes que se ha interpretado también como otro calendario lunar. En la parte superior tiene grabadas dos líneas verticales: la línea vertical de la izquierda junto con las otras doce muescas se interpretan como los primeros trece días del ciclo lunar, mientras que las once muescas de la derecha representarían la parte final de ciclo. Finalmente, la línea vertical de la derecha representaría el último día del mes.

Bodrogkeresztur.png

Por su parte, Mal´ta (Rusia) es un yacimiento siberiano en el cual se ha documentado una importante colección de representaciones paleolíticas, incluida una placa rectangular a la que se le estima una antigüedad de unos 18,000 B.P, está hecha en marfil de mamut y en la que, mediante la incisión de orificios se ha dibujado una espiral central con siete espiras crecientes. En la espiral central se observan 243 orificios, mientras la suma del resto de las espirales denota otros 122 orificios, lo que nos da la suma de 365, exactamente la duración de un año.

Mal Ta.jpg

En Francia encontramos otro artefacto presuntamente calendárico, la placa de la Grotte de Thaïs, que se data en 14,000 BP y posiblemente fue utilizada para cuantificar balances comerciales, realizar un seguimiento cinegético o registrar ciclos lunares o menstruales.

Grotte Taï.png

Por último, también encontramos ejemplos de finales del Paleolítico Superior como los cantos rodados de Monte Alto (Italia) que muestran un complejo sistema de incisiones, con un número (27 o 28) y una distribución espacial, que podría indicar un sistema de conteo basado en el ciclo de la luna.

Monte Alto.jpg

De cómo hemos ido adquiriendo la capacidad de sintetizar, retener y transformar la información que acaparamos, incluida la referente a lo que percibimos de los astros, se ha intentado explicar desde distintos enfoques e hipótesis. Por un lado, Wynn y Coolidge centran su interés en las implicaciones que la Mente Extendida tiene para la memoria de trabajo, cuyo efecto primordial es extender la capacidad de la Memoria de Trabajo al aliviar la necesidad de mantener la información en el Búfer episódico, liberando así la capacidad para los componentes de procesamiento del ejecutivo central como, por ejemplo, la protoescritura, la numeración, los mapas de caza y los elementos calendáricos. El espacio, a su vez, se objetiva con la referencia a objetos fácilmente observables, inmóviles y permanentes, mientras que el concepto del tiempo nace del orden de sucesión de los hechos que tienen lugar en el espacio ya mencionado. La mutua relación entre estos dos conceptos, se define como la capacidad de desplazar la acción en el tiempo y en el espacio fuera de las limitaciones del aquí y ahora, y para ello también es necesaria una habilidad gramatical a la que denominamos recursión, que implica incrustar un símbolo en otro símbolo, y otro elemento que en psicolingüística y neuropsicología denominamos Síntesis Prefrontal (SPF).

A diferencia del vocabulario y la adquisición de gramática, que se pueden aprender a lo largo de la vida, existe un período crítico importante para el desarrollo de la SPF, y las personas que no están expuestas al lenguaje recursivo en la primera infancia nunca pueden adquirir la SPF como adultos, de la cual dependerá el uso de ciertos elementos específicos y elaborados del lenguaje, como las preposiciones temporales y las relaciones espacio-tiempo. Se ha especulado con una mutación genética que desaceleró el desarrollo de la corteza prefrontal en dos o más niños, con el resultado de haber desencadenado una cascada de eventos que condujeron a la adquisición del lenguaje recursivo y la imaginación moderna, hace 70,000 años, pero esto lo exploraré en otras entregas.

Por su parte, Spikins ha hecho hincapié en las habilidades tecnico-prácticas y de conocimiento natural en algunos individuos que se encuentran dentro de los criterios diagnóstico de los Trastornos del Espectro Autista con alto funcionamiento para explicar la formación de nichos de especialistas en los cuales el conocimiento astronómico, por poner un ejemplo, puede ser tema de interés y especialización para aquellos individuos que perciban el mundo con otras sensibilidades.

Este conjunto de trastornos se ha descrito en términos de un equilibrio hacia las habilidades conocidas como física popular, en alusión a la comprensión de las leyes físicas con las que funciona nuestro mundo, a expensas de la psicología popular, que hace referencia principalmente a la Teoría de la Mente y todo lo que aluda a nuestro cerebro social, sabiendo que las habilidades especialistas en aquellas personas dentro del espectro autista se extienden más allá de las habilidades técnicas o ámbitos como la ingeniería, las matemáticas o la computación e incluyen habilidades sensoriales intensas, tales como la olfativa , la visión, y las sensibilidades hacia el tono musical, no siendo raro encontrar en ellas el oído absoluto. Además, al igual que otras habilidades mejoradas, más del 60% de las personas con autismo de alta funcionalidad y con un grado menos incapacitante poseen talentos especiales aislados, a veces denominadas habilidades savant, como esas excepcionales capacidades calendáricas, de cálculo, visuoespaciales y mnésicas que tanto hemos trillado en el cine y la televisión.

No obstante, la incorporación de estas habilidades en una comunidad desempeñaría, de una manera clara, un papel preponderante en el desarrollo de especialidades técnicas, la construcción de nichos de especialistas y la mejora de la innovación tecnológica. No es difícil intuir cómo tales habilidades pueden contribuir a la supervivencia y cómo se les debe otorgar cierto respeto en un contexto paleolítico, sobretodo en hábitats claramente hostiles como los que tuvimos que lidiar durante la última glaciación del Cuaternario, la de Würm, que duró la friolera (nunca mejor dicho) de 100,000 años hasta el comienzo del Holoceno, hace unos 11,000. No es ninguna locura pensar que tener a una persona centrada, por ejemplo, en la comprensión de los elementos celestes y sus movimientos, puede tener un valor capital durante una época y unas regiones que exigían desplazarse una y otra vez en busca de biomas que actuaran como refugios temporales, no sólo para estos clanes, sino para las fuentes de comida que perseguían para sobrevivir. Estos ambientes gélidos se convertían, irónicamente, en puntos calientes para aquellos que alcanzaran una comprensión, digamos, distinta del mundo y pudieran aportar ventajas significativas.

En definitiva, parece más que probable que algunas posesiones materiales generan cuantificación debido a su importancia en procesos socialmente importantes como la disponibilidad de recursos y el tiempo. Por lo tanto, pueden ser posesiones materiales con un valor social específico, en lugar de posesiones materiales en general, las que inspiran la necesidad de cuantificarlas en números más altos, con mayor precisión, y de formas más explícitas y formales. Los seres humanos tenemos la capacidad de agrupar, aislar y predecir patrones, como aquellas variaciones del sol a lo largo del día, fáciles de usar para establecer una hora aproximada del día y su duración empleados, junto con otros cambios atmosféricos y eventos astronómicos, para tener la noción de estacionalidad.

Sin embargo, la sutileza en el incremento de la variación diaria del sol significa que el uso del patrón para realizar un seguimiento de las cantidades intermedias de tiempo (por ejemplo, mensualmente o semanalmente) es difícil sin el apoyo material y, sobretodo, del cronometraje. Este último término hace alusión al reconocimiento de correspondencias entre dos cosas, como la altura de las estrellas sobre el horizonte y la hora actual de la noche o el año, y cuya relación es el tiempo, un concepto abstracto que necesitaba de una representación física, materializada y, por tanto, más concreta, con una cuantificación y externalización que lo convierte en manipulable y colectivo. Esto se puede caracterizar como cuantificación, como por ejemplo, al contar lunas y ciclos lunares a través de técnicas de materiales, como palos con muescas o cadenas anudadas, que representan cantidades discretas de tiempo. El cronometraje astronómico permitió una mejor comprensión de la noción temporal y simbólica a través de la cuantificación material y la inversión social en estos términos con la creación de calendarios de diversa índole, pues su repercusión es, principalmente,  una mejora colectiva.

[Primera parte]

[Para más info, clickea aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí & aquí]

 

Referencias:

Baron-Cohen, S. (1998). Does Autism Occur More Often in Families of Physicists, Engineers, and Mathematicians? Autism, 2(3), 296–301.

Overmann, K. A. (2013). Material Scaffolds in Numbers and Time. Cambridge Archaeological Journal, 23(01), 19–39.

Overmann, K. A., & Coolidge, F. L. (2013). On the Nature of Numerosity and the Role of Language in Developing Number Concepts. Current Anthropology, 54(1), 83–84.

Rivera, A. (2004). La conducta simbólica humana: Nueva orientación metodológicaEspacio, Tiempo y Forma. Serie I, Prehistoria y Arqueología, 16-17: 313-335.

Spikins, P., Scott, C., & Wright, B. (2018). How Do We Explain ‛Autistic Traits’ in European Upper Palaeolithic Art? Open Archaeology, 4(1), 262–279.

Vyshedskiy, A. (2019). Language evolution to revolution: the leap from rich-vocabulary non-recursive communication system to recursive language 70,000 years ago was associated with acquisition of a novel component of imagination, called Prefrontal Synthesis, enabled by a mutation that slowed down the prefrontal cortex maturation simultaneously in two or more children – the Romulus and Remus hypothesis. Research Ideas and Outcomes, 5: e38546.

Wynn, T., & Coolidge, F. L. (2011). The Implications of the Working Memory Model for the Evolution of Modern Cognition. International Journal of Evolutionary Biology, 2011, 1–12.

 

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